Trichet, el ‘Señor de la inflación’ se atrinchera
· Recibe sin inmutarse la desesperación de las bolsas, la discrepancia de algunos de sus compañeros del BCE y el ninguneo de los gobiernos de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña
Promete sostenerse inmune ante las presiones del mercado, las zozobras de las bolsas europeas y las rebajas de tipos récord de Bernanke, e incluso ante los anuncios de bajadas de tipos del Banco de Inglaterra. El francés, cansado de su síndrome de personalidad múltiple, se volcará de lleno en su papel de guardián de la ortodoxia monetaria y vigía de la Eurozona. Y desde ahí, a pesar de la que está cayendo, Trichet entona para sí mismo y para la galería un único mantra que los mercados tienen problemas para digerir: control de la inflación, inflación, inflación. La única receta que considera útil para espantar, de paso, la volatilidad. Lo de bombero de los mercados financieros a dúo con Bernanke no le salió bien, ha dejado el tratamiento de inyecciones de liquidez financiera a bajo ritmo y ha decidido centrarse en lo que sabe y cree que le corresponde: con una inflación media del 3,1%, que roza ya los máximos desde 2001, bastante es si quiere sostener algo parecido al 2% que Bruselas se planteaba como horizonte.
Davos ha dado por condenada a la economía estadounidense y Trichet quiere desmarcarse de sus ecuaciones. Exige más controles del riesgo financiero. Pero desde su trinchera anti-inflacionista recibe la desesperación de las Bolsas, la discrepancia de algunos de sus compañeros del BCE y el ninguneo de los gobiernos de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña- las cuatro economías europeas del G8- que se han erigido en los ‘cuatro mosqueteros’, en busca de una solución para sus problemas domésticos, a ser posible, sin pasar por Bruselas y mucho menos por el BCE.
Las heroicidades de la Fed no van con él. Sus avisos a navegantes han chafado las expectativas de quienes esperaban una bajada de tipos a corto en la Vieja Europa para aliviar tensiones, las bursátiles y las otras. Rechaza las fórmulas de Bernanke, que -eso también es verdad- , tras su rebaja de emergencia hasta el 3,5% ha agotado lo mejor de su munición y, cirujano del miedo, corre el riesgo de asustar a los mercados con medidas de choque que sólo animan a corto plazo. Se esfuma el tiempo en el que dejarse llevar, nadar y guardar la ropa era posible para el francés. Pero el repunte de la inflación, la ralentización del crecimiento del corazón económico de Europa, la fortaleza del euro y la sombra de la tormenta financiera configuran un laberinto en el que Trichet no encuentra otra salida que aferrarse al objetivo del control de precios.
No es que él no sienta la urgencia, después de una semana en la que los mercados europeos se han entregado a los números rojos y la propia UE comienza a preludiar sones de crisis, sería absurdo. Todo lo contrario, pero considera que su papel no es animar a las Bolsas, sino anclar la inflación para evitar más volatilidad. El eslogan es "aquí no pasa nada, no hay nada que hacer. Y si pasa no va con nosotros. Y si va, ésa no es la receta". Varios de los socios le achacan, con su empeño en no bajar los tipos, estar entorpeciendo la recuperación de la Vieja Europa. Otra cosa es si le corresponde hacer algo. Y qué.
A la vista de los efectos de sus palabras, la volatilidad no la habrá propiciado, no, pero desde luego con su celo antiinflacionista tampoco ha contribuido a espantar el desánimo en unos mercados que no han conseguido desembarazarse de la maldición del "lunes negro" y hacen alarde, sesión tras sesión, de debilidad. El Ibex, muy irregular, se desplomaba el miércoles otro 4,56%. Las Bolsas Europeas se han despeñado hipnotizadas por el mantra de Bernanke. La tregua, tras el lunes negro vivido por las plazas del mundo entero, ha sido corta, y Francfort perdió este miércoles un 4,88%, París un 4,25% y Londres, que no forma parte de la zona euro, se dejó arrastrar y retrocedió 2,28%, mientras Wall Street se abrazaba aún al canto de sirenas de Bernanke y a las expectativas de incentivos fiscales que cocinan la Casa Blanca y el Capitolio.
