Píldoras de tranquilidad para mercados en son de ajuste
La ineficiencia de Bush -empeñado en hablar de la crisis y prometer un programa de estímulo presupuestario insuficiente y que no acaba de llegar- y el pánico de los mercados han obligado a Bernanke a ejercer de “superhéroe de los tipos” para acallar a quienes lo acusan de tibio y lento ante la crisis financiera y bursátil. A grandes males grandes remedios, ha debido pensar el presidente de la FED tras el “lunes negro” de las bolsas europeas. Su rebaja de 750 puntos básicos -la mayor desde la de noviembre 1984 y la primera vez desde el 11S que la Fed ha bajado la tasa de interés con carácter extraordinario- ha conseguido el milagro puntual de resucitar al Ibex y el resto de las plazas europeas, y ha servido de bálsamo suavizar el golpe en la Bolsa neoyorkina y para alimentar una tendencia, por otra parte natural, que predicen los analistas: la de la lenta recuperación vía reajuste de Wall Street y con él de los mercados europeos, abrazados, eso sí, a la volatilidad extrema. El miedo lo opaca todo. Es contagioso y se retroalimenta, a golpe de ausencia de información y presunciones, de lado a lado del Atlántico, en tanto no se conozca el alcance de la infección financiera que emergió durante el verano.
La ecuación está servida. Wall Street se ha convertido en uno de esos enfermos que trata de quitarle importancia a su dolencia ante los parientes más aprensivos, con tal de demostrar que sus suertes no están atadas. Bruselas jura que la Unión está blindada, no asume medidas extraordinarias y deja a Trichet dudoso entre su papel de vigía de la inflación y de bombero de los fuegos financieros. Pero para devolver la confianza a EE UU, acosado por el fantasma de la recesión, hará falta mucho más que un tratamiento de choque de la Fed. Republicanos y Demócratas ultiman un acuerdo, pero entretanto, la incertidumbre apura su reinado.
La situación es tan insostenible que ni la Fed ni los mercados estaban en disposición de aguantar una semana más hasta que se rebajase el precio del dinero. Bernanke y sus socios no han dudado en saltarse los protocolos. Todo con tal de atajar la crisis que se abate sobre la primera economía mundial y evitar un crack bursátil. Aunque la recuperación de Wall Street no fue un hecho, sí es cierto que los índices minimizaron sus pérdidas. El Dow Jones perdió un 1,06%, hasta 11.971,19 puntos, tras haber iniciado el día con un desplome de 460 puntos, casi un 4%, mientras que el Standard & Poor´s 500 se dejó un 1,11%, hasta 1.310,52 puntos. El más castigado fue el tecnológico Nasdaq Composite con recortes del 2,04%, hasta 2.292,27 puntos. Wall Street ha sido capaz de obviar, sin caer en el castigo, el ‘deshabillé' de dos de los cuatro mayores bancos que, en la misma senda de City y Merrill Lynch la semana pasada, reconocen que su beneficio cae más de un 90%: Bank of America ganó 14.980 millones de dólares en 2007, un 29% menos que en el ejercicio precedente, debido a la crisis financiera, y también se ha desplomado el beneficio de Wachovia, el cuarto mayor banco, que ganó un 98% menos que en cuarto trimestre de 2006.
Si el Secretario del Tesoro estadounidense tiene razón, en el pecado llevarán la penitencia y con la devaluación del valor de los activos derivada de esta crisis y "la disciplina del mercado", vendrá el fortalecimiento de la confianza. Self Trade desconfía de una reacción alcista a corto plazo por la incertidumbre económica, pero augura una gran reacción a largo, de hasta el 50%. Bush ha convertido al presidente de la Fed en "superBernanke", salvador temporal de la Bolsa de Nueva York ante las insuficientes medidas anunciadas el viernes pasado por la Casa Blanca, quien en gran medida fue el detonante de la debacle bursátil del "lunes negro", con su pretensión de contener la hemorragia bursátil y financiera con pañitos calientes.
