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Publicado el jueves 21 de febrero de 2008
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Monitor de Latinoamérica


A Calderón se le atraganta Pemex

-Slim pliega velas en su reino de taifas azteca

A. Zarzuela.– La suya es la historia de un renacer a sangre y fuego. El bautizo aguarda, pero sin ceremonia ni padrinos. La que iba a ser la gran ‘fiesta’ del gobierno de Calderón, la reforma energética y la transformación de Pemex urge, pero tendrá que esperar. Se aferra a la viva estampa de la hidalguía añeja y venida a menos, se esfuerza en caminar por el alambre, llamado a mantener sus apariencias, lastrado por su pasivo laboral y condenado a sostener, a sus espaldas, el monstruoso aparato fiscal mexicano. La producción ha descendido en los últimos meses y la pirueta se torna imposible. Pero sobre todo, son los anclajes ajenos los que lastran su necesaria reforma. El círculo vicioso del juego político, la cerrazón perredeísta y los esfuerzos por seguir haciendo de Pemex una bandera del patriotismo la condenan a perpetuar ese anquilosamiento en los prejuicios de su hidalguía charra. El debate nacional opaca y engulle, de paso, la posibilidad de cualquier imprescindible reforma energética de fondo en México, que el PRI, el PAN y sectores de la izquierda como los Cárdenas sí estarían dispuestos a apoyar.

López Obrador lo sabe bien: amante de sombrerazos y gritos, se aferra a la bandera azteca y dirige su munición hacia Repsol YPF, Exxon y Burton, por quererse “apropiar de una riqueza que es de los mexicanos”, la misma riqueza que su nacionalismo caduco asfixia, la misma que su rebelión a pie de calle no ha dudado en boicotear durante el año pasado. Por ahora, Calderón se conforma con un plan de apertura a la inversión privada. Las multinacionales del sector ya están en la ‘pole position’ de una carrera que dará sus primeras vueltas en julio en la petroquímica.

La fiesta no ha comenzado, pero algunos invitados están llegando ya. Animado por la tormenta energética mexicana, Petrobrás, claro, afila las garras y se las ha tendido ya al gigante azteca, ahora que el hidalgo ajado en el que se ha convertido Pemex busca nueva identidad. Desde el año pasado, la empresa que preside Sergio Gabrielli se ha utilizado como modelo: pese a que no fue hasta 1997 cuando se hicieron las reformas para dar acceso a la IP en los proyectos, Brasil ya ocupa el lugar 16 en reservas del mundo, por encima de México y Petrobrás, abierta a accionistas privados, se ha convertido en el líder del planeta en exploración y producción en aguas profundas, sextuplicando el volumen de crudo en 15 años, bajo el bastón del Estado (controla el 95%)del petróleo y es el propietario del 55.7%. Los cantos de sirenas del brasileño sólo quieren compartir operaciones en aguas estadounidenses, allí donde las restricciones del hidalgo mexicano no llegan, pero Petrobrás no renuncia a arrimarse ahora que la transición se acerca. Para Pemex, que ya intercambia tecnología y tiene acuerdos de cooperación con el gigante brasileño, ni la ayuda del capital privado ni las coaliciones con otras grandes petroleras están de más. Necesita incrementar un 15% la perforación en pozos, un 35% el personal técnico y un 63% el equipo para la extracción.

Felipe Calderón, empeñado en el renacer de Pemex, ha querido anunciar su bautizo allende las fronteras, en su periplo estadounidense, pero está atrapado en un laberinto energético plagado de trampas políticas. Si hace menos de un mes sólo los arrebatos de López Obradror - siempre presto a sacarse una rebelión de la manga y a capitanear un Movimiento Nacional para la Defensa del Petróleo para dar la guerra a Pemex y a todo el que ose hablar de inversiones privadas- disparaban fuera de las fronteras de la reforma energética, hoy ni la partitura ni los instrumentos están claros. La oposición del PRD ha sabido hacer de la privatización un fantasma cargado de riesgos políticos, una idea apestada a la que nadie quiere acercarse ya públicamente. Y del renacer de PEMEX uno de esos bailes que nadie se atreve a abrir con el primer paso a dos.

