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Publicado el martes 19 de febrero de 2008
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Una nacionalización tardía, poco clara y discriminatoria

Northern Rock les saca las vergüenzas a la City y al regulador bancario británico

· ¿A qué espera el Gobierno británico para decir que las acciones del banco no valen nada?
· El PP, en un ejercicio de irresponsabilidad  abrumador,  pone en tela de juicio la solvencia del sistema bancario español y oculta información a los ciudadanos

Eduardo Zaplana pone en tela de juicio el sistema financiero español para sacar un rédito electoralA.P./A.Z.– ¿Entienden ahora mejor el empeño británico por intentar establecer comparaciones con el sistema bancario español a base de descalificar a la banca española? Pues ya está meridianamente claro tras la nacionalización "temporal" del Northern Rock, consecuencia directa de una mala supervisión y regulación bancaria, además de, por supuesto, una pésima gestión del propio banco. La crisis de la entidad ha sacado las vergüenzas del regulador británico, que ha puesto en entredicho su propio sistema y se ha visto obligado a insinuar que puede haber más crisis. Pero las vergüenzas no paran ahí ya que la propia nacionalización lo es ¿A qué esperan para decir que las acciones del banco no valen nada? ¿Cómo van a evitar agravios comparativos con el resto de las entidades bancarias del país si quieren seguir con el negocio del Northern, sustentado por ayudas públicas? La patronal de banca española ha aprovechado la ocasión para ahondar en la herida, y con razón, al establecer la diferencia entre las "ayudas" del BCE a la liquidez de toda la banca y las británicas a una entidad en concreto en suspensión de pagos, quiebra si tenemos en cuenta la legislación inglesa que obligaría a liquidar los activos. Pero si de vergüenzas hablamos, el Partido Popular se lleva la palma al demostrar, una vez más, que no conoce límites para conseguir votos. A través de Zaplana lanzó ayer un manto de sospechas sobre la solvencia del sistema bancario español y, además, ocultó a los ciudadanos información relevante en la que -dice- sustenta sus acusaciones. A Zaplana no se le ocurrió nada mejor que acusar al Banco de España de retrasar datos que ponen de manifiesto la "mala situación financiera". "El Gobierno no sólo intenta ocultarlo, sino que cuando digo que el Banco de España está dando instrucciones de que se aguante hasta el 9 de marzo sé muy bien lo que digo. Hay entidades financieras en situación delicada, producto de los créditos que han dado, en muchos casos sin mucho rigor, y el Banco de España no está actuando y los instrumentos de los que disponen, como el ICO, está también inyectando dinero con el único objetivo de que esto se note lo menos posible", dijo Zaplana. Volvemos al 'cuanto peor, mejor' pero esta vez la irresponsabilidad afecta a un sector básico de la economía española que tiene en su credibilidad y solvencia sus mejores aliados.

Tarde, mal y nunca. Con rebelión a bordo. Y sin noticias del regulador, con la FSA mirando al Támesis. Así ha llegado la primera nacionalización de una institución financiera británica desde la década de los 70. Forense del optimismo, la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido se ha limitado a augurar nuevas crisis y a asegurar, post mortem, que el banco es solvente y que los libros contables están en orden, ahora que el banco ha pasado a la fuerza a mejor vida, o sea a las manos del 10 de Downing Street. Las vergüenzas de Northern Rock hace mucho que coleaban al sol; se ha convertido en un muerto incomodo y maloliente en el armario de los accionistas, los clientes, los contribuyentes británicos y, de ahora en adelante, en el ropero de Gordon Brown, que, -empeñado en ejercer como capitán de las cuatro europeas del G8 contra la crisis de las ‘subprime’-  ha terminado por hacer lo que trataba de evitar a toda costa, enarbolar la bandera de los nacionalismos y pagar la factura tarde y mal, para su pesar y el de toda Europa, que, ahora más que nunca, pone en tela de juicio la credibilidad de un sistema financiero tan desregulado como el británico y su estatus como modelo para la industria de servicios financieros.

Adiós al glamour y la solvencia de la City. Su capacidad de blindaje y previsión eran hasta ahora tan paradigmáticas a los ojos del mercado norteamericano, que, tras la crisis subprime, algunos grandes bancos estadounidenses, como Citigroup, Merril Lynch, JPMorgan y Lehman Brothers, decidieron dar más poder a sus ejecutivos con base en Londres, encomendándoles funciones globales. Espejismos. El efecto Northern Rock ha dejado el prestigio de la City más que agrietado. A pesar de las advertencias de algunos analistas, por las consecuencias que pudiera tener el régimen un tanto negligente de la City respecto a la regulación del sistema financiero, una nueva generación de productos que prometían una rentabilidad elevada a costa de la transparencia ha representado pérdidas de miles de millones para los inversores.

