A 50 días de la cita en las urnas
Elecciones en clave económica
· Flaco favor hacen PP y PSOE por atenuar la crisis económica, más psicológica que real hasta el momento
La moderación en el exceso no evita los equívocos. El PP es un poco menos pesimista pero igual de destructivo porque sigue alimentando el efecto psicológico de la sensación de crisis. El voluntarismo del PSOE, por contraposición, tampoco sirve para tranquilizar. Y no tiene visos de amainar, más bien todo lo contrario porque lo más reñido de la contienda está por llegar ante lo ajustado de las encuestas. Sólo hay una cosa en la que, entregados a sus precampañas, el PP y el PSOE coincidan a pies juntillas: “Es la economía, estúpido”. Paradojas de la vida electoral, la vieja afirmación con la que Bill Clinton desbancó a Bush padre se ha convertido en el único punto de acuerdo entre el Gobierno y las filas populares, que hace meses que detectaron que los españoles acudirían a las urnas con la mano no en el corazón sino en el bolsillo. La economía presidirá el 9-M y se han dado a ella en cuerpo y alma. Tanto como para que, de los 12 ejes de campaña paridos en Sigüenza por los populares el principal sea una política económica “fuerte”. Tanto como para que ZP apure las promesas, mal que le pese a Pedro Solbes, al que la fiebre de esta campaña le ha pillado de lleno, obligado a comparecer en el Congreso para entonar el estribillo de “esto no es una crisis, sólo una desaceleración” y prometer que España está preparada para las “vacas flacas”.
Moncloa, condenada a tratar de neutralizar los efectos del pesimismo destructivo del PP, prefiere mirar a las cuentas públicas, enarbola los deberes hechos, las cifras del superávit de 2007 que acaba de sacar del horno- el 2%, el más alto de la historia reciente-, hace acopio de los diagnósticos tranquilizadores de instituciones y llama a escena a los empresarios amigos para opacar los fracasos de un endeudamiento familiar creciente y la caída del consumo y de la inversión. Todo con tal de hacer frente a las arremetidas del PP, que no da tregua. La desaceleración es un hecho y si siguen lloviendo las profecías fatalistas que pueden acabar en desastre autocumplido.
El diálogo, no era de esperar otra cosa, es una guerra. Uno, haciendo calar entre la población la ‘foto fija' de los últimos datos; otro, mostrando la evolución que ha experimentado el país en los últimos cuatro años. El Gobierno, obligado a rebajar sus estimaciones sobre el desarrollo económico para 2008 del 3.3% al 3.1%, reconoce como mucho una desaceleración, echa balones fuera-la culpa es de Europa, el precio de las materias primas, el petróleo y la crisis ‘subprime'- y, si no hay más remedio, acude al patriotismo para llamar a cerrar filas en torno a sus cuatro años de gestión económica. Primero, los críticos mentían. Ahora, a estas alturas del partido, Moncloa prefiere desempolvar un discurso nacionalista. Antipatriota el que no bote al ritmo de ZP. Pero la euforia, ese entusiasmo con el que Rodríguez Zapatero proclamaba que España juega en la ‘Champions' de las economías mundiales, ha bajado en bemoles. No es momento para mensajes triunfalistas, bastan las palabras del vicegobernador del Banco de España, que reconoce que se registrará una mayor ralentización económica en 2008, pero nada cercano a la recesión, sino un proceso "gradual", un positivo reequilibrio del modelo de crecimiento.
