Los 'Cuatro Mosqueteros' y 'ShockGen' cocinan el divorcio europeo
· No habrá plan de emergencia, ni el tratamiento de choque y control financiero que Francia e Italia promueven desde hace meses
· Sólo están de acuerdo en que no hay nada parecido a una recesión y que la crisis financiera estadounidense no penetra en la UE
Se han autoinvestido como los “Cuatro Mosqueteros” de la economía europea, los superrescatadores de una situación que se niegan a diagnosticar como grave ni como otra cosa que crisis financiera por el contagio de la estadounidense. La minicumbre de Londres ha sido la puesta de largo de las pretensiones de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña, una mesa a la que los otros 23 estados no estaban llamados y a la que ZP, a juzgar por sus silencios, no se ha visto ni siquiera aludido, a pesar de que España, que tiene 44 millones de habitantes, es la novena potencia económica del mundo. Brown, como anfitrión no ha dado crédito a la carrera económica con Roma que la Moncloa daba por ganada. Y, obligados a invitar a su exclusivo ‘party’ a Barroso- aunque fuera para ningunear sus propuestas- las cuatro economías europeas del G8 buscan sin éxito un plan para evitar futuras crisis ‘subprime’ y frenar los efectos de la ya desatada, a ser posible sin pasar por Bruselas y mucho menos por Trichet. Sus problemas domésticos -inflación, ralentización, debilidad del sector exterior y escándalos bancarios- mandan, pero hasta ahora no han sido capaces de sintonizar sus urgencias más allá de los mensajes de calma a la galería. El deseo de eludir a Bruselas y de saltar por encima de la vocación anti-inflaccionista de Trichet iba a ser la amalgama para adoptar medidas uniformes ante la crisis financiera y pro control bancario, pero ni los cuentos de Bouton y SG y los derrapes de Kerviel han podido salvar lo irreconciliable. Sarkozy y Lagarde, que desde hace meses enarbolan junto al italiano Padoa Schioppa el derecho de la mano fiscalizadora pública sobre entidades financieras del territorio de los Veintisiete, querían aprovechar los agujeros de Societé Générale y los antecedentes de Northern Rock y de West LB para sentirse dotados de la coartada perfecta. Pero el divorcio está servido y la sombra de ‘ShockGen’ - que ya sacó los colores de Fillon en Davos- ha sido la puntilla en Londres, donde el presidente galo ha dejado sus vergüenzas intervencionistas al aire.
Los esfuerzos de Brown por pilotar a los cuatro desde fuera de la estructura institucional del Eurogrupo siguen chocando a bocajarro con las diferencias franco-germanas sobre el papel de la UE, los sueños intervencionistas galos y los deseos italianos de un nuevo terreno de juego para el mercado financiero europeo. Lo que han separado las ‘subprime’ y Societé Générale no lo une nadie. Y Sarko y su bandera tricolor bendicen el desencuentro.
La necesidad de una cuadratura del círculo a la europea está servida. Pero Londres no ha sido su escenario. No habrá plan de emergencia, ni el tratamiento de choque y control financiero que Sarko y Padoa Schioppa promueven desde hace meses. Durao Barroso - convidado de piedra en una minicumbre a la que tuvo que autoinvitarse tras la reunión de los "Cuatro Mosqueteros" en París el pasado 17 de enero- clama por la unidad, la que debería hacer que los países de la UE actúan juntos pueden acabar diseñando la manera en que se regulen y se supervisen los mercados financieros en todo el mundo. Clama en vano.