No faltan los que apuntan a Trichet, mientras aguardan que las Bolsas toquen el suelo del reajuste. Las inyecciones de liquidez (el martes realizó otra de 175.500 millones) no están dando el resultado deseado y hacen falta medidas más contundentes. Los mercados así lo descuentan, en especial el interbancario. Pero en unos parqués huérfanos de confianza e hipersensibles a los malos resultados conocidos y los venideros es difícil buscar culpables. Las pérdidas medias cercanas al 4% del miércoles las principales bolsas europeas tienen también mucho que ver con las previsiones de resultados y los rumores sobre mayores provisiones de bancos. Cifras como las de Apple y Motorola han contribuido a aumentar la alerta de recesión estadounidense. Y los rumores de una posible quiebra de Société Géneralé también han puesto su granito de arena a la debilidad de unas bolsas que asisten a un cambio de escenario radical. Además, el Viejo Continente ha demostrado que tiene el corazón bursátil conectado a Wall Street. Más aún a los fantasmas y los miedos que sobrevuelan la Gran Manzana. La tendencia no es flor de un día en los parqués europeos.
Tras seis meses de goteo bajista, las plazas apenas han visto el verde desde que estrenaron 2008, lo que las ha llevado a vivir el peor comienzo de ejercicio de su historia. El Ibex 35, con una caída del 18,75% en lo que va de año, se lleva la peor parte. Tampoco lo han tenido fácil el Dax, con un retroceso del 20%, o el Cac40, que se deja un 17,4%. Según los analistas son el preludio de que todavía queda gasolina para nuevas caídas. Y, sobre todo, para mucha volatilidad.
Hace ya mucho que la vieja Europa asumió que ni Trichet es Bernanke ni los momentos macroeconómicos (dolencias incluidas) y las recetas se parecen. A lo máximo que ha llegado Trichet es a anclarse en el 4% desde junio, sin subir los tipos. Metido en su papel de vigía de la inflación, no baja los tipos para no alimentarla. Aunque tampoco los sube, como le gustaría: la ralentización económica europea no le deja, no quiere echar más leña al fuego de la desaceleración y la debilidad del sector exterior. Pero la inflación de la eurozona sigue en ascenso y roza ya los máximos desde 2001. Y la masa monetaria se disparaba en noviembre en la zona del euro al 12,3%, el ritmo más elevado de los últimos 28 años, concretamente desde julio de 1979, muy lejos del nivel que el BCE considera adecuado para mantener la estabilidad de precios en la zona del euro: el 4,5%. Con esos mimbres, subir los tipos, mal; mantenerlos, es un mal menor.
El tejido financiero herido y la economía real norteamericana, amenazada quieren algo más que medidas cosméticas de Bush y bajadas drásticas o inyecciones generosas de Bernanke. Y es que las fracturas no son sólo financieras, han calado en la economía real y en la confianza de consumidores y empresas. La fiebre bursátil, la caída en el consumo, la restricción del crédito y la crisis inmobiliaria ya están ahí. Las ventas minoristas han caído por primera vez en seis meses y el índice de precios al productor subió un 6,3% durante 2007, el mayor incremento en 26 años. El promedio de las personas que perciben el seguro por desempleo llegó al nivel más alto desde noviembre de 2005 y la construcción de casas bajó un 25%, el menor nivel desde 1993. Si los vaticinios de Soros son ciertos, es la peor crisis financiera desde la II Guerra Mundial. Si la Casa Blanca y la Fed no se han dado a la exageración, la recesión es un hecho. El último en reconocerlo, ayer, uno de sus protagonistas involuntarios, Merrill Lynch.
Distintos, pero no ajenos. El ‘decouplig' comienza a hacer aguas. La fuerte relación comercial entre la UE y EEUU, o el impacto de la crisis ‘subprime' en los bancos europeos (como demuestran los recientes casos de Société Générale o WestLB) son innegables. Pero sobre todo, el miedo salta los mares, el euro y el petróleo. La presión sobre el BCE no llega de tierras americanas sólo por identidad, sino por efecto: a pesar de la tendencia de esta semana (el euro corrige frente al dólar y el billete verde se anima hasta situarse en los 1,4577 dólares por euro), las decisiones de la Fed han provocado la depreciación del dólar, lo que favorece las exportaciones de las empresas estadounidenses, pero encarece el petróleo y hace menos competitivas a las exportaciones europeas.
