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Publicado el jueves 7 de febrero de 2008
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Monitor de Latinoamérica

El vecino del norte chafa la fiesta latinoamericana

- A Lula se le atraganta la carne

A. Zarzuela.– La maldición del ‘pato cojo', ésa que está acompañando al presidente Bush, como a sus antecesores durante sus últimos meses en la Casa Blanca, es contagiosa. Y criminal. Que se lo digan si no al presidente Calderón. Cuando por fin ha despejado el camino a la reforma fiscal, ahora que está a un paso de conseguir que PEMEX  deje de arrastrar a sus espaldas todo el peso del gasto público mexicano y se dispone a abordar la reforma laboral, es el vecino del Norte el que le amarga la fiesta. La desaceleración de la economía estadounidense le ha costado ya al país una rebaja del crecimiento en 2008 del 3,7% al 2,8%. Una suerte similar a la de Uribe, o de Oscar Arias: Costa Rica, que en 2007 creció un 6,8%, ha reducido su previsión al 3,8% gracias al seísmo económico de su principal socio comercial. Y Panamá, tras siete años consecutivos en los que el ritmo de la economía panameña presentaba una tendencia ascendente, en 2008 esta situación ha cambiado. Latinoamérica y sus gurúes económicos levan meses asegurando que tienen músculo defensivo para hacer frente a la crisis financiera estadounidense, que las pulmonías norteamericanas no alimentan las gripes locales y van a tener que empezar a demostrar sus proclamadas fortalezas, a poner a prueba su blindaje.

La pesadilla se llama recesión y se sueña ya ambos lados del Rio Grande. De una orilla, en forma de consumo contenido, destrucción de empleo, producción en freno y pánico de los mercados. Desde la otra, la ecuación pasa ya por la merma del comercio exterior, la volatilidad de los mercados, la reducción del crecimiento, la inflación, el descenso de la Inversión Extranjera Directa y el aumento del gasto público. Latinoamérica comienza a beber el cocktail amargo aliñado en EE UU, que amenaza con amargar los sueños de fortaleza económica que la región ha amasado en el último lustro al calor de los altos precios de las materias primas. Por ahora, el crecimiento esperado este año ya no será del 4,9%, sino del 4,5%. Y, a la vista de las caídas con las que los mercados de la región han dado la bienvenida al 2008, la ‘fiesta' de la renta variable - refugio en un año muy frío para la renta variable- cada vez está más cerca de la hora de cierre, si es que el vecino estadounidense no la arruina antes.

Latinoamérica hace acopio de un abanico de fortalezas: el auge de su economía (que espera crecer por encima del 5% en 2008), la estabilidad política, la política fiscal y monetaria razonable, las reservas internacionales en aumento, una economía saludable en conjunto y los altos precios de los ‘commodities' en un entorno de grandes exportadores de metales y petróleo. El fuerte flujo de recursos, el atractivo de sus  tipos de interés frente a las tres bajadas consecutivas decretadas por Ben Bernanke  y un mercado de renta variable que ofrece oportunidades jugosas ante la urgencia de los inversores europeos y americanos por diversificar  han hecho de los países emergentes el refugio a salvo del impacto de la crisis financiera global. Hasta ahora.

A México, que dirige el 80% de sus exportaciones a EE UU, sólo el mayor gasto en infraestructura, el consumo interno y las exportaciones hacia Europa le están sirviendo de colchón. Y es que la amenaza ya no sólo es el terremoto de la crisis financiera estadounidense, un seísmo al que, con su escasa exposición a las ‘subprime', la fortaleza reciente de sus sistemas financieros locales  y el aliento de los flujos en desbandada, las principales economías de la región se habían sobrepuesto. Si antaño la volatilidad impactaba en la deuda externa en dólares, ahora lo hace en moneda local y eso ha servido de parapeto a los sistemas financieros de la región. El incendio de la economía real estadounidense a estallado, sus llamas se ven y calientan a los vecinos más cercanos. Está a la vista la reducción del comercio intraregional, que en  los últimos tres años se había cuadruplicado. Venezuela, con más del 16% de dependencia de las exportaciones de EE UU, Costa Rica (15%), Ecuador (12%), Colombia (7%), Honduras y Nicaragua (6%) serán las más expuestas. En Puerto Rico, la tasa de desempleo aumentó un 11%, las quiebras personales crecieron en un 45% y las comerciales un 37%.