Aunque el PRI se resiste a reconocerlo sobre la mesa, no les desagrada el plan de Calderón para reactivar a la industria petroquímica nacional, que pasa por subastar entre los industriales del ramo productos petroquímicos como el etanol y las gasolinas naturales, mediante contratos de suministro por 15 años y una fórmula de precios que relacione su valor de referencia internacional con el valor de sus principales productos. A cambio, el gobierno federal estaría esperando que el sector privado construya una nueva planta petroquímica en la que invertirían alrededor de 1.000 millones de dólares, más 700 millones de dólares para la generación de derivados.

Calderón insiste en el relato de la esquizofrenia petrolera mexicana. Entre la realidad petrolera y los deseos energéticos, el ejecutivo azteca sabe que no le queda mucho tiempo para abrir este baile. Será ahora o nunca. Ya hace más de seis meses que la Confederación de Cámaras Industriales le ha puesto fecha a las fronteras de la hidalguía energética mexicana: sin reforma, ni inversiones en exploración, perforación y extracción de hidrocarburos, a las reservas aztecas no les quedan más de nueve años antes de la extinción. La producción de crudo de Pemex cayó en el último trimestre de 3,1 millones de barriles diarios a 2,9 y las exportaciones se han reducido de 1,67 millones de barriles al día (un 87% al continente americano) a un techo de 1,5 millones. El círculo vicioso de la ineficiencia ajena teje a su alrededor un blindaje impermeable, ajeno a su responsabilidad: Pemex está obligada a entregar el 92% de sus ingresos a nutrir las arcas del Estado, pero el 55% de su producción de crudo está en fase de declinación y sus "joyas" petroleras se han devaluado. Cantarell, el principal yacimiento del país, se encuentra en fase de declinación al 12% anual y se requiere invertir 18.000 millones de dólares anuales. Como él, los enormes yacimientos mexicanos por explotar son tan inasequibles a las arcas de Pemex como a los inversores privados, a los que la Constitución les prohíbe las concesiones petroleras. La anquilosada infraestructura provoca continuos accidentes  y derrames (en octubre 19 trabajadores morían). La mayor empresa nacional se ha convertido en un paquidermo que enferma al mismo país al que alimenta, para el que los hidrocarburos representan ya el 30% del gasto nacional.

Desde los Pinos ya nadie apunta a nada más que a una reestructuración energética que permita fortalecer a la compañía para aumentar el número de exportaciones de crudo. Permitir la convivencia del capital público y el privado con esquemas de asociación de riesgo compartido para proyectos intensivos en inversión y tecnología como la exploración y explotación en aguas profundas. No será antes de marzo que Calderón y la ministra Georgina Kessel presenten algo parecido a un proyecto negro sobre blanco, condenado a la última palabra del Congreso. Y ni la empresa ni el ejecutivo tendrán más remedio que acatar la votación de un Parlamento donde ni los miedos ni los prejuicios son huérfanos y hay más de una propuesta para simplemente empeñar más joyas de la familia y destinar a PEMEX más recursos del presupuesto general, la misma vía que a nutrido el círculo vicioso de sus lastres. Pero los recursos del hidrocarburo deben contribuir a incrementar el gasto social y de infraestructura del país y no al revés. 