Trichet, además, no puede olvidar que el corazón de la economía real Europea comienza a presentar síntomas de debilidad. Se lo ha recordado su compañero en la BCE, el miembro del consejo Juergen Stara: las amenazas al crecimiento de la economía han aumentado desde la última estimación del Banco Central Europeo. De hecho, es la propia autoridad monetaria la que pliega las velas del optimismo. El 6 de diciembre el BCE bajó la previsión de crecimiento del PIB para 2008 del 2,3 al 2%, pero subió la de inflación del 2 al 2,5%, aunque dejó la estimación de subida de precios para 2009 en el 1,8%. Y la economía de la zona euro -Stara dixit- no puede desvincularse de la resto del mundo.
Los ministros de Finanzas del Eurogrupo y la CE insisten en el mensaje de que Europa está a salvo del riesgo de recesión que se cierne sobre EE UU. Su papel obliga a repetir su abanico de certezas: que no hay que caer en un pesimismo excesivo y que la UE cuenta con un arsenal de herramientas, principalmente el Pacto de Estabilidad. Y, para reafirmarse en sus convicciones, han descartado medidas extraordinarias. En París, apostaron por que la economía europea, a la luz de la mejora de sus fundamentos, como el empleo, podría evitar los efectos de segunda ronda. Pero los ministros de Economía de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y el comisario europeo de Asuntos Económicos coinciden en que no se pueden ignorar los riesgos. El crecimiento de la Eurozona en el cuarto trimestre se ralentizó respecto al tercero. Es el mismísimo Durao Barroso el que ha admitido que las proyecciones de crecimiento de cara al 2008 y 2009 son poco optimistas y existe malestar por la tasa de inflación. Francia y Alemania, el principal exportador comunitario, lo han sentido como pocos en sus propias carnes, acorraladas por la crisis financiera y por la apreciación del euro. Y en ambas enfermedades, no comulgan con las recetas de Trichet.
Berlín espera un crecimiento de la economía para este año ligeramente por debajo del 2%, frente al 2,4% que recogían las últimas previsiones del Ejecutivo federal el pasado otoño. Los vaticinos de "Soros-Nostradamus" apuntan también a tierras británicas. Jura que no escaparán de una recesión semejante a la estadounidense. La economía del Reino Unido creció un 3,1% en el 2007, pese a que en el último trimestre se registró una desaceleración del sector de servicios. El PIB del Reino Unido avanzó sólo un 0,6% entre octubre y diciembre del año pasado, el menor crecimiento desde el tercer trimestre del 2006, por el retroceso del sector comercial, que constituye las tres cuartas partes de la economía. Las hostilidades están abiertas con París, Berlín y Londres. Ya hace mucho que ningunean a Trichet y ahondan ese repudio más cada vez que de su boca salen las recetas indeseadas por Sarkozy y Merkel, que suspiran por un Bernanke en casa.
Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña- las cuatro economías europeas del G8- no comparten ni las certezas de Bruselas, ni la trinchera de Jean-Claude Trichet. Sus problemas domésticos -inflación, ralentización y debilidad del sector exterior- mandan. Merkel y Sarkozy se lo hacen saber día sí y día también al Banco Central Europeo y al Ecofin. Pero no han sido capaces de sintonizar sus urgencias. Los esfuerzos de Londres desde fuera del Eurogrupo chocan con las diferencias franco-germanas sobre el papel de la UE y los deseos italianos de un nuevo terreno de juego para el mercado financiero europeo. Quieren parar el impacto de la crisis financiera antes de que salpique la economía real, si es que no lo ha hecho ya. Y buscan un mecánico de urgencia, pero no va a ser Trichet, atrapado en un círculo vicioso, del que ha hecho ya trinchera. Londres lleva el timón, será la anfitriona de la minicumbre del 29 de enero, en la que, por supuesto, no estarán ni Juncker, ni el "señor de la inflación".