Trichet, señor de la inflación... y del euro
Autoinvestido caballero de la estabilidad monetaria, el galo hace valer sus predios y pasea su escudo más clásico, el de la defensa ante los riesgos del alza de precios. Y su nueva espada, la de la contención del euro. El poderío de la moneda común llama, de la mano de las dificultades para el sector exterior, a la puerta del BCE. Bisagra entre Washington y Bruselas, Trichet se niega al tirón de orejas a la Fed y a Bernanke que Juncker y el Eurofin no dejan de aplicarle, con la misma intensidad con la que vilipendian su política de sostenimiento de tipos. Pero no deja de mirar de reojo a Bernanke y sus recetas.
La euforia que desencadenó la acción concertada de la Reserva Federal y otros bancos centrales para inyectar liquidez al sistema financiero ha sido flor de un día, incapaz de contrarrestar el pesimismo de Wall Street, la preocupación de los inversores por el alza del crudo y la nueva depreciación del dólar frente al euro. Con una nueva bajada de tipos, con la escalada continua del petróleo, la contracción crediticia y las sucesivas inyecciones de liquidez de la Fed, la moneda verde- ajena a las promesas de Bush y Paulson- está condenada al suelo y la inflación en Estados Unidos se le puede ir de las manos a Bernanke. Los inversores están saliendo de activos en dólares a una velocidad que puede desembocar en un crash de la divisa. Poco más de un día duraba el matrimonio de conveniencia de Bernanke con Trichet, condenado a capear tempestades con epicentro en Washington. Abocado al divorcio trasatlántico, después del encuentro para la inyección, Trichet empuña el escudo antiinflacionario y vuelve a mirarse de reojo con el presidente de la Fed. Bernanke con sus recetas está terminando por arrinconar al billete verde: la previsión de que continúen la semana que viene una nueva bajada de tasas, la insuficiencia de las medidas de inyección y la desconfianza del mercado en la divisa verde como valor dibujan el futuro del dólar. El euro ha superado la marca de los 1,56 dólares por primera vez desde su creación en 1999 después de superar el miércoles el listón de 1,55 dólares por primera vez en su historia Si el BCE pierde credibilidad para garantizar la estabilidad de los precios, los hogares dirían adiós a la confianza y los mercados financieros serían mucho más turbulentos porque se verían alterados por la incertidumbre de la inflación a medio plazo.
Ni la desaceleración del corazón de la Vieja Europa, ni las presiones, ni siquiera las arremetidas del galo Juncker son suficientes como para que el rey de la inflación no pueda acomodarse en su trinchera, Para disgusto de Lagarde y Merkel, la partitura está sabida y se entona sola, aderezada con las notas ascendentes, mes a mes de la inflación en la eurozona. No podrá hacer realidad los sueños del señor de la trinchera antiinflacionario de emular a Suecia o Australia. Subir los tipos es un horizonte hoy inalcanzable, pero la inflación desgana su propio canto y con cada nota de alza, carga de argumentos a las teorías del presidente del BCE, que mantiene sin embargo la puerta abierta y se agarra ahora a un nuevo escudo: el de la lucha contra el desempleo. Y el de la contención del euro, que está imparable y ya ha superado los 1,56 dólares. La euforia que desencadenó la acción concertada de la Reserva Federal y otros bancos centrales para inyectar liquidez al sistema financiero ha sido flor de un día, incapaz de contrarrestar el pesimismo de Wall Street, la preocupación de los inversores por el alza del crudo y la nueva depreciación del dólar frente al euro, al cambiarse la moneda europea a 1,55 dólares. Con Jean Claude Juncker en cabeza- que defiende que el BCE necesita un contrapeso político que se preocupe del crecimiento- los ministros de Finanzas de los 15 de la zona euro abren fuego contra Bernanke en las espaldas de Trichet por una situación que, según ellos, no refleja los fundamentos económicos actuales, ya que el dólar esta infravalorado y la divisa comunitaria supravalorada.
En su esfuerzo por preservar la liquidez de los mercados financieros el banco central de EEUU subastó 30.000 millones de dólares en diciembre, 40.000 millones en enero y otros 40.000 millones de dólares en febrero. La acción conjunta con el resto de los bancos centrales el pasado miércoles para inyectar toda la liquidez que hiciera falta al sistema- 200.000 millones de dólares para empezar-no han conseguido frenar la inestabilidad del mercado de divisas. Este nuevo desplome del dólar- en mínimos desde 1995 frente al euro, al yen y al franco suizo- acentúa todavía más la creciente debilidad de la economía estadounidense y pone en cuestión la eficacia de las medidas adoptadas por la Reserva Federal. Los poderes de Bernanke cada vez son más limitados en tiempo e intensidad, para animar a los mercados y más aún para tratar de aliviar al dólar. El dolar lo tiene difícil para ganar posiciones, a la vista de al ritmo de los tipos de interés que, en el caso de Estados Unidos, han sufrido en lo que llevamos de año los mayores recortes desde 1982, hasta situarse en el 3%.