Los mercados han dejado claro que tanto en Europa, como en Asia y en EEUU suenan a baratijas insuficientes los 150.000 millones de dólares con los que pretende reanimar la economía. El mercado de futuros de fondos de la Fed otorga una probabilidad del 88% a que el banco central recorte los tipos en 50 puntos básicos la próxima semana. Pero el tratamiento de choque de Bernanke no deja de ser eso, intenso pero fugaz e insuficiente. El tejido financiero herido y la economía real amenazada aguardan su medicina, quieren algo más que medidas cosméticas de Bush. Y es que las heridas no son sólo financieras, han calado en la economía real y en la confianza de consumidores y empresas. Los grandes de la banca estadounidense tratan de recomponer la figura a golpe de inyección de capital y del rescate de los fondos soberanos asiáticos y árabes, pero las dimensiones del impacto retumban en Wall Street y en los mercados europeos, ya en pánico por la crisis de las ‘subprime'. Los indicadores macroeconómicos han hecho el resto. La fiebre bursátil, la caída en el consumo, la restricción del crédito y la crisis inmobiliaria ya están ahí. Las ventas minoristas han caído por primera vez en seis meses y el índice de precios al productor subió un 6,3% durante 2007, el mayor incremento en 26 años. El promedio de las personas que perciben el seguro por desempleo llegó al nivel más alto desde noviembre de 2005 y la construcción de casas bajó un 25%, el menor nivel desde 1993.
Cuando Wall Street se constipa, Europa y Asia no contienen la tos. El Viejo Continente ha demostrado que tiene el corazón bursátil conectado a Wall Street. Más aún, en realidad, a los fantasmas y los miedos que sobrevuelan la Gran Manzana. La crisis tiene más de pánico que de escasez. Hay un clima de desconfianza que impregna todo el sistema empresarial y financiero. Y es peor la desconfianza derivada de las dudas sobre qué es lo que queda por salir y quién lo tiene que la crisis original. Pero el miedo, al menos por ahora, ha respondido a los gestos. Con o sin cambio de ciclo, los inversores parecen dispuestos a quedarse a averiguar si la razón está de parte de Bush, Bernanke, Solbes y compañía, que niegan la recesión estadounidense, dan a Europa por segura y consideran que la tormenta, sólo financiera, será tratable. O si, quien lleva las de ganar es George Soros, que predice la peor crisis financiera desde la II Guerra Mundial.
Con el Ibex en cabeza, las Bolsas Europeas conjuran una debacle pronosticada por los más agoreros y los buitres a la espera de mercados en desgracia que no acaba de llegar. El Ibex, tras nueve días de caídas consecutivas, cerraba el martes con un rebote del 1,69%, sacudido por cerca de 1.000 puntos de diferencia desde los 11.937 que tocó en una apertura marcada por el desplome de las asiáticas. Los principales índices del Viejo Continente han sumado en torno al 2%, salvo el Cac-40 galo, que se ha disparado un 3%. La respuesta del mercado de deuda no se ha hecho esperar. La rentabilidad del bono alemán a 10 años se ha recuperado, tras siete días de caídas consecutivas, hasta situarse al 3,98%. Y el euro se ha apreciado hasta los 1,46 dólares.
El Ibex vuelve en sí con fuerzas para darle la espalda a la oleada de pánico que inunda aún las Bolsas asiáticas. Ha reaccionado, aunque con máxima volatilidad. Los vaivenes van a ser la constante durante mucho tiempo. Habrá más caídas en Bolsa, pero el mercado de acciones no está abocado necesariamente a un cambio de ciclo. Los expertos están de acuerdo en que los próximos meses serán muy difíciles, en que se ha entrado en un mercado bajista, tras años de subidas y en que la corrección en marcha ya comenzó en la segunda mitad del año pasado. Que EEUU acierte sus decisiones para reactivar su maltrecha economía será la clave. Y las apuestas pasan por sectores defensivos, como las telecos, eléctricas o petroleras, frente a los cíclicos, y valores con visibilidad en cuanto a las previsiones de resultados.