Los fundamentos macro de la región no son tan sólidos como hace doce meses, el superávit comercial-muy dependiente de la economía estadounidense- ha comenzado a erosionarse y, a la espera de que la economía real estadounidense se resenta más, ya lo han hecho los mercados de valores más cercanos, al sur del Río Grande, con México en cabeza, cuyo PIB depende en un 23% de EE UU. La fiesta sigue para las Bolsas latinoamericanas, pero el alter party agota su euforia. Tanto el Bovespa, como Lima, Santiago de Chile, Buenos Aires y México han abrazado los rojos en las primeras sesiones del año, lastradas por los datos macroeconómicos estadounidenses, el alza del petróleo y el miedo cronificado que perpetúa la tendencia a vender. Los analistas locales descuentan que, después de un año en que la alegría bursátil trepó hasta el 60% en los principales parqués-Brasil, Perú, Chile, México, Buenos Aires e incluso Bogotá-, el horizonte más optimista, en un contexto internacional cada vez más hostil, roza un 20%, con la ayuda de la Fed y del precio del petróleo y de las materias primas.  Con Sao Paulo y Lima en cabeza, los principales mercados latinoamericanos se han acostumbrado en 2008 a bailar al son de los miedos de Wall Street y los tratamientos de choque de Bernanke. La fiesta para las plazas de la región hace ya mucho que olía a resaca, pero ha comenzado a destilar directamente miedo. La fiesta bursátil no es buena compañera de los incendios económicos y los seísmos financieros. Y Latinoamérica está empezando a comprobarlo. Si en 2007 el Bovespa, embriagado de la euforia de los BRIEC, se apuntó un 36,29%, en lo que va de año la Bolsa carioca se ha dejado un 4,39%, inasequible a las oleadas de recuperación de Wall Street y a los planes de salvamento de Bernanke y Bush.

La resaca de la fiesta de la renta variable latinoamericana ha comenzado. La crisis de las subprime y los incendios de la economía estadounidense no eran para la región, hasta ahora, más que un fuego en lontananza del que apenas molestaba a los vecinos más cercanos y más dependientes. La fiesta de los mercados compensaba. Al ‘party' latinoamericano llegaban los huidos del seísmo norteamericano y, aunque la volatilidad y la carga del cocktail presagiaban un final abrupto, todos se entregaron a una ‘lambada' en la que se servían los tragos más rentables. Ahora, los sones de euforia han cesado, e incluso las economías que tienen su crecimiento y su sector exterior más a salvo del fuego de la recesión estadounidense reconocen que el humo tóxico de la volatilidad, de la inflación, de la revaluación monetaria y de la volatilidad comienzan a pasarles facturas a domicilio. La liquidez extrema no ha hecho más que aliarse con el alza de las materias primas, los precios del petróleo y los elevados tipos de interés locales. El fantasma de la inflación hace meses que coge cuerpo y se ha enseñoreado en Venezuela (25%), en Argentina, en  Colombia (más del 6%) y en Costa Rica, donde no pudo bajar del 10%. Las previsiones de inflación chilena duplican ya las que había hace seis meses y en Brasil, con la demanda interna sin techo, los temores inflacionarios cobran fuerza y el Banco Central comienza a pensar en recortes de las tasas. Pero a la vista de la revaluación monetaria, del anhelo por seguir atrayendo a los capitales internacionales y de la necesidad de contener la inflación, no es factible que a Bernanke y sus tratamientos de choque le salgan muchos imitadores al sur del Río Grande. La ‘fiesta', además, puede acabar en sobredosis de flujos de inversión, con monedas locales ‘embriagadas' y por las nubes y con la inflación desbocada, dando con Brasil, Chile, Perú, Argentina, Colombia o México, en una resaca dolorosa si todo era un exceso de ‘burbujas'. Si la celebración termina pronto sólo quedará el sabor a riesgo monetario y el dolor de cabeza de las presiones inflacionarias que ya acosan a Lula, Kirchner y Bachelet. Brasil lo sabe bien. Argentina, que aún recuerda la pesadilla de los capitales golondrina en la crisis de 2000, también.