A pesar de su probada rentabilidad, la escasa o nula inversión y la elevada carga fiscal lastran los pasos de la novena compañía de crudo y gas del mundo. Por eso es el propio Calderón el que reconoce que la reforma no será ninguna solución mágica, del mismo modo que cargar el peso del gasto público a las espaldas de PEMEX tampoco lo fue. Puede aliviar los sudores de las arcas públicas y reducirá la carga impositiva de la petrolera nacional (podrá por fin invertir algo más en investigación y prospección), pero sus efectos globales son limitados, cuando no contraproducentes: sólo alcanzará un alza de dos puntos porcentuales en la carga fiscal, tardará al menos hasta 2012 en generar los efectos deseados y, en el mejor de los casos, eleva del 8 al 9% del PIB la carga fiscal por impuestos directos, una de las más bajas del mundo. Y, si lo hace, será con permiso de la crisis hipotecaria estadounidense y su calado en la economía real. Por sí solas, las nuevas armas fiscales del país no serán más que una tirita frente a un cáncer vampirizador de fondo que PEMEX ha desarrollado desde hace años. Los peores vaticinios del Banco Central de México (Banxico) han comenzado a cumplirse: las flaquezas de Petróleos Mexicanos, rehenes de la falta de inversión en infraestructuras del estado mexicano y de la falta de competitividad comienzan a disuadir a la inversión extranjera, muy recelosa ya en un contexto internacional hostil. Más allá de la batalla por su estatus jurídico, Calderón o quien le suceda tendrá que dar otro paso para disminuir más a fondo la contribución de Pemex al erario, flexibilizar la toma de decisiones, apuntalar su gobierno corporativo, sumando a su consejo no políticos sino expertos, e impulsar la capacidad de refinación de gasolinas, transporte y almacenamiento.

Con la planta generadora de nitrógeno de Juco-Tejo, en la que participa la trasnacional Air Products and Chemicals y que permitirá la recuperación adicional de 92 millones de barriles para PEMEX, Calderón ha comenzado el tratamiento experimental, el camino para deslizar suavemente a Petróleos de México hacia la cooperación y las inyecciones de capital privado. Pero eso es todo lo lejos que puede llegar sin modificar el artículo 27 de la Constitución y la Ley de la Comisión Reguladora de Energía. En el Palacio de los Pinos, donde la propiedad del crudo estatal es la única línea roja que nadie quiere sobrepasar, todos los ojos apuntan de soslayo a Pekín y de frente a La Habana. Paradojas de la geografía energética latinoamericana, las urgencias de Castro, que no ha tenido más remedio que dividir en bloques su mar territorial para que las empresas extranjeras hagan perforaciones en ellos y compartan en régimen de asociación el crudo, son ahora la estrella polar a la que mira el gobierno de Calderón, anclado en el laberinto de la hidalguía de Pemex. Cuba, desde que en los 90 dejó de recibir los suministros desde Rusia, tuvo que intensificar la exploración de yacimientos y para dar acceso a a la IP modificó su legislación a fin de que la estatal Cubapetróleo (CUPET) pudiera hacer alianzas para acceder a la tecnología y financiar proyectos, a la vista de que la tasa de éxito de lo que se explora es apenas del 12% y obliga a compartir riesgos. Fidel Castro dividió en 59 bloques sus aguas territoriales para organizar la búsqueda. Cubapetróleo tiene contratos desde el 2001 con la española Repsol, la noruega Norks Hydro, la canadiense Sherrit, la vietnamita Petrovietnam, así como PDVSA de Venezuela y Petronas de Malasia.

La producción del petróleo a escala mundial creció 24% en la última década, gracias al mayor número de acuerdos de coproducción entre empresas públicas y privadas. La IED ha permitido a países como Nigeria y Angola duplicar su producción en 10 años, al igual que China o Malasia, que registra una participación extranjera de 43%. Pero la ineficiencia de Petróleos de México, el agotamiento de algunos de sus yacimientos más conocidos y el retraso en el dominio de tecnologías pata la explotación en aguas profundas (el Golfo de México es su mayor baza) han relegado a México, otrora uno de los pesos pesados de la región en gas y petróleo, por la senda de la importación de energía, lo han condenado a ver cómo Brasil o Venezuela lo adelantan por la derecha. Sin una pronta reforma, esa condena no será la de un hidalgo ajado, sino la de un paquidermo agotado en el cementerio de los elefantes de la energía regional.

