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Publicado el martes 8 de enero de 2008
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Trichet, entre la espada y la pared

· El luxemburgués alterna roles: bombero sin éxito de los mercados financieros, guardián de la ortodoxia monetaria y vigía de la inflación con el arma preventiva del alza de tipos siempre en ristre

A. Zarzuela.– Tiene el corazón y la cabeza ‘partíos’. Se esfuma el tiempo en el que dejarse llevar, nadar y guardar la ropa era posible para Jean-Claude Trichet. Lo suyo no es un dilema, sino todo un ‘trilema’. Subir, bajar o dejar planos los tipos de interés. He ahí la cuestión. El debate, que acompaña a Trichet desde que en julio estallara la crisis de las ‘subprime’, aguarda ahora al BCE que deberá despejar la incógnita el jueves, en la primera de las diez reuniones del Consejo de Gobierno previstas para este año. El repunte de la inflación, la ralentización del crecimiento  económico de Europa, la fortaleza del euro, el crudo que asciende sin techo y la sombra de la tormenta financiera configuran un laberinto en el que Trichet no encuentra la salida. Como un ventrílocuo de sí mismo, el luxemburgués alterna roles: bombero sin éxito de los mercados financieros a golpe de inyección de liquidez, guardián de la ortodoxia monetaria, y vigía de la inflación de la eurozona con el arma preventiva del alza de tipos siempre en ristre. La realidad compleja de la economía europea, el desafío de Bernanke y las dudas de Trichet  sobre el papel de la institución que preside hacen aún más difícil su necesaria pirueta de funambulista, su obligada cuadratura del círculo.

Trichet se ve a sí mismo combatiendo un monstruo bicéfalo y transita por la frágil frontera del "virgencita, que me quede como estoy".  La intrincada combinación entre la zozobra del sistema financiero, la subida de la inflación y la desaceleración económica se lo ponen muy difícil a la autoridad monetaria: no sería adecuado un descenso de los tipos ante la amenaza del alza de precios, mientras que una subida no sería aconsejable teniendo en cuenta el riesgo que dan por hecho los analistas de que la desaceleración de la economía pueda ser más profunda. El propio BCE prevé para el área de los quince países del euro un menor crecimiento económico este año que será del 2% frente al 2,7% en 2007. El Indicador de Sentimiento Económico (ISE) bajó en diciembre 0,1 puntos, hasta 104,7 puntos, el nivel más bajo desde hace casi dos años y  el Indicador de Clima Empresarial, que había repuntado en noviembre, volvió a caer en diciembre en 0,11 puntos. Además, el euro podría llegar a 1,5 dólares en 2008, alimentado por la crisis de las ‘subprime' y la debilidad del billete verde. Pero la inflación de la eurozona sigue en ascenso y roza ya los máximos desde 2001. Y la masa monetaria se disparaba en noviembre en la zona del euro al 12,3 por ciento, el ritmo más elevado de los últimos 28 años, concretamente desde julio de 1979, muy lejos del nivel que el BCE considera adecuado para mantener la estabilidad de precios en la zona del euro: el 4,5%. Con esos mimbres, subir los tipos, mal; mantenerlos, también.

Si el 6 de diciembre Trichet pedía tiempo para evaluar el impacto de la crisis de las 'subprime' y las turbulencias financieras en el coste del crédito y la liquidez del mercado, la hora de la verdad ha llegado para la zona euro. Los analistas descuentan que, al menos por esta vez, el BCE mantendrá los tipos en el mismo nivel en el que los congeló desde junio. Aún no está el clima financiero para alardes y, sólo hay que mirar al Ibex y a las Bolsas gala y británica para certificar que los mercados europeos siguen teniendo miedo. La mayoría de expertos y bancos de inversión coincide en que las amenazas de Trichet serán sólo eso para los tipos de interés. Parten de la base de que, pese al crecimiento de la masa monetaria y a pesar de que el índice medio de inflación en la eurozona es del 3,1% -sobrepasa con creces el objetivo del 2% fijado por el banco-, el BCE dejará los tipos de interés medio para la Eurozona en el 4% durante los próximos meses y será más sensible a los estragos de la crisis financiera que a los riesgos inflacionistas que no deja de pregonar. Después de todo, amagar y no golpear se ha convertido en una vieja tradición. La inflación en la zona euro lleva ya ocho años por encima del tope del 2% fijado por el BCE y es la propia autoridad monetaria la que prevé para este año una subida de precios del 2,5%, con el riesgo de que venga acompañada de mayores demandas de aumentos salariales por parte de los sindicatos.

Pero Trichet, fiel a su estilo de rey del combate preventivo y verbal contra la inflación, no renuncia a su dialéctica de Nostradamus, con la que trata de contener también los deseos de una política monetaria más estricta por parte de los halcones entre los miembros del consejo de gobierno del BCE. Al menos recurre al arma de la pataleta y, palabra en ristre,  amenaza. El BCE -asegura el luxemburgués- está listo para actuar contra los peligros de la inflación y prevenir un espiral de salarios-precios como resultado de las actuales presiones económicas. Por ahora, los halcones se conforman y hacen felices al Elíseo y al gobierno de Angela Merkel. Como reconoce el presidente del Banco de Chipre, Athanasios Orphanides, pese a que las tasas de interés han permanecido en el 4% y a pesar de las inyecciones de liquidez, las condiciones monetarias son ahora más restrictivas ya que los tipos de interés interbancarios han subido como consecuencia de las turbulencias financieras. A la vista de ese panorama, no es tan urgente un nuevo incremento de los tipos.

La "doble personalidad" confunde al presidente del BCE. Al frente de la autoridad monetaria europea, no ha dudado en ponerse en sintonía con Ben Bernanke para tratar, sin mucho éxito, de apagar los fuegos financieros, al menos en Navidad. La Fed, el BCE, el Banco de Canadá, el de Inglaterra y el Banco Nacional Suizo inyectaron el 13 de diciembre efectivo en los mercados de forma conjunta para reducir los tipos del interbancario. Trichet ha acompañado cada una de las masivas inyecciones de liquidez  de discursos apaciguadores sobre los efectos de la crisis, pero es el propio BCE el que sigue preocupado por la poca efectividad de sus tratamientos de choque, que ni siquiera han conseguido atajar los síntomas de la enfermedad. Ahora, el presidente del BCE promete, si es necesario, repetir el tsunami del 18 de diciembre, cuando inyectó 348.600 millones de euros a catorce días para evitar problemas del interbancario. Pero, en su papel de portavoz de los Bancos Centrales del G10 avisa, de que la crisis tiene aún mucho recorrido y alerta de que persisten los riesgos inflacionarios mientras los mercados absorben el impacto de la crisis 'subprime' en EE UU.

Las iniciativas de la Fed y el Banco de Inglaterra, más proclives al descenso de los tipos, lo desafían. El BoE ya rebajó el precio del dinero en 25 puntos básicos en su pasada reunión de diciembre, y  entonces apuntó a que lo haría en otra ocasión para afrontar la desaceleración de la economía. El presidente de la Reserva Federal prefiere curarse en salud y no ha tenido reparos en recortar los tipos de interés. Hace ya mucho que la vieja Europa asumió que ni Trichet es Bernanke ni los momentos macroeconómicos se parecen. Pero la presión sobre el BCE no llega de tierras americanas sólo por identidad, sino por efecto: las decisiones de la Fed han provocado la depreciación del dólar frente al euro, lo que favorece las exportaciones de las empresas estadounidenses, pero encarece el petróleo y hace menos competitivas a las exportaciones europeas.

Entre la espada y la pared, Trichet busca su papel. Y la BCE con él.