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Publicado el viernes 14 de noviembre de 2008
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Monitor de la Construcción

Medicina contra la melancolía

La tendencia negativa de la actividad y el empleo es ya inevitable al menos para los próximos dos o tres trimestres

Sector de la construcciónIgnacio Mulas.– Desde hace ya un par de trimestres por lo menos, celebramos ufanos cada mes la ceremonia del masoquismo colectivo al son de los datos descendentes del empleo, la actividad, el consumo o, en sentido inverso, del crecimiento continuado del desempleo, de la morosidad, del déficit, de los procedimientos concursales o de los intereses a los pocos créditos que se conceden. Podría preverse con bastante exactitud y poco margen de error lo que medios, analistas, políticos en el poder o en la oposición y comentaristas "todo a cien" van a decir -entre melancólicos y cabreados-  el mes que viene, y el otro, y el otro: "se deterioran las expectativas", lo cual es, además de masoquista, bastante inexacto, porque no hay tal deterioro de las "expectativas" sino que lo que se deteriora es la realidad que, como estaba clamorosamente previsto, se va inexorablemente alineando con el desastre al que estábamos abocados sin remedio desde hace más de un año.

La tendencia negativa de la actividad y el empleo es ya inevitable al menos para los próximos dos o tres trimestres. Lo que hay que hacer es trabajar para acortarla -cosa difícil ya excepto si la cumbre de Washington no solo descubre recetas milagrosas sino que, mayor milagro aún, es capaz de poner a todos a trabajar en la misma dirección-- o, al menos, para estar preparados para cuando toque fondo. Estamos perdiendo un tiempo precioso desgranando medidas puntuales en un goteo que siendo poco creíble, no es eficaz a corto plazo. ¿Qué se puede hacer? Pues está claro, fomentar la actividad para ampliar el número de personas activas que, luego, aumenten el consumo; ayudar a poner en marcha la rueda del crecimiento y la actividad. Pero para ello nuestro gobierno tiene que poner los mimbres, pasar del estupor a la acción y, superando la pertinaz tentación del subsidio universal -¿hasta cuándo, con qué fondos?-, arbitrar medidas sectoriales para alcanzar lo antes posible esos fines. La conveniencia de poner en marcha grandes programas de fomento de obra pública es cada vez más perentoria porque puesto que hemos de endeudarnos más de lo conveniente para cubrir gastos no financieros, mejor hacer además un esfuerzo en fomentar la actividad que en subvencionar el desempleo; ya lo ha dicho y con razón la patronal CNC hace meses.

Las perspectivas de la economía española y, por ende, las de nuestra construcción, son muy poco alentadoras para los dos próximos años al menos. Según CEPREDE en 2009 y en 2010 nuestra economía se contraerá cada año sobre el anterior, pero la construcción tendrá una caída en picado, -7% en 2009 y -4,8% en 2010, en un contexto de tasa creciente de desempleo general, el -2,3% en 2008 y el -1,4% en 2010. Descartada para años la recuperación estable de la construcción en edificación residencial, queda la obra pública, en la que sí pueden actuar los poderes públicos con celeridad para mitigar la enorme erosión de empleos que se está produciendo en nuestro país. Se dice siempre en el sector -y hay que esperar que no sea una "leyenda urbana"- que al menos el Ministerio de Fomento y sus empresas y entes tienen multitud de proyectos en los cajones esperando mejor coyuntura. Desempolvarlos, activarlos, reconsiderar los enormes retrasos que la burocracia y la normativa actual imponen, agilizar los estudios de impacto ambiental cuando sean obligados, y ponerse manos a la obra -nunca mejor dicho- es una de las pocas actuaciones que pueden tener efectos más inmediatos y verdaderamente correctores del actual ciclo en el sector y, sobre todo, pueden alimentar una espiral progresiva de creación de empleo en segmentos -los menos cualificados- que son los más vulnerables en estos momentos.  

Hay que recordar que los Estados Unidos ya han anunciado la puesta en marcha de un importante plan de obras públicas como remedio temporal al desempleo porque iniciativas similares tuvieron un rotundo éxito en crisis anteriores, sobre todo en la que siguió al crack del 29. En el verano de 1935 Roosevelt y Hopkins, viendo que después de veinte meses del New Deal la cosa no marchaba -subían desaforadamente los precios, caían los ingresos, se estaba produciendo una emigración enorme- pusieron en marcha una maquinaria que demostró ser una gigantesca ayuda al trabajo en los Estados Unidos de la Gran Depresión. Esta maquinaria fue la creación del Departamento de Fomento de Obras, que pretendía sacar al país del subsidio y ponerlo a trabajar. Este Departamento dirigido por Harry Hopkins invirtió cerca de 5 billones de dólares en los ocho años en los que funcionó, dio empleo a unos ocho millones de personas, construyó casi un millón de kilómetros de autopistas, puentes (como el Triborough de Nueva York), puertos, unas 850 terminales de aeropuertos, parques y cerca de 125.000 edificios públicos.

Ahora que vivimos una luna de miel admirativa y arrobada con Obama, podría nuestro gobierno adoptar un programa de ese tipo con carácter coyuntural, es decir, con duración determinada hasta que el conjunto de la economía retome el vuelo, aunque sea rasante y más lento que en años atrás. Un programa de inversión extraordinaria en obras públicas que creara empleo, además de adelantar infraestructuras muy necesarias para alentar efectos positivos sobre el resto de la economía, cuya recuperación es ahora, y lo va a ser en los dos próximos años, el problema crucial.

Ya se sabe cómo hay que hacer las cuentas: a más trabajadores en activo, más cotización a la Seguridad Social, menos prestaciones de desempleo, más consumo, menos gastos sociales, más recaudación impositiva, etc., etc. En fin, se supone que esas cuentas sí saben hacerlas. Y, como estas cuentas son puramente económicas y no políticas, que no se diga que la España pinturera y progresista no puede de ningún modo aceptar lecciones del "imperio" so pena de que, como ha dicho Jesús Cacho recientemente, vaya a resultar que los que se dicen anti-Bush son, simple y llanamente, antinorteamericanos.