Lo cierto es que la tendencia no es flor de un día, la bolsa americana lleva cayendo desde diciembre. Y con ella los parqués europeos. Tras seis meses de goteo bajista, las plazas apenas han visto el verde desde que estrenaron 2008, lo que las ha llevado a vivir el peor comienzo de ejercicio de su historia. El Ibex 35, con una caída del 16,84% en lo que va de año, se lleva la peor parte. Tampoco lo han tenido fácil el Dax, con un retroceso del 15,83%, o el Cac, con un 15,49%. El Ftse se deja un 13,61%. Según los analistas sólo continúan la tendencia de un Ibex que ya era bajista cuando perdió los 15.200 y son el preludio de que todavía queda gasolina para nuevas caídas. Y, sobre todo, para mucha volatilidad. Basta con mirar a la historia de los mercados europeos para cuestionar a quienes se llenan la boca sin dudar que el crack está ya aquí. Entre el máximo de julio y el cierre del lunes, la renta variable europea bajó un 19%. Este declive se compara con el 25% registrado entre 1989 y 1993 o la caída del 56% que se produjo entre 2001 y 2003.
También cabe recordar el desplome del 28% registrado entre septiembre y octubre de 1998. A pesar de los cánticos de crack, los mercados europeos han vivido caídas más abruptas, más aún si se descuenta la situación de crisis financiera estadounidense y sus riesgos. Por una parte, el pánico de las Bolsas corrige las expectativas y los precios, por la otra, entra en contacto con el miedo ante la afectación de la economía real. Los síntomas en EEUU están a la vista. En una Bolsa arrebatada en una corriente de corrección a los alardes de otrora, tras los rumores de dificultades, o quiebras, de algunas instituciones financieras, los inversores han impulsado un brutal aumento de la prima de riesgo que exigen para comprar acciones. El empeoramiento de las expectativas de beneficios en todo el mundo arrastra a los mercados. Los bancos estrechan el crédito, por lo que las empresas recortan su actividad y reducen sus beneficios: la Bolsa los castiga. La economía nacional hace su propio aporte: la crisis crediticia ha pegado en la línea de flotación del patrón de crecimiento de la economía española, en plena desaceleración inmobiliaria.
A la luz de la rapidez con la que Bruselas, las cuatro grandes, los bancos centrales y los gobiernos han saltado a la palestra, la situación es grave. Por la cara de los doctores, la enfermedad promete cronificarse, si es que no es incurable. La deflación suele suceder a las crisis bursátiles. Los ministros de Finanzas del Eurogrupo y la CE insisten en el mensaje de que Europa está a salvo del riesgo de recesión que se cierne sobre EE UU. Su papel obliga a repetir su abanico de mantras: no hay que caer en un pesimismo excesivo y la UE cuenta con un arsenal de herramientas, principalmente el Pacto de Estabilidad. Y, para reafirmarse en sus convicciones, han descartado medidas extraordinarias. Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña- las cuatro economías europeas del G8- se han erigido en los ‘cuatro mosqueteros', que buscan una solución, a ser posible, sin pasar por Bruselas y mucho menos por el BCE. Sus problemas domésticos-inflación, ralentización y debilidad del sector exterior- mandan. Pero no han sido capaces de sintonizar sus urgencias. Los esfuerzos de Londres desde fuera del Eurogrupo chocan con las diferencias franco-germanas sobre el papel de la UE y los deseos italianos de un nuevo terreno de juego para el mercado financiero europeo. Quieren parar el impacto de la crisis financiera antes de que salpique la economía rreal, si es que no lo ha hecho ya. Y buscan un mecánico de urgencia, pero no va a ser Trichet, atrapado en un círculo vicioso, del que ha hecho ya trinchera.
Por si acaso, Solbes va sacándole punta a un plan de estímulo fiscal, ante un eventual mantenimiento de la crisis bursátil. Y cruza los dedos con la vista puesta en Wall Street. Si algo descuentan los analistas es que, al menos en lo inmediato, todos los caminos de la confianza europea y española pasan por la Gran Manzana.