El PP saca brillo a la munición, Moncloa a los logros económicos y las reformas. Solbes se desgastó en el Congreso para venderlos. Hay 3 millones de personas más trabajando- más de la mitad mujeres-, una inversión del 30% del PIB (aunque olvida decir que la mitad ha sido en el sector inmobiliario), la reducción "sustancial" de la deuda pública y un margen de maniobra gracias al superávit presupuestario del 2%. Frente a la inflación mensual, la media anual de inflación -el 2,8- es la más baja desde el 99 y el diferencial con Europa es del 1,2%. Un panorama que impulsa a Moncloa a asegurar que España está preparada para "las vacas flacas" gracias al superávit y a las reformas del mercado laboral y que la "gradual desaceleración" originada por una coyuntura internacional "menos favorable" y un "progresivo ajuste" en el sector inmobiliario es hasta "saludable" porque supone que hay un "mayor grado de equilibrio" en la composición del crecimiento y un "creciente protagonismo de la productividad". Optimismo a borbotones.
En Génova todos los focos están centrados en subrayar los indicadores al rojo vivo de que la crisis ya está aquí. La inflación se disparaba en diciembre a su máximo en diez años, el consumo se retrae, la recaudación por IVA se debilita (ha desplomado en el tercer trimestre de 2007 en un 19,1%), el déficit exterior engorda (cuatro veces superior al registrado en 2004), las quiebras empresariales crecen, el desempleo aumenta, la afiliación a la Seguridad Social se frena, la restricción del crédito erosiona la actividad constructora e inmobiliaria, y la confianza de los consumidores decae. Pero no es menos cierto que el paro ha bajado hoy hasta la media europea del 8%, y la población ocupada ronda los 20 millones de personas, más de ocho más que en 1992. Ha sido Ana Patricia Botín quien ha venido a recordar que el país posee una mayor movilidad laboral que hace unos años y el sector servicios mantiene un gran dinamismo en la creación de empleo que compensa la desaceleración de la construcción.
ZP se aferra a los coletazos del crecimiento y atempera el horizonte del cambio de ciclo. El PP dibuja un porvenir digno de las profecías de Nostradamus. Moncloa culpa al exterior, Génova a la pasividad de las huestes de ZP y al derroche de la herencia de Aznar. Lo cierto es que la economía se está desacelerando, con ayuda de la inflación, el déficit exterior y la ralentización del sector inmobiliario. Por mucho que se esfuerce, Moncloa no pude negar la mayor. Solbes y el despacho de Taguas ya ni lo intentan. Que el paisaje no es lo que era, nadie lo niega. El vicepresidente económico ha gestionado en tiempos de bonanza, a costa de aumentar la presión fiscal y con el viento de popa del PIB. Quien ocupe la Moncloa después de marzo no tendrá esa suerte. Pero sólo los delirios de la fiebre electoral pueden invitar a pensar que la debacle esté a las puertas de la economía española. Salvo en el sector de la construcción, que ya está generando paro a borbotones, a la recesión-crecimiento negativo del PIB dos semestres seguidos-ni está ni se la espera, por mucho que los más agoreros se concentren en invocarla. Sólo si España creciera muy por debajo del 3% en 2008 (The Economist vaticina un 2,4%), su fantasma comenzaría a planear sobre la península volando muy bajito. Y amenazar el objetivo del Gobierno de llegar a un 7% de tasa de paro en 2012, con casi pleno empleo.
El coro de agoreros se anima, dentro y fuera. ZP suda la camiseta para proyectar la imagen de una economía blindada ante los efectos de la crisis internacional, inasequible a los augurios un tanto sombríos-y con frecuencia errados- de la OCDE y el FMI, que advierten de que la desaceleración- innegable- puede ser la antesala a una crisis de crecimiento, por la vulnerabilidad de sus principales motores económicos -la construcción y el consumo- ante la crisis de liquidez. Más aún, mientras en Europa se capotea la crisis a golpe de moderación, el Financial Times no se ha contenido las ganas de entrar en campaña. Abrazados a la bandera catastrofista del británico, los populares dibujan nada menos que el "estrangulamiento", una economía ahogada por las turbulencias de los mercados internacionales de crédito.