Sí hay acuerdo entre los "Cuatro Mosqueteros" en el mantra comunitario, el mismo que Juncker y Barroso entonan cada semana para tranquilizar a los mercados: no hay nada parecido a una recesión, la crisis financiera estadounidense no penetra en la UE; si hay afectación no va con la Vieja Europa y si llega hay cómo salvarla. Los ministros de Finanzas del Eurogrupo y la CE insisten en el mensaje de que Europa está a salvo del riesgo de recesión que se cierne sobre EE UU. Su papel obliga a repetir su abanico de certezas: que no hay que caer en un pesimismo excesivo y que la UE cuenta con un arsenal de herramientas, principalmente el Pacto de Estabilidad. Bruselas revisará a la baja su estimación de crecimiento para la Eurozona en 2008, pero niega la recesión y si Juncker y Barroso no van a deslizarse hacia nada parecido al plan de relanzamiento de George W. Bush, con unos 140.000 millones de dólares de rebajas en los impuestos, Jean Claude Trichet sigue atrincherado en su rol de guardián de la ortodoxia inflacionaria y no promete no caer en el riesgo de aumentar la volatilidad. Y aunque Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña creen que se precisan arreglos institucionales para combatir los peligros planteados por las tempestades internacionales, están de acuerdo en que los "fundamentales" de la economía europea "son sólidos", con la menor tasa de desempleo en 25 años y un balance de cuenta corriente positivo, así como la fortaleza del euro.
Pero más allá de esa intersección común -el interés por no espantar a su clientela ante la desaceleración del corazón europeo- la crisis financiera es un campo de batalla del que cada uno trata de hacer su trinchera. La transparencia se da por descontada como objetivo. Se precisan arreglos institucionales para combatir los peligros planteados por las tempestades internacionales, como la de los "subprime" que estalló en Estados Unidos a mediados del 2007. Y mejorar la cooperación transfronteriza entre bancos centrales, reguladores y supervisores. En Europa y a nivel internacional. Ahí todos están de acuerdo. Ya lo hicieron en la reunión de París del 17 de enero. Otra cosa son las medidas de control.
A los "Cuatro Mosqueteros" les sabe a poco la "hoja de ruta" aprobada en noviembre por los ministros de Economía de la UE cuyos objetivos son hacer más fácil ver donde están enterradas las deudas, poner el precio adecuado a los productos financieros complejos, reforzar la supervisión sin penalizar la legítima toma de riesgos financieros y garantizar la transparencia. Los cuatro jefes de Estado y de gobierno europeos miembros del G-7 han acudido a Londres con un espíritu que es hijo del oportunismo, de las disensiones intraeuropeas y de la necesidad de demostrar a sus ciudadanos que hacen algo ante la crisis de las ‘subprime' y el miedo de los mercados. Grandes palabras para arropar el papel del Fondo Monetario Internacional (FMI) como previsor de este tipo de crisis, exigir de los bancos más claridad y redefinir las obligaciones de las agencias de rating. Y a los bancos. Palabras, palabras, por ahora sólo palabras.
Pero ni el 'ShockGen', ni el Northern Rock, ni si quiera el de West LB que tuvo en casa han disuadido 'a Merkel, que repudia casi tanto como Brown las ínfulas intervencionistas galas y los esfuerzos de Sarko por llevar el agua a su molino. No habrá supervisor bancario megaeuropeo ni legislación financiera ‘ad hoc'. Todo lo contrario. Especialistas en meter en el mismo saco los abusos de gestión, los escándalos y las debilidades del sistema crediticio, Sarko y Lagarde han aprovechado problemas puntuales en entidades financieras para llevarlos al estatus de categoría europea, cargarles todas las facturas - incluyendo la de la desaceleración de la economía real-, tratar de abrir barra libre al intervencionismo y, de paso, presionar a Trichet y el Ecofin para que toquen los tipos.
Sarko ha enseñado la patita, dispuesto a cerrar filas en torno al segundo banco galo, a espantar a golpe de chauvinismo a todo el que se arrime a SG oliendo a OPA y claro, quien acude a una cumbre financiera internacional con el "no la tocarán" por delante pierde credibilidad en el resto de los mensajes. Mucho más ahora, a medida que ‘SockGen' enseña sus horrores y se va reafirmando como cajita de espantos, sustos e incertidumbres, un reino de dudas, apestado, del que todos quieren saber pero pocos osan ya hablar en público.