Latinoamérica paga las facturas de la debilidad del billete verde y la fortaleza de sus monedas -que se han apreciado sin techo en los últimos meses, gracias a la estampida de dólares hacia sus mercados por la puerta de las exportaciones, la Fed, los flujos de capital y las remesas.- y amenazan con lastrar su competitividad y afectar a su sector exterior y al precio de su producción interna. El turismo en México, los automóviles en Brasil, la maquila en República Dominicana, la pesca en Perú, o el café en Colombia sienten ya la sacudida.  Lejos quedan las pretensiones de quienes, como Alan García, esperaban hacer de sus recién estrenados TLC el trampolín para convertirse en la China de Latinoamérica. Para Centroamérica, México y Perú, los Tratados de Libre Comercio con Washington son hoy por hoy un cordón umbilical a la crisis de la economía real estadounidense que, paradojas de la política exterior- se ha convertido en la sentencia definitiva de muerte para el Tratado con Colombia, condenada a dormir el sueño de la justicia demócrata hasta que el siguiente presidente llegue  a la Casa Blanca.  

Lula y Cristina Fernández de Kirchner proclaman orgullosos que su comercio exterior mira tanto a China y Europa como a EE UU, sacan pecho de su consumo interno y arrastran tasas de crecimiento sostenido durante los últimos semestres, pero ni la distancia ni la menor exposición comercial son garantías de salvaguarda. En su conjunto, Latinoamérica sólo exporta a EE UU un 10% de su PIB y ha podido mantener las distancias con su telaraña financiera. Pero el salvavidas del ‘decoupling' tiene sus lagunas. Ni el seísmo de la desaceleración ni los incendios financieros son ajenos a los que- más allá de Centroamérica, México y Colombia- van de lejos las zozobras de la economía estadounidense. Al otro lado del continente, en el Cono Sur, los que se creían pertrechados de los efectos de la crisis comienzan a cobrarse los efectos secundarios de la euforia. En una región de exportadores natos de productos primarios, aunque no sea Norteamérica el destino de sus ventas, ni Argentina, ni Chile, ni Uruguay, o Perú escapan al descenso en la tasa de crecimiento de las importaciones totales de Estados Unidos y en su efecto sobre los precios internacionales de los productos primarios. Una tendencia que preludia la descompensación de la balanza de pagos y el freno del crecimiento del PIB, en economías como la argentina, a la que Cristina Kirchner sigue dando cuerda a golpe de consumo y exportaciones.

A golpe de vecindad, Latinoamérica comienza a poner en peligro la preeminencia entre las economías emergentes que forjó durante los últimos meses. India y China son la vía de escape a la maldición del ‘pato cojo'. El camino no más corto pero sí más seguro a Washington. Pekín y Nueva Delhi han casi duplicado su comercio bilateral en los últimos dos años y, al calor del acuerdo económico que firmaban la semana pasada, llegarán a 60.000 millones de dólares en 2010. Buenas noticias para Brasil, Argentina, Chile, Perú o Venezuela, que exportan petróleo, cobre, hierro o soja al gigante asiático. En los últimos cinco años las compras chinas hicieron crecer la región un 5%. Y Mercosur trata de sacarle punta al acuerdo preferencial que mantiene con India desde 2005. Sin embargo, China- más fuerte en manufacturas- e India- en tecnología- tienen economías complementarias, que blindan cada vez con más fiereza el acceso a las exportaciones latinoamericanas .La medicina asiática para la intoxicación de los incendios de la economía estadounidense pasa por el rol de hub de las empresas latinoamericanas. India lo sabe y ha comenzado la carrera de alianzas estratégicas. Pero la llave de esa fiesta no estará en manos latinoamericanas. 

