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Publicado el miércoles 27 de febrero de 2008
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Bruselas da la bienvenida a los fondos soberanos

A.Z.– Han mudado su piel de villanos por la de salvadores. O al menos, los dueños de una liquidez a la que ya no se le hacen ascos ni demasiadas preguntas. No es que Bruselas, París o Londres no les tengan recelos a unos fondos, con la sombra del un estado asiático, árabe o ruso a las espaldas, y más de 2 billones de euros en la cartera, listos para invertirlos en un desembarco de urgencia sobre las ajadas cuentas de empresas europeas caídas en desgracia. Las suspicacias han germinado entre los Veintisiete a medida que ya no es ciencia ficción que los fondos soberanos se puedan convertir en los propietarios de compañías de compañías estratégicas y sacudir el ánimo de unos mercados muy volátiles. Pero la necesidad hace milagros y la Comisión Europea ha terminado por transitar la senda más pragmática que Bush y Bernanke pisaron hace meses. Fiel a su credo, Bruselas no regulará, busca recibir a los fondos con las condiciones en una mano, pero el collar de flores en la otra. Las filas de Durao Barroso les van a imponer pocas condiciones. Tan sólo que sean más transparentes y que haya cierta reciprocidad- el músculo y el tamaño de las europeas en este momento no darán para más-.

Habrá código, voluntario- y no lo elaborará la UE-, pero no una empalizada legal. Una mínima puerta común para evitar que cada gobierno de los Veintisiete levante sus muros y que, si se aplicara al pie de la letra, hoy sólo permitiría el acceso a los fondos de Singapur y Noruega. Los recelos se reservan para los gobiernos y las empresas. Pero ahora que Sarkozy ha visto la luz a través del agujero de 4.900 millones de Societé Générale y tras caerse del corcel blanco tras su viaje a Riad y que el galo clama por las bondades de unos fondos que “ven más allá de los resultados trimestrales”, sólo el gobierno de Berlín parece dispuesto a elevar muros legislativos de defensa por su cuenta. Pekín ha cogido ya la medida y, por si acaso, abre fuego y amenaza: si los gobiernos de la UE se ponen muy estupendos con fondos estatales como los suyos, habrá represalias.

La necesidad ha hecho en el corazón de los Veintisiete el milagro de los fondos soberanos. Que se lo digan a Gordon Brown, que después de convertirse en el ‘paganini' de Northern Rock y de las vergüenzas de la City londinense apaga sus recelos tras ver cómo los coqueteos sobre Royal Bank of Scotland por parte de la Autoridad de Inversión de Qatar (QIA) -con 10.125 millones de euros para entidades financieras en Europa-  son el único motor para animar su cotización. Los gobiernos de la UE se tragan su aprensión. Adiós a las exigencias de reciprocidad a los países terceros que el presidente galo entonaba en diciembre, cuando se le llenaba la boca en Davos clamando por la "moralización" del capitalismo, en particular frente a la acción de los "fondos especulativos".

Adiós a los dolores del galo, rey de la ley del embudo para las compañías galas. Los vehículos inversores de países del Golfo, de Rusia, China y Singapur no tendrán que hacer frente a una normativa especial. La CE se conforma con pedir credenciales y transparencia, una puerta abierta sin contraseñas, apenas una declaración de intenciones. No habrá regulación específica, sólo la solicitud de código de conducta voluntario para que expliquen, si quieren, cómo se toman sus decisiones de inversión y en qué compañías colocan cada año su dinero. Deberán aclarar también el volumen y origen de sus recursos; su política sobre el ejercicio de derechos en las sociedades participadas; los objetivos de su estrategia de inversión; o la relación con el Gobierno de su país.

Condiciones, sí, pero con la convicción de que los fondos estatales las asumirán voluntariamente. Ni una línea roja que no hayan delimitado antes las prácticas de transparencia desarrolladas por el FMI y la OCDE y de las que ya se aplican a otros inversores de propiedad estatal similares. El Fondo analizará en marzo un documento preliminar sobre el rol de la institución en los fondos soberanos de riqueza respaldados por los Gobiernos, al tiempo que espera tener listo el primer borrador del informe previo a su encuentro de octubre. Entre tanto, extenderá a los fondos soberanos las directrices que el FMI estableció en 2001 para impedir las interferencias políticas en la gestión de las reservas de divisas.

Aunque Bruselas deja en manos de cada Estado la opción de levantar sus empalizadas legales, sólo será en caso de riesgos a la seguridad nacional. Y la voluntad de los Veintisiete, hoy por hoy no acompaña. Sólo Angela Merkel -que ha preferido convertir al Estado en paganini con El Dresdner- ha guardado en el cajón, pero sólo por ahora, una ley que otorga al Gobierno derecho de veto sobre cualquier compra de una empresa alemana por parte de un inversor estatal extranjero, e incluso sobre la adquisición de empresas foráneas que posean participaciones en compañías germanas, una medida excepcional que se aplicaría sólo en sectores estratégicos. Bruselas y sus tres compañeros de las economías europeas del G8 la han dejado sola, decidida a construir un blindaje ante los fondos soberanos y sus cartas ocultas.