Pero basta comparar las previsiones de crecimiento realizadas por el FMI para Europa y Estados Unidos con las de España. Y en el fuerte nivel de provisiones con los que cuenta la banca española -con una cobertura sobre morosos del 316%- con el del resto del continente, para entender que los huracanes globales pueden ser sólo vientos a las puertas de la economía española. Tanto los bancos como los reguladores han aprendido lecciones, la morosidad en las entidades financieras se mantiene aún en niveles bajos y las entidades españolas cuentan con armas financieras para hacer frente a las turbulencias.
Es cierto, como afirma Zapatero, que ni las turbulencias financieras ni el encarecimiento del petróleo "proceden de la existencia de problemas españoles" ni son atribuibles a su gestión, pero la factura la paga la economía española y las tormentas exteriores no han hecho más que cebarse en las vulnerabilidades de un modelo de crecimiento cuyo agotamiento el gobierno no ha sabido o no ha querido corregir. Moncloa, obsesionada ahora con el impacto electoral, se niega a hacer un duelo público por un modelo caduco. El PP, ebrio de fiebre electoral, también. La economía española ha perdido 15 puntos de competitividad exterior hasta noviembre de 2007, lo que representa el peor resultado de todos los países de la Eurozona, con la excepción de Irlanda, según el BCE. Cuanto menos, el gobierno ha dejado pasar algunas reformas y trata de eludir las certezas de que España suspende en competitividad, productividad y flexibilidad laboral. Pero esos rubros no ocupan al PP, que ha tardado tres años en hacer de la política económica su prioridad y se abraza a los principales problemas de la pequeña economía doméstica. Adiós al terrorismo, la bandera de la unidad nacional o la educación como armas electorales. La subida de la cesta de la compra, el encarecimiento de las hipotecas (uno de cada siete hipotecados ha retrasado ya alguno de los pagos mensuales) y las dificultades de un 40% de las familias para llegar a fin de mes son el eje de su munición electoral que se lanza desde Génova sin afinar sus trazos.
Los empresarios sean mucho más optimistas sobre la evolución de sus propios negocios. Tanto las ventas de fin de año y enero, como la previsión de los beneficios del ejercicio pasado y para el año en curso van por buen camino. Contra el dramatismo popular, el presidente de la CEOE, Díaz Ferrán, asegura que los empresarios no perciben una pérdida de confianza de los consumidores; que los datos de final de año de las empresas "son buenos", que las perspectivas para el 2008 "no son malas" y promete entre 1,6 y 2 millones de nuevos empleos en la próxima legislatura.
Ni el esfuerzo de Martínez Pujalte por hacer sangre ni el vals de ZP consuelan a los ciudadanos, que no han tenido que esperar a la fiebre electoral y a la guerra de cifras para notarlo: tienen menos capacidad de ahorro, mayores niveles de endeudamiento y más dificultades para financiar su vivienda, su consumo y sus inversiones. Según datos del CIS son ya 23 los puntos que ha bajado la confianza de los españoles en la economía desde 2004. Su último Barómetro desvela la radiografía de una ciudadanía preocupada, que proclama como sus problemas más acuciantes el desempleo (40%), la vivienda (32,9%) y 'los problemas de índole económica' (29,4%).
Los votantes emitirán el veredicto al duelo económico, pero la fiebre electoral tiene sus riesgos. Rajoy, adalid del pesimismo destructivo, se expone a sembrar vientos que pueden volverse tempestades contra él mismo. En momentos en los que la crisis crediticia y la zozobra de los mercados financieros ha sembrado de recelos los mercados europeos, insuflar más viento en las velas del pánico no deja de ser un juego arriesgado. Las expectativas condicionan el futuro de la economía. Invocar sin descanso a la crisis suele ser una fórmula eficiente para alimentarla. Y desconfianza hay de sobras, entre las empresas, los mercados y los consumidores. Ni subir la fiebre ni alimentarla hacen nada por el enfermo ni la enfermedad. Puede ser tan contraproducente como ningunearla y negar sus causas. Las urnas no perdonan.