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Publicado el lunes 21 de enero de 2008
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Los ‘cuatro mosqueteros’, divididos ante la crisis, burlan a Bruselas y Trichet

A.Z.– Quienes aguardan para la UE una reacción monolítica, o un binomio de recetas al unísono contra la crisis de las ‘subprime’, como las que no terminan de perfilar Bush y Bernanke para EE UU, tendrán que hacer acopio de paciencia. Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña, las cuatro economías europeas del G8, se han erigido en los ‘cuatro mosqueteros’ de la economía del Viejo Continente. Aún no quieren hablar de nada más que crisis financiera por el contagio de la estadounidense. Buscan una solución y quieren hacerlo, a ser posible, sin pasar por Bruselas y mucho menos por el BCE. Sus problemas domésticos-inflación, ralentización y debilidad del sector exterior- mandan y no quieren que Jean-Claude Trichet sea su ‘D´Artagnan’. Pero hasta ahora no han capaces de sintonizar sus urgencias. La necesidad de una cuadratura del círculo a la europea está servida. Los esfuerzos de Londres por pilotar a los cuatro desde fuera de la estructura institucional del Eurogrupo chocan con las diferencias franco-germanas sobre el papel de la UE y los deseos italianos de un nuevo terreno de juego para el mercado financiero europeo.

Ya en la reunión del jueves 17 no participaron ni el comisario europeo de Asuntos Económicos, Joaquín Almunia, ni el presidente del Eurogrupo, el primer ministro luxemburgués Jean-Claude Juncker. Y el presidente de la CE, José Manuel Durao Barroso, ha tenido que hacerse valer para que lo incluyeran en la cita del Reino Unido. Londres lleva el timón, será la anfitriona de la minicumbre del 29 de enero, en la que los cuatro buscarán soluciones a la crisis financiera. Gordon Brown se ha desgastado en los últimos días en su tesis de que el Reino Unido actúa primero en defensa de sus intereses nacionales y que la UE no condiciona sus políticas bilaterales. Y está dispuesto a demostrarlo, con ayuda de París, Roma y Berlín. Los cuatro tienen las luces rojas de la locomotora europea encendidas. Quieren parar el impacto de la crisis financiera antes de que salpique la economía real, si es que no lo ha hecho ya. Y buscan un mecánico de urgencia, pero no va a ser Trichet.

Acorralado por la crisis, el presidente del BCE está atrapado en un círculo vicioso, del que ha hecho ya trinchera. Que la inflación capea por niveles alarmantes no es ningún secreto, pero es el BCE el principal vocero de la alarma. Insiste en el diagnóstico: aunque la autoridad monetaria no renuncia al objetivo a medio plazo de mantener la inflación por debajo del 2%, el IPC de la Eurozona aumentó un 3,1% en términos interanuales en diciembre. En 2007 su labor de celoso vigilante no le dio a la entidad buenos resultados. La inflación en la Europa de la moneda única escaló el pasado año un aumento considerable si se compara con el 1,9% de 2006. En Francia, la inflación alcanzó en 2007 el 2,6%, después de mantenerse en 2006 y en 2005 en el 1,5%. En Gran Bretaña (sin euro) los precios subieron el año pasado un 4,7%, en España un 4,2%, éste último el mayor aumento desde 1995 y en Alemania llegó al 2,2%, el nivel más alto desde hace 13 años. Según los diagnósticos de Trichet y compañía siguen existiendo fuertes presiones al alza a corto plazo sobre la inflación. Otra cosa es el tratamiento, por ahora preventivo y dialéctico. Todo oral: amenazas para la galería y toreo mirando al tendido, deja la pelota en el tejado de los costes laborales y alerta de que una espiral inflacionista en precios y salarios podría dañar la creación de empleo en la Eurozona. Y los tipos, claro, en el mismo nivel, en el 4% desde el pasado mes de junio.

El estallido de la crisis ‘subprime' no ha hecho más que ahondar el divorcio de París y Berlín con el BCE. Y de paso con Bruselas. Cuando las grandes se constipan no confían en las medicinas ni de la UE ni del BCE. Trichet, maniatado, perdido en la multiplicidad de sus papeles, se deshace en inyecciones de liquidez cuando asume el rol y en lamentos cuando retoma su papel de vigía de los precios y la salud monetaria de Los Veintisiete. Ni los mercados se han creído sus clamores de tranquilidad y sus oleadazas de liquidez, ni los gobiernos de las cuatro principales economías de la Unión confían en su capacidad que la ortodoxia de su cargo exige como autoridad monetaria para mantener a raya la inflación. No contaron con él en París el pasado jueves y no parecen deseosos de hacerlo tampoco el próximo 29 de enero, cuando los líderes de Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia se reúnan en Londres para evaluar el impacto de la turbulencia financiera global.

Urgidos por el repunte de la inflación, la ralentización económica y las flaquezas de su sector exterior ante un euro imparable, sólo desean de Jean-Claude Trichet un descenso de los tipos. Y eso es justamente lo que no tienen. No ven en él más que  el defensor de los mercados a los que ellos culpan. París y Berlín le han cantado la zona a Trichet. Como recordaba esta semana el ministro de Industria y Tecnología germano, Michael Glos, el BCE tendrá "dificultades" para subir los tipos de interés si, como descuentan todos los analistas, la FED decide bajar de nuevo los tipos.

