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Publicado el lunes 4 de febrero de 2008
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La Fed, Bruselas, París y Berlín se lo ponen difícil a Trichet

El Señor de la inflación resiste. Promete sostenerse inmune ante las presiones del mercado, las zozobras de las bolsas europeas y de Wall Street, las rebajas de tipos récord de Bernanke, e incluso ante los anuncios de bajadas de tipos del Banco de Inglaterra, que el mercado da por descontados para esta semana. Pero a Jean Claude Trichet la trinchera de guardián de la ortodoxia monetaria y Señor de la lucha contra la inflación cada día le queda más estrecha y un poco más incómoda. Las cuatro economías europeas del G8- Francia, Alemania Italia y Gran Bretaña- , Juncker y los opositores de Trichet dentro del BCE hacen ondear la desaceleración del corazón económico europeo, suspiran por un Bernanke en la tierra de los Veintisiete y utilizan contra Trichet la munición de la Fed, que se deshace a golpe de inyección de liquidez y bajada de tipos para tratar de contener la crisis financiera y alejar el fantasma de la recesíón en EE UU. Los mercados descuentan la fortaleza de la trinchera del francés y la mayoría de los analistas no espera que los tipos bajen del 4% antes del segundo semestre, a medida que el ‘decoupling’ con la economía estadounidense se evapore y que la desaceleración de Francia, Gran Bretaña y Alemania haga el resto.

Trichet enfrenta la reunión del BCE de esta semana dispuesto a entonar su triple estribillo, el mismo que canta desde junio: expresará sus preocupaciones crecientes sobre la economía, advertirá de los riesgos de inflación- como hizo en enero- y subrayará que la BCE está dispuesta a actuar" para ponerles freno. El repunte de la inflación, la ralentización del crecimiento del corazón económico de Europa, la fortaleza del euro y la sombra de la tormenta financiera configuran un laberinto en el que Trichet no encuentra otra salida que aferrarse al objetivo del control de precios. Trichet camina por un estrecho sendero, arrinconado entre la espada del crecimiento y la crisis financiera y la pared de la inflación. Metido en su papel de vigía de la inflación, no baja los tipos para no alimentarla. Aunque tampoco los sube, como le gustaría: la ralentización económica europea no le deja, no quiere echar más leña al fuego de la desaceleración y la debilidad del sector exterior. Pero la inflación de la eurozona sigue en ascenso y roza ya los máximos desde 2001. Y la masa monetaria se disparaba en noviembre en la zona del euro al 12,3%, el ritmo más elevado de los últimos 28 años, concretamente desde julio de 1979, muy lejos del nivel que el BCE considera adecuado para mantener la estabilidad de precios en la zona del euro: el 4,5%.

Con esos mimbres, subir los tipos, mal; mantenerlos, es un mal menor. Por eso, cansado de su síndrome de personalidad múltiple, se volcará de lleno en su papel de guardián de la ortodoxia monetaria y vigía de la Eurozona. La única receta que considera útil para espantar, de paso, la volatilidad de las Bolsas. Ha decidido centrarse en lo que sabe y cree que le corresponde: con una inflación media del 3,1%, que roza ya los máximos desde 2001, bastante es si quiere sostener algo parecido al 2% que Bruselas se planteaba como horizonte.

Davos ha dado por condenada a la economía estadounidense y Trichet quiere desmarcarse de sus ecuaciones. Exige más controles del riesgo financiero. Pero desde su trinchera anti-inflacionista recibe la desesperación de las Bolsas, la discrepancia de algunos de sus compañeros del BCE y el ninguneo de los gobiernos de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña- las cuatro economías europeas del G8- que se han erigido en los ‘cuatro mosqueteros', en busca de una solución para sus problemas domésticos, a ser posible, sin pasar por Bruselas y mucho menos por el BCE. Los díscolos de Trichet no sólo están en el BCE. Aprovechando su papel en la minicumbre de Londres, desde el banco de Inglaterra David Blanchflower echaba leña al fuego: "preocuparse por la inflación en estos momentos es como un jugar mientras Roma arde".