Suelta lastre y empleados y prepara las madrigueras, el juego de manos con el que camuflará sus beneficios para ponerlos a salvo de las autoridades mexicanas, las obligaciones fiscales y, sobre todo, la rivalidad del mercado. Ya ha comenzado a aplicar la coreografía de la escisión, tramada desde hace meses. Slim mira a sus competidores y corre a dividir Telmex. Antes muerto que en competencia real en el sector de las telecomunicaciones, en el que sus resultados flaquean. Ése es el espíritu que alimenta la segregación en seis países de Sudamérica en una nueva empresa, llamada Telmex Internacional, la jugada para subir el valor de esos activos y dejar en México una operación más conservadora pero potencialmente más rentable. La segregación ha comenzado ya con 750 despidos. Sin el respaldo de Los Pinos y si la autoridad de la competencia le pone los puntos sobre las íes, Slim va a necesitar un doble fondo muy grande en el brazo tonto y no rentable de Telmex. Ya ha comenzado a cavarlo.

Al que se dice a sí mismo el hombre más rico del mundo, su propio reino de taifas de la telefonía se le ha vuelto en contra. Slim culebrea. Reconoce que ahora el entorno regulatorio es adverso y la situación económica desfavorable, que la recesión estadounidense ha comenzado a pasarle factura en su propia casa. Los números no acompañan: sus ingresos durante 2007 sólo se incrementaron un 0.8% y en el cuarto trimestre sufrieron una reducción del 2,4%, gracias al descenso en los ingresos de los servicios locales y de larga distancia. Pero es el fin de su reinado lo que más le duele: lo que llama entorno regulatorio adverso no son más que las investigaciones de la Comisión Federal de Competencia (CFC) a la que le llueven las demandas de investigación por monopolio y posición dominante de Teléfonos de México- que maneja el 94% del mercado en el sector de línea fija; las denuncias por monopolio y posición dominante de otras operadoras y la voluntad del presidente Felipe Calderón de cumplir con la promesa de mejorar la competencia del sector. Contraria a la posición de Telmex, la Comisión Federal de Competencia (Cofeco) consideró que la empresa no puede entrar aún al mercado de la televisión y Slim se enfrenta, además, a los problemas de la portabilidad numérica.

A medida que se estrecha su cerco acelera el proceso de escisión de Telmex en dos mitades, una de ellas con vocación deficitaria, no sólo para poner su negocio en el resto del continente a salvaguarda de las fronteras regulatorias que le imponga la autoridad mexicana y para blindar sus beneficios del alcance de la competencia, sino para que cuando el regulador busque en el lugar equivocado, sólo halle un esqueleto deficitario y aferrado a la obligación de prestar servicio a las otras operadoras. Telmex Internacional se convertirá en una nueva empresa, dueña de todas las compañías latinoamericanas de la empresa mexicana (en Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Uruguay), incluyendo las de televisión por cable y de transmisión de datos.

El proceso de reestructura de su organización pasa por la reducción de más de 50% de sus inversiones en México, la escisión de las empresas que operan en Latinoamérica y los negocios de Sección Amarilla y la reducción de 10 a cinco direcciones divisionales en el país azteca. La reestructura, claro, pasa además por el despido de al menos 750 trabajadores, una cifra que puede llegar hasta los 4.000.

La escisión, dentro del califato mexicano, le dará más juego para eludir sus obligaciones como monopolio y tratar de vender la idea de que la falta de competencia no se debe a sus buenos oficios de bloqueo, sino a la escasa rentabilidad en ese segmento. Tras la partición, Teléfonos de México tendrá dos mitades: una, que supervisará el negocio rentable, pero donde la empresa hoy ya enfrenta competencia; y otra, que tendrá a su cargo la operación en áreas donde hay poca competencia y la compañía pierde dinero. Slim trata así de defenderse mejor de posibles acusaciones de ser un cuasi-monopolio al demostrar que esa calificación es relativa ya que sí enfrenta competencia en los mercados más rentables. Su juego de manos no podrá, sin embargo, mejorar la rentabilidad de una empresa que tiene en el mercado mexicano el 80% del pulmón financiero para e resto de sus aventuras en las telecomunicaciones latinoamericanas.