El cambio de escenario y, sobre todo, la contracción crediticia, han desplazado al capital riesgo del primer puesto del ránking inversor de occidente en beneficio de las sociedades estatales de países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Kuwait o Singapur. Prefieren poner su dinero en compañías con problemas y baratas en bolsa para aprovechar su posible recuperación. Tienen participaciones relevantes en HSBC, Barclays o Standard Chartered. Y no se prevé que esta situación vaya a tener freno mientras el barril de petróleo continúe rondando los 80 dólares por barril, y dos terceras partes de las reservas mundiales se sitúen en estos países. Las reservas de los estados árabes y asiáticos aumentan en 250.000 millones cada año, lo que podría convertirles en los principales accionistas de bancos y grandes empresas de EEUU y Europa, aprovechando la crisis crediticia. Sólo en el último mes y medio, han invertido unos 59.000 millones de euros en adquirir participaciones en grandes entidades de ambos lados del Atlántico, desde Citigroup a Merrill Lynch, pasando por Morgan Stanley y UBS.

Héroes o villanos, han llegado en el momento justo y al sitio apropiado: tienen liquidez- gracias a la producción de gas y petróleo y la exportación de commodities- y voluntad de invertir y están dispuestos a correr un riesgo moderado, el del salvamento, sin mirar con lupa los precios. Se venden como los inversores 'ideales': tienen horizontes de inversión de largo plazo y, habitualmente, no exigen participar en la gestión de las empresas donde entran. Su tamaño es titánico: en total manejan más de dos billones de dólares, más que todo el dinero movido por los hedge fund y el capital riesgo en el mundo. Y según el FMI, podrían llegar a alcanzar los 10 billones de dólares en reservas en 2015. Así, han rebasado los cerca de 25.000 millones del private equity, que ha vuelto sus miras a Asia. Omar ben Suleiman, director ejecutivo de la Bolsa de Dubai, de capital público, es el primer accionista de la Bolsa de Londres con una participación del 20%. Pero su capacidad para amenazar la estabilidad del sistema financiero o bursátil es limitada: apenas suponen el 5% del mercado bursátil mundial y sus inversiones suelen ser a largo plazo, sin movimientos bruscos a corto plazo. A ambos lados del Atlántico asusta la posibilidad de que los países emergentes aprovechen sus reservas de divisas para controlar empresas de sectores estratégicos o los países eminentemente exportadores impidan la revalorización de su moneda para aumentar sus fondos.

Ahora que los estadounidenses comienzan a verle las orejas al lobo del poderío de los fondos soberanos, Europa es su nuevo paraíso. Shekh Hamad bin Jassim al Thani, primer ministro del emirato árabe y cabeza visible de la Autoridad de Inversión de Qatar (QIA), ya advertido que de ahora en adelante prefieren invertir en grupos europeos que en entidades de crédito estadounidenses porque las cotizaciones de estas últimas son más proclives a caer bajo el peso de nuevas provisiones derivadas de la cartera ‘subprime'. Los gigantes de Wall Street no han tenido más remedio que confiar en ellos y no quieren espantarlos, como pasó con Pekín en el gigante bancario Citi, que terminó en manos de la reciente inyección de 12.500 millones de dólares realizada por Singapur y Kuwait, entre otros. Pero ni Washington ni Bruselas ocultan ya que entregarse a ellos puede ser un alivio peligroso. Al menos si se hace a ojos cerrados. Y es que a Washington las flores de recepción se le están acabando. EE UU ha endurecido la autorización de inversiones extranjeras en sectores que afecten a la seguridad nacional.

La presencia, más abundante, es más inquietante. Su paciencia más escasa, tanto que el gobierno de Bush y los legisladores republicanos prometen proponer leyes que obliguen a los fondos a revelar sus inversiones  si el FMI no presenta pronto un código para asegurar que sus operaciones sean más transparentes, ellos. El Congreso americano ya obligó a Dubai Ports a principios de 2007 a vender todos los puertos estadounidenses tras adquirir el grupo británico P&O. Y la hipotecaria Countrywide, con serios problemas financieros, ha reconocido que se ha echado en manos de Bank of America para evitar ser comprada por fondos soberanos. El Tesoro estadounidense pidió a estos fondos que sean más transparentes y claros respecto a sus intereses en las inversiones que están acometiendo en bancos y grandes multinacionales norteamericanas. Además, la Unión Europea trabaja ya conjuntamente con EE UU, en el marco del Transatlantic Economic Council, para convencer a los gestores de estos fondos de la necesidad de que sean transparentes para crear un entorno económico y de inversión más seguro. Eso es todo.

Paradojas de los mercados financieros necesitados, son los fondos soberanos los que van a poner las exigencias sobre la mesa.  Saben que existe el riesgo, si se vetan sus inversiones, de cerrar los mercados a un capital extranjero necesario en estos momentos, en especial para el atribulado sector financiero. Los chinos han comenzado a advertir: si Estados Unidos o la UE siguen su obsesión con la vigilancia a los fondos soberanos de países emergentes, habrá "consecuencias negativas".