Si el presidente de la Fed peca de miopía con los precios, Trichet no quiere ver otra cosa que la inflación. Tras la rebaja, los tipos de interés que estaban desde el pasado 22 de enero en el 3,5% pasan al 3%. El medio punto de rebaja del pasado miércoles sumado al 0,75% del martes siguiente al "lunes negro" supone una rebaja total de 1,25%, cifra del todo inusual para la Reserva Federal. Hasta hace muy poco, la Fed estaba más preocupada por la inflación que tendía a cobrar fuerza que por la evolución del producto bruto, razón por la cual mantuvo relativamente alta la tasa de interés de corto plazo, pero el temor a una recesión la ha obligada a cambiar de actitud. Bernanke, con la vista puesta en la crisis financiera, no tiene ojos para la inflación que en Estados Unidos ya supera el 4% anual, la cifra más alta registrada desde 1990, aunque en el cuarto trimestre del año pasado el índice "subyacente", que no toma en cuenta las variaciones abruptas de los precios energéticos, fue del 2,7%.

La Fed subastará 30.000 millones de dólares el 11 de febrero con vencimiento a 28 días, idéntica cantidad y condiciones a las que adjudicará el día 25. Y para facilitar la participación en las subastas de entidades más pequeñas, la puja mínima pasará a ser de 5 millones de dólares en lugar de los 10 millones estipulados en las operaciones anteriores. Una operación destinada a inaugurar su nuevo maletín de doctor de urgencias de los mercados estadounidenses, repleto de subastas periódicas. Nada permite asegurar que las instituciones financieras tengan un mínimo control sobre la crisis económica, ya que medidas de choque con eficacia probada en otros momentos acaban teniendo un resultado positivo de una duración de muy pocos días, sino horas.

El binomio de Bernanke- bajada de tipos e inyecciones de liquidez- lo ha probado en su piel. El miércoles, tras la decisión de la Reserva Federal de bajar los tipos de interés un 0,5%, hasta el 3%, Wall Street cerraba en rojos. La actual coyuntura de temores entre los inversionistas era suficiente para que estos tomaran ganancias cuando la Bolsa repuntó un poco durante la jornada. Los balones de oxígeno que lanza la Fed terminan por cristalizar en una alquimia desigual cuando se combinan con la persistencia de negros nubarrones en el horizonte. El mercado se ha tranquilizado un poco, pero sigue con la espada de Damocles de las aseguradoras de bonos, el nuevo fantasma de los mercados, y la posibilidad de que rebajas de ráting provoquen depreciaciones adicionales de las carteras de bonos. Bernanke, cirujano del miedo, corre el riesgo de asustar a los mercados con medidas de choque, que sólo animan a corto plazo. Y si los vaticinios de Greenspan son ciertos, a la a la vista de que han perdido capacidad de influencia sobre las tasas de interés reales de largo plazo, ni las más audaces recetas de los bancos centrales podrán evitar la recesión estadounidense. Aún así, Wall Street espera de manera unánime que la Reserva Federal baje nuevamente las tasas de interés en marzo.

El duelo está servido, pero no es del todo real. La Fed tiene un mandato más generoso que el BCE a la hora de decidir qué pasará con los tipos: el crecimiento económico también importa. El BCE no. Heredera del pánico hiperinflacionista del Bundesbank, su único objetivo es combatir la inflación y Trichet está dispuesto a aferrarse a dos manos a ese mandato. No está dispuesto a rebajar por debajo del 4% que mantiene desde junio a no ser que la desaceleración de las economías del corazón de Europa derive en un descenso de la inflación en la zona euro, algo que los analistas no consideran ni siquiera probable hasta el segundo semestre. Con la resistencia de Jean-Claude Trichet, el diferencial entre EE UU y la eurozona alcanza ya un punto, algo que no sucedía desde junio del 2003. Pero la brecha entre ambos lados del Atlántico es mucho mayor que ese punto.

Hace ya mucho que la vieja Europa asumió que ni Trichet es Bernanke ni los momentos macroeconómicos (dolencias incluidas) y las recetas se parecen. En la primera economía del mundo, el desplome del mercado de la vivienda y la crisis de crédito han desembocado en un debilitamiento que ni el propio Bush intenta ya arropar con otros apellidos. La peor crisis económica desde la II Guerra Mundial no es aún más que una sombra de mal agüero en boca de George Soros, pero los tambores que preludian recesión palpitan con fuerza en Wall Street y la economía real. El tejido financiero herido y la economía real norteamericana, amenazada, quieren algo más que medidas cosméticas de Bush y bajadas drásticas o inyecciones generosas de Bernanke. Y es que las fracturas no son sólo financieras, han calado en la economía real y en la confianza de consumidores y empresas.