Las vías de agua se agolpan en el barco que aún pilota Bouton. Se ha convertido en el ‘pupas financiero', el paradigma de todos los males que sacuden a los mercados de la Vieja Europa. Y en el antiejemplo de una gestión bancaria aliñada por el fraude, la ignorancia y el ocultamiento. Kerviel insiste en que no desfalcó, sus prácticas eran comunes entre sus compañeros. Los jueces investigan también la gestión de Daniel Bouton y el vicepresidente, Philippe Citerne, cuanto menos un dechado de desaciertos: no detectaron el agujero hasta que superó los 4.000 millones de euros. Agazapados, los hombres de Bouton tardaron al menos cuatro días -desde la reunión del Consejo y la comunicación a la AMF el 20- en confirmar las sospechas del mercado. Del total de pérdidas de 4.900 millones, sólo 1.500 millones se deberían a Kerviel, siendo los 3.400 restantes responsabilidad del consejo del banco, por haber actuado demasiado tarde y demorar el anuncio mientras se apresuraban a deshacer todas las posiciones. Uno de los directivos de Société Générale, Robert Day, hizo dos ventas de acciones por 87 millones de euros antes de conocerse el fraude atribuído a un broker de la entidad. Es la propia AMF la que comparte las sospechas y ha abierto una investigación oficial sobre el mercado de títulos de SG.
París se ha sumado a las voces dominantes, que piden sangre y la dimisión de Bouton, pero con la boca pequeña, porque ha mandado a Fillon a luchar "contra los enemigos de la patria" y promete no dejar que le hagan daño a su Societé Générale, a pesar de que SG es un cadáver zombi ambulante en busca de un espíritu que la posea, de que ha perdido credibilidad, ha reducido a la mitad su músculo bursátil y aún hace esfuerzos para eludir el golpe legal sobre ella o sus directivos. Lagarde acudió a Londres con los diez mandamientos de Sarko grabados a sangre y fuego. A saber, un nuevo ratio de solvencia de los bancos, una fórmula para someter a las agencias de rating a controles por parte de una autoridad Europea -como el BCE o la CE-, reforzar el control europeo de los bancos sin llegar a la creación de un supervisor bancario único para los Veintisiete. Pero París sabe que no puede romper la cuerda de las diferencias con Londres y Berlín. Por eso, al menos por ahora, se conforma con reforzar la coordinación de autoridades de control nacional (organismos independientes o Ministerios) y los poderes de decisión de los grupos de coordinación actuales.
Por ahora, las iniciativas de los "Cuatro Mosqueteros", más bien etéreas, hablan de "claridad de las instituciones y mercados financieros". Poco más. Los ministros de Economía y Finanzas de la UE ya adoptaron un calendario de actuaciones para hacer frente a las turbulencias en su reunión de septiembre en Oporto. Y el Foro de Estabilidad Financiera de la OCDE, donde se sientan los cuatro países que se reunirán en Londres, también está trabajando ya en la materia. Ya en diciembre, los "Cuatro Mosqueteros" tomaron la iniciativa de promover que los gobiernos trabajen para hacer lo posible frente a las turbulencias de los mercados. Los ministros de Finanzas de la UE acordaron fortalecer la coordinación entre los organismos nacionales de vigilancia financiera, pero sin ir tan lejos como deseaban Italia o Francia, que reclaman reglas únicas para las instituciones financieras en los países de la UE, y una vigilancia más integrada, sobre todo a través del reforzamiento de los poderes de los comités que reúnen a los reguladores nacionales, unas propuestas excesivas para Londres y Berlín.
Para Merkel, que una cooperación más estrecha entre las autoridades de vigilancia es suficiente. A pesar del Northern, Brown defiende que los problemas en los mercados este verano no se debieron a una falta de información y rechaza todo lo que le huela a exceso de regulación. La canciller Merkel quiere plantear la necesidad de regular los hedge funds, algo que probablemente generará resistencias entre los más liberales como Brown y rechaza tajantemente la idea francesa de convocar cumbres al más alto nivel en la zona euro. La necesidad de una cuadratura del círculo a la europea está servida. La primera pista para la solución, prevista para ayer en Londres no ha llegado. La siguiente será la reunión de los ministros de Finanzas y presidentes de los bancos centrales de los siete países más industrializados el 9 de febrero en Tokio, una fecha en la que los "Cuatro Mosqueteros" esperan poder aterrizar sus pretensiones con alguna medida concreta.