Con respecto al impacto de las turbulencias financieras, el BCE recuerda que "el impacto potencial sobre la economía real de la actual revisión del riesgo en los mercados sigue sujeto a incertidumbre". Los cuatro grandes tienen menos certezas. En París, los cuatro apostaron por que la economía europea, a la luz de la mejora de sus fundamentos, como el empleo, podría aguantar el golpe de la  crisis del mercado financiero y evitar los efectos de segunda ronda. Pero los ministros de Economía de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y el comisario europeo de Asuntos Económicos coinciden en que no se pueden ignorar los riesgos. El crecimiento de la economía de la eurozona en el cuarto trimestre se ralentizó respecto al tercero.

El horizonte, ya lo decía Durao, no es nada optimista. Desde Bruselas no dudan en señalar a tierras americanas cuando se preguntan por el epicentro del terremoto y a la hora de buscar responsables, pero lo cierto es que ya es un hecho que la desaceleración, la inflación y el malestar de consumidores y empresarios están de este lado del Atlántico. Es el mismísimo Durao Barroso, el titular de la CE, brazo ejecutivo de la Unión Europea (UE), el que ha admitido que las proyecciones de crecimiento económico de cara al 2008 y 2009 son poco optimistas y existe malestar por la tasa de inflación. Francia y Alemania, el principal exportador comunitario, lo han sentido como pocos de sus socios en sus propias carnes, acorraladas por la crisis financiera que se originó en Estados Unidos por las hipotecas ‘subprime' y, por la apreciación del euro. Y en ambas enfermedades, no comulgan con las recetas de Trichet. El Gobierno alemán -que aún no ha publicado sus últimas previsiones económicas para 2008- espera un crecimiento de la economía para este año "ligeramente" por debajo del 2%, frente al 2,4% que recogían las últimas previsiones macroeconómicas del Ejecutivo federal, presentadas el pasado otoño. Respecto a la Eurozona, Inversis prevé una ralentización del crecimiento ocasionada por la caída de la confianza empresarial, con tasas que se mantendrán cercanas al 1,9%. Francia tomará el relevo de Alemania como motor del crecimiento e Italia se mantendrá a la cola.

Por ahora, sus iniciativas, más bien etéreas, hablan de claridad de las instituciones y mercados financieros. Poco más. Los ministros de Economía y Finanzas de la UE ya adoptaron un calendario de actuaciones para hacer frente a las turbulencias en su reunión de septiembre en Oporto. Y el Foro de Estabilidad Financiera de la OCDE, donde se sientan los cuatro países que se reunirán en Londres, también está trabajando ya en la materia. El ministro británico de Finanzas, Alastair Darling, ha adelantado algunas pistas como mecanismos de evaluación de riesgos de las empresas financieras "más transparentes sobre su exposición a los productos complejos, vigilancia de los reguladores sobre la solvencia, pero también de la liquidez de los bancos, o más precisión de los deberes de las agencias de calificación de deuda".

Las diferencias están a la vista y se hicieron patentes en la en la última reunión del Ecofin. La canciller Merkel quiere plantear la necesidad de regular los hedge funds (fondos de alto riesgo), algo que probablemente generará resistencias entre los más liberales Brown y Barroso y considera esencial reforzar los mecanismos de alerta en el Fondo Monetario Internacional (FMI). El desencuentro está servido: tanto la fortaleza del euro como la crisis financiera sugieren soluciones diferentes para cada uno de los miembros del ‘Club de los Cuatro'. En diciembre, los ministros de Finanzas de la UE acordaron fortalecer la coordinación entre los organismos nacionales de vigilancia financiera, pero sin ir tan lejos como deseaban Italia o Francia. Adoptaron conclusiones por mayoría simple, sin retener las proposiciones realizadas por el italiano Padoa-Schioppa. El ministro italiano reclamaba reglas únicas para las instituciones financieras en los países de la UE, y una vigilancia más integrada, sobre todo a través del reforzamiento de los poderes de los comités que reúnen a los reguladores nacionales. Estas propuestas son apoyadas por Francia, España y Holanda, pero consideradas excesivas por Alemania y sobre todo por Gran Bretaña.

Berlín defiende que una cooperación más estrecha entre las autoridades de vigilancia" era suficiente. Gran Bretaña considera que los problemas en los mercados este verano no se debieron a una falta de información entre reguladores y rechaza todo lo que le huela a exceso de regulación. Londres tiene, además, serios problemas para salvar la brecha entre París y Berlín, que la crisis financiera global no ha hecho más que ahondar entre dos economías unidas, sin embargo, por la inflación, la ralentización económica y las heridas que un euro sin techo ha hecho en su balanza exterior. Merkel rechaza tajantemente la idea francesa de convocar cumbres al más alto nivel en la zona euro. Y recuerda a París que la existencia del euro está supeditada a la independencia del BCE, pero no comulga con las recetas de Trichet. La necesidad de una cuadratura del círculo a la europea está servida. La primera pista para la solución, en la reunión de los ministros de Finanzas y presidentes de los bancos centrales de los siete países más industrializados el 9 de febrero en Tokio.