La FSA se ha limitado a entonar cánticos en clave de Nostradamus. Asegura que los bancos y las cajas de ahorro británicas enfrentan en la actualidad las condiciones más difíciles desde principios de la década de 1990 y deberían prepararse para que este duro ambiente se mantenga en el futuro inmediato, dijo el martes el regulador financiero. En el pronóstico del 2007, cuando la economía todavía parecía encaminada a su quinto año consecutivo de crecimiento, la FSA advirtió a las firmas que probaran con "escenarios de riesgo extremo" y alertó al mercado sobre el peligro de instrumentos financieros no líquidos. Poco más.

Pero no sólo es el clamor de los analistas y de los medios de toda Europa los que le sacan los colores. Es la propia Comisión de Economía del Parlamento británico la que reconoce que, a la par que los fallos de sus directores, las facturas por la debacle del banco Northern Rock tienen también mucho que ver con un fallo de su regulador, la FSA, que debería haber reconocido el "temerario" plan de negocios de la entidad, que antes de la crisis era el quinto banco hipotecario del Reino Unido. Para evitar nuevas crisis, además, el informe aboga por que el Banco de Inglaterra establezca una nueva unidad que vele por la estabilidad financiera, con poderes para identificar e intervenir en bancos con problemas. Es el mismísimo capitán encargado de ahora en delante de pilotar la travesía del desierto de Northern Rock, Ron Sandler -ex alto director ejecutivo de Lloyd's de Londres, generalmente elogiado por haber salvado a finales de los noventa de la quiebra a esa aseguradora- quien no ahorra críticas a la industria de servicios financieros por lanzar productos complicados que tienen costos elevados y baja rentabilidad.

El primer ministro británico se ha tomado a pies juntillas las amenazas de Bryan Sanderson, presidente de Northern Rock, que asegura que lo que está en juego es "la reputación de Londres y del Reino Unido como centro financiero internacional". Brown, empeñado en convertirse en el nuevo salvador del mercado financiero y en director de orquesta de los cuatro miembros europeos del G8, tira los muebles por la ventana y se deshace en el rol de facilitador de un salvamento de emergencia. La del Northern Rock es la primera nacionalizacion que efectúa un gobierno británico desde los años setenta. Y la más ruidosa. Salvar, salvará, pero hace mucho daño a los inversores, a los fondos atrapados en su accionariado, a la propia empresa y a las competidoras privadas, agraviadas por  el respaldo público al quinto banco hipotecario,  caído en desgracia.

Los fondos que han tomado posiciones en el accionariado de Northern Rock van a dificultar la nacionalización, los competidores protestarán por tener un rival privilegiado y la crisis puede impedir la futura vuelta de la entidad al sector privado. Paradojas de la política europea, Brown, deseoso de convertirse en adalid de la desregulación financiera y en hacer de Londres el epicentro de las Cuatro grandes economías europeas del G8 y sus deseos por zafarse de Trichet y de Bruselas, ha terminado cazado en su propia telaraña, la del mercado británico. Eligió entre ceder la entidad a un competidor (Lloyds había mostrado interés), dejar que quebrara y vender sus activos al mejor postor (no hubieran faltado candidatos para sus hipotecas y sucursales) o nacionalizarlo. Pero con la actual crisis de los mercados y el progresivo desprestigio de Northern Rock, cualquier inversor privado hubiera necesitado el apoyo del Estado para mantener con vida al banco de Newcastle. En estas circunstancias, el Gobierno hubiera sido acusado de favoritismo en caso de facilitar la entrada de Richard Branson en Northern Rock.

La vergüenza, que ha terminado por hacer lo inevitable. La decisión es la correcta, pero debió de tomarse hace meses, recuerdan los rotativos británicos a Downing Street. Casi todo el mundo, salvo el primer ministro, Gordon Brown, y su ministro de Economía, tenían claro que la única salida justificada, una vez que Northen Rock tuvo que recurrir a las ayudas del Tesoro, era la nacionalización. Tan pronto como al garantizar sus deudas el pasado verano y se hizo evidente que el banco sólo podría sobrevivir con generosas garantías del sector público, toda solución del sector privado no podía ser sino simple espejismo. Adiós a la tercera vía, una solución mixta entre el sector público y el privado  habría dejado todos los riesgos al contribuyente mientras que todo el beneficio habría sido para la City.