DISTANCIA ATLÁNTICA
Los "Cuatro Mosqueteros" ni quieren ni pueden taponar la otra herida, la que los separa de Washington. Los cuentos galos de Societé Générale han reabierto el debate sobre el recorte de los tipos de interés. Los díscolos de Trichet no sólo están en el BCE. Aprovechando su papel en la minicumbre de Londres, desde el banco de Inglaterra David Blanchflower echa leña al fuego: "preocuparse por la inflación en estos momentos es como un jugar mientras Roma arde". El fantasma de 'ShockGen' ha planeado también sobre Estados Unidos, sobre el intento del dueto Bush-Bernanke por inyectar calmantes a los mercados y a la economía real norteamericana, ahora que hasta el FMI da por descontada la recesión.
La fractura entre ambos lados del Atlántico es cada vez más evidente. Ben Bernanke no puede ocultar su irritación por el escándalo de la gala y, aferrado a su receta -un binomio de bajada de tipos e inyecciones de liquidez- se aleja cada vez más de la ortodoxia trichetista y de la doctrina oficial de Bruselas, obsesionada por evitar toda suerte de estimulación artificial de la actividad económica y de los mercados. A Trichet lo de bombero de los mercados financieros a dúo con Bernanke no le salió bien, ha dejado el tratamiento de inyecciones de liquidez financiera a bajo ritmo y ha decidido centrarse en lo que sabe y cree que le corresponde: con una inflación media del 3,1%, que roza ya los máximos desde 2001, bastante es si quiere sostener algo parecido al 2% que Bruselas se planteaba como horizonte.
Davos y el FMI han dado por condenada a la economía estadounidense y Trichet quiere desmarcarse de sus ecuaciones. Hace ya mucho que la vieja Europa asumió que ni Trichet es Bernanke ni los momentos macroeconómicos (dolencias incluidas) y las recetas se parecen. A lo máximo que ha llegado Trichet es a anclarse en el 4% desde junio, sin subir los tipos. Metido en su papel de vigía de la inflación, no baja los tipos para no alimentarla. Aunque tampoco los sube, como le gustaría: la ralentización económica europea no le deja, no quiere echar más leña al fuego de la desaceleración y la debilidad del sector exterior. Pero la inflación de la eurozona sigue en ascenso y roza ya los máximos desde 2001. Y la masa monetaria se disparaba en noviembre en la zona del euro al 12,3%, el ritmo más elevado de los últimos 28 años, concretamente desde julio de 1979, muy lejos del nivel que el BCE considera adecuado para mantener la estabilidad de precios en la zona del euro: el 4,5%. Con esos mimbres, subir los tipos, mal; mantenerlos, es un mal menor.
El tejido financiero herido y la economía real norteamericana quieren algo más que medidas cosméticas de Bush y bajadas drásticas o inyecciones generosas de Bernanke. Y es que las fracturas no son sólo financieras, han calado en la economía real y en la confianza de consumidores y empresas. La fiebre bursátil, la caída en el consumo, la restricción del crédito y la crisis inmobiliaria ya están ahí. Las ventas minoristas han caído por primera vez en seis meses y el índice de precios al productor subió un 6,3% durante 2007, el mayor incremento en 26 años. El promedio de las personas que perciben el seguro por desempleo llegó al nivel más alto desde noviembre de 2005 y la construcción de casas bajó un 25%, el menor nivel desde 1993. Si los vaticinios de Soros son ciertos, es la peor crisis financiera desde la II Guerra Mundial.
Ha quedado muy cuestionada la teóricamente fluida relación entre los bancos centrales que se estableció en diciembre con la histórica alianza de los cinco mayores bancos centrales del mundo para asegurar la liquidez en los mercados interbancarios y respaldar al dólar. La sintonía está rota, no más medidas al unísono, no más recetas para tratar de salvar los efectos de las crisis de los vecinos Bernanke cree haberle pagado a Trichet y Barroso las facturas de ‘Shock Gen' y los daños ocasionados a los mercados, con Wall Street al frente. Y no estará dispuesto a hacerlo de nuevo.