La fiebre bursátil, la caída en el consumo, la restricción del crédito y la crisis inmobiliaria ya están ahí. Las ventas minoristas han caído por primera vez en seis meses y el índice de precios al productor subió un 6,3% durante 2007, el mayor incremento en 26 años. El promedio de las personas que perciben el seguro por desempleo llegó al nivel más alto desde noviembre de 2005 y la construcción de casas bajó un 25%, el menor nivel desde 1993. En enero se perdieron 17.000 empleos, desafiando el incremento de 80.000 que esperaban los analistas. El gasto en el sector de la construcción se redujo un 2,6% en 2007, tras sufrir un descenso del 1,1% en diciembre, frente a la caída del 0,5% que había sido pronosticada por el consenso del mercado. Y el indicador de confianza de los consumidores elaborado por la Universidad de Michigan mostró en enero un incremento por debajo de lo previsto al situarse en 78,4 puntos, frente a los 75,5 enteros de diciembre, pero por debajo de los 80,5 puntos de las estimaciones preliminares.

Distintos, pero no ajenos. El ‘decouplig' comienza a hacer aguas. La fuerte relación comercial entre la UE y EEUU, o el impacto de la crisis ‘subprime' en los bancos europeos (como demuestran los recientes casos de Société Générale o WestLB) son innegables. Pero sobre todo, el miedo salta los mares, el euro y el petróleo. La presión sobre el BCE no llega de tierras americanas sólo por identidad, sino por efecto: a pesar de la tendencia de esta semana (el euro corrige frente al dólar y el billete verde se anima hasta situarse en los 1,4577 dólares por euro), las decisiones de la Fed han provocado la depreciación del dólar, lo que favorece las exportaciones de las empresas estadounidenses, pero encarece el petróleo y hace menos competitivas a las exportaciones europeas. Trichet, además, no puede olvidar que el corazón de la economía real Europea comienza a presentar síntomas de debilidad. Se lo ha recordado su compañero en la BCE, el miembro del consejo Juergen Stara: las amenazas al crecimiento de la economía han aumentado desde la última estimación del Banco Central Europeo. De hecho, es la propia autoridad monetaria la que pliega las velas del optimismo. El 6 de diciembre el BCE bajó la previsión de crecimiento del PIB para 2008 del 2,3 al 2%, pero subió la de inflación del 2 al 2,5%, aunque dejó la estimación de subida de precios para 2009 en el 1,8%. Y la economía de la zona euro -Stara dixit- no puede desvincularse de la resto del mundo.

Además, los "cuentos galos" de Societé Générale han reabierto el debate sobre el recorte de los tipos de interés y han planeado también sobre Estados Unidos, sobre el intento del dueto Bush-Bernanke por inyectar calmantes a los mercados y a la economía real norteamericana, ahora que hasta el FMI da por descontada la recesión. Ben Bernanke no puede ocultar su irritación por el escándalo de la compañía gala y, aferrado a su receta -un binomio de bajada de tipos e inyecciones de liquidez- se aleja cada vez más de la ortodoxia trichetista y de la doctrina oficial de Bruselas, obsesionada por evitar toda suerte de estimulación artificial de la actividad económica y de los mercados. Davos ha dado  por condenada a la economía estadounidense y Trichet quiere desmarcarse de sus ecuaciones.

Ha quedado muy cuestionada la teóricamente fluida relación entre los bancos centrales que se estableció el 12 de diciembre con la histórica alianza de los cinco mayores bancos centrales del mundo para asegurar la liquidez en los mercados interbancarios y respaldar al dólar. La sintonía está rota, no más medidas al unísono, no más recetas para tratar de salvar los efectos de las crisis de los vecinos Bernanke cree haberle pagado a Trichet y Barroso las facturas de Societé Générale y los daños ocasionados a los mercados, con Wall Street al frente. Y no estará dispuesto a hacerlo de nuevo. Mucho menos, solo.

Trichet, aferrado a su papel de guardián de la inflación, puede acabar con medallas -si se capea el temporal sin grandes pérdidas y sin haber cedido a las presiones- o ante el pelotón de fusilamiento si la reducción en el ritmo de crecimiento europeo resulta insoportable y fuerza a una bajada de tipos, que llegaría tarde. Los analistas menos optimistas comienzan a avizorar el fantasma de la estanflación a ambos lados del Océano. En tal caso, medidas tomadas para luchar contra uno de los dos males servirían para agravar el otro. Ni Bernanke ni Trichet podrán salvar sus trincheras.