El problema de la nacionalización es que meterse es mucho más fácil que salir. Con su intervención en verano, el Estado quedó atrapado. Más aún desde que el pasado 21 de enero el Gobierno anunció un plan financiero, elaborado por Goldman Sachs, consistente en convertir el préstamo del Banco de Inglaterra en bonos garantizados por la Administración británica para estimular la venta del banco y el pago de la deuda. Ninguna de las ofertas que estaban sobre la mesa cumplían las expectativas del Gobierno, que al parecer buscaba una proporción mayor del beneficio de la venta de los bonos como compensación a la garantía que concedía.

Ahora, Downing Street y Alistair Darling están condenados a recuperar cuanto antes los 100.000 millones de libras de los contribuyentes e impedir mayores daños al sistema financiero cerrando el banco y despidiendo a la mayor parte de la plantilla. A pesar de que Darling asegura que la medida cumple el objetivo de "proteger los intereses de los contribuyentes", si el contribuyente británico está subsidiando actualmente al banco con créditos y garantías que totalizan en torno a los 55.000 millones de libras (73.700 millones de euros), con la nacionalización, dado el elevado pasivo actual del banco, la factura para el erario público puede ascender a 110.000 millones de libras (147.400 millones de euros). El Gobierno pretende sostener así al banco hasta que mejoren las condiciones del mercado y pueda obtenerse un mejor precio por la venta de sus activos. Lo de los inversores es otro cantar.

Todos toman posiciones y tratan de componer la figura ante el zafarrancho. Los accionistas, entre los que figura el fondo de inversiones de alto riesgo SRM Capital, RAB Capital y Legal & General emprenderán una acción legal contra el Gobierno laborista para proteger sus inversiones frente a un acuerdo que en el mejor de los casos- Alistair Dixit- será "de mínimos". Pero, conscientes de que sin el salvamento estatal la quiebra llamaba a las puertas de Northern Rock,  ladrarán, pero no morderán la mano que les tira el salvavidas, por muy ruinoso que les parezca y evitarán hacer tantas olas como para afectar la capitalización de una empresa que, tarde o temprano, deberá volver al redil del mercado y de las manos privadas vía reventa de los activos. La agencia de calificación crediticia Standard & Poor''s ha elevado el ''rating'' a largo plazo del Northern Rock hasta la calificación ''A'' frente a la anterior ''A-'', mientras que la calificación crediticia a corto plazo ha sido confirmada en ''A-1'' con perspectiva ''positiva''.

Gran Bretaña considera que los problemas en los mercados este verano no se debieron a una falta de información entre reguladores y rechaza todo lo que le huela a exceso de regulación. El ministro británico de Finanzas, Alastair Darling, ha adelantado algunas pistas como mecanismos de evaluación de riesgos de las empresas financieras "más transparentes sobre su exposición a los productos complejos, vigilancia de los reguladores sobre la solvencia, pero también de la liquidez de los bancos, o más precisión de los deberes de las agencias de calificación de deuda".

Por ahora, sus iniciativas, más bien etéreas, hablan de claridad de las instituciones y mercados financieros. Poco más. Los ministros de Economía y Finanzas de la UE ya adoptaron un calendario de actuaciones para hacer frente a las turbulencias en su reunión de septiembre en Oporto. Y el Foro de Estabilidad Financiera de la OCDE, donde se sientan los cuatro países del G8 en la UE también está trabajando ya en la materia. A la fuerza ahorcan. Reino Unido tiene su Northern Rock, Francia su SocGen y Alemania su IKB. A la luz de las vergüenzas de la banca de la vecindad, las instituciones ibéricas pasan por ser las más saneadas y solventes de toda Europa. Tiene una regulación muy restrictiva en cuanto a la utilización de las cédulas hipotecarias -respaldo de la apelación al BCE- y no ha sobrepasado, ni de lejos, los muy limitados porcentajes establecidos por el Banco de España. La cobertura de la mora en España es la más alta de Europa y aunque aumentaran los fallidos hipotecarios, el colchón es más que suficiente. E incluso si se produce una improbable debacle, la banca española seguiría estando en mejor situación que el resto de la europea.