A Lula se le atraganta la carne

Le ha pillado con el pie cambiado, las pretensiones de convertirse en potencia económica mundial a flor de piel y la urgencia de Brasil -el primer exportador mundial de carne- por encontrar mercados alternativos a EE UU más palpitante que nunca. Lula da Silva, que no para de proclamarse capitán de la economía más fuerte de la región, tiene problemas para digerir la decisión de la Unión Europea, que ya no importará carne de bovino brasileña. Tantos problemas que amenaza con llevar al Club de los Veintisiete ante la OMC, convertida en la caja de resonancia de sus desarreglos comerciales. Con la Unión no gana para disgustos: ha osado ponerle trabas a sus dos arietes comerciales- la carne y los biocombustibles- y Brasil, que prometía ser el introductor de embajadores de la UE ante MERCOSUR, hace esfuerzos para empedrar de obstáculos el Acuerdo de Asociación del bloque con Bruselas, aparcado en el congelador desde 2004.

De poco ha servido que en 2007 - aún a costa de dejar al margen sus preferencias por acuerdos con bloques de países- Bruselas estrenara con Brasilia su acuerdo de sociedad estratégica. Las diferencias comerciales y la distancia entre la realidad y los sueños del etanol brasileño han ido cocinando el desencuentro desde la Cumbre de Lisboa. La posibilidad de un tratado de libre comercio (TLC) Mercosur-UE se encuentra estancada por las dos partes. Los europeos no se muestran dispuestos a eliminar las subsidios con los que protegen y promueven la producción agropecuaria, mientras que los mercosureños se reservan la apertura de los mercados locales en forma irrestricta.

La UE aplicaba hasta ahora un embargo de carne vacuna a tres estados brasileños (Sao Paulo, Paraná y Mato Grosso del Sur) debido a un brote de fiebre aftosa. Pero tras comprobar el incumplimiento de exigencias sanitarias más amplias y luego de presiones de irlandeses y británicos, la UE decidió que a partir de ahora sólo permitirá el ingreso de carne brasileña procedente de una lista de establecimientos que cumplen con sus requerimientos y que aún está en blanco. Los europeos sólo están dispuestos a aceptar una lista de 300 productores, mientras que Brasil propuso 2.861. Despechado, Lula tiene problemas para encajar que sean dos de sus socios de MERCOSUR, Paraguay y Uruguay, los que suplan ahora las ventas de carne al territorio de los Veintisiete. Brasil mira ahora a Rusia: desde 2005 la cantidad de sus compras aumentó sensiblemente, mientras que las ventas a Europa llegaron a casi 700.000 toneladas en 2006, para luego caer el año pasado a 327.000 toneladas, debido a las restricciones que le aplicó la UE a raíz de los casos verificados de fiebre aftosa.

Tampoco los biocombustibles no ayudan al brasileño a pasar el mal trago de la carne con la Unión Europea. Brasil - que aumentó el año pasado un 145% su producción de etanol - abrirá su propia "Embajada de biocombustibles" en Bruselas, como plataforma para conquistar el suculento mercado de la UE, que se ha comprometido a que el 10% del transporte utilice gasolinas biológicas en 2020. Sin embargo, las prácticas brasileñas pueden desanimar a los Veintisiete, que también intentan lanzar su propio mercado y que se ha cansado de advertir al país amazónico que no importará sus biocombustibles mientras los produzca de forma insostenible.