Ni las zozobras de los mercados financieros y las presiones galas y germanas, ni las tormentas al otro lado del atlántico mueven las posiciones de Jean-ClaudeTrichet ni desequilibran su trinchera antiinflacionaria. El señor de la inflación se ha autoinvestido ya también como señor del euro. El precio de las commodities barre a su favor en la trinchera anti-inflacionaria. Los precios del petróleo subieron a un récord de 111 dólares el barril. El BCE eleva sus pronósticos de inflación en 2008 entre el 2,6% y el 3,2%, frente al 2%-3% anterior. La crisis financiera originada por los problemas del mercado de hipotecas subprime estadounidense está ralentizando la economía, lo que ha obligado a instituciones como el FMI, la OCDE o la Comisión Europea a revisar a la baja sus estimaciones de crecimiento del PIB para 2008. En febrero, la inflación en la zona del euro se situó en el 3,2%, igual que en enero, el nivel más alto desde que se creó la Unión Monetaria y Económica (UME) europea en 1997. Sus pronósticos de crecimiento para 2008, revisados a la baja la semana pasada, "reflejan una demanda global más débil, una fuerte presión de los precios de las materias primas y unas condiciones de financiación menos favorables" que las previstas en diciembre. Pero no tanto como para que en 2008, tanto la demanda interna como externa apoyarán el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) en el área euro, aunque de forma más moderada que el año pasado.
Es el propio Trichet el que ha demarcado hoy las nuevas fronteras de su reino, pero también las del crecimiento económico que lo acorrala. El Banco Central Europeo (BCE) ha revisado a la baja sus estimaciones de PIB para la eurozona, al situarlas para 2008 entre el 1,3% y el 2,1%, por debajo del 1,5-2,5% anterior, y para 2009 entre el 1,3% y el 2,3%, frente al rango del 1,6-2,6% previo. Además, según UniCredit, los indicadores publicados en febrero, como la inesperada mejora de la confianza empresarial en Alemania, han mostrado que "la coyuntura europea no se hunde", sino que sufre un "enfriamiento controlable".
El signo de la economía no va con Trichet, pero sí los efectos de la política monetaria y en ese terreno, un euro fuerte se une a la batería de argumentos a favor de una bajada de tipos, ya que la revalorización de la divisa abarata las importaciones y amortigua las presiones inflacionistas; y, a su vez, daña la competitividad de las exportaciones, lo que erosiona el crecimiento. Bernanke, con la vista puesta en la crisis financiera, no tiene ojos para la inflación que en Estados Unidos ya supera el 4% anual, la cifra más alta registrada desde 1990. El diferencial entre Estados Unidos, donde los tipos de interés están en el 3%, y Europa, en el 4%, explica en buena medida el repunte que ha experimentado la divisa europea. Así, en el año gana ya un 4,7% y su trayectoria alcista parece imparable. La situación a la que se enfrenta Bernanke no es deseable ni para el peor de sus enemigos. Con una nueva bajada de tipos, con la escalada continua del petróleo y las sucesivas inyecciones de liquidez la inflación en Estados Unidos se le puede ir de las manos. A pesar de todo, el mercado espera que la Reserva Federal baje de nuevo sus tipos de interés y acentúe la brecha entre ambas orillas del Atlántico el 18 de marzo.
Los balones de oxígeno que lanza la Fed terminan por cristalizar en una alquimia desigual cuando se combinan con la persistencia de negros nubarrones en el horizonte. Bernanke, cirujano del miedo, corre el riesgo de asustar a los mercados con medidas de choque, que sólo animan a corto plazo. Y si los vaticinios de Greenspan son ciertos, a la a la vista de que han perdido capacidad de influencia sobre las tasas de interés reales de largo plazo, ni las más audaces recetas de los bancos centrales podrán evitar la recesión estadounidense. El duelo está servido, pero no es del todo real. Hace ya mucho que la vieja Europa asumió que ni Trichet es Bernanke ni los momentos macroeconómicos (dolencias incluidas) y las recetas se parecen. El presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, ha recordado que hay más de un mar que los separa: la economía estadounidense está al borde de la recesión, mientras que el crecimiento de la eurozona es satisfactorio.
En la primera economía del mundo, el desplome del mercado de la vivienda y la crisis de crédito han desembocado en un debilitamiento que ni el propio Bush intenta ya arropar con otros apellidos. La Fed tiene un mandato más generoso que el BCE a la hora de decidir qué pasará con los tipos: el crecimiento económico también importa. El BCE no. Heredera del pánico hiperinflacionista del Bundesbank, su único objetivo es combatir la inflación y Trichet está dispuesto a aferrarse a dos manos a ese mandato. No está dispuesto a rebajar por debajo del 4% que mantiene desde junio a no ser que la desaceleración de las economías del corazón de Europa derive en un descenso de la inflación en la zona euro, algo que los analistas no consideran ni siquiera probable hasta el segundo semestre.
Distintos, pero no ajenos. El ‘decouplig' comienza a hacer aguas. La fuerte relación comercial entre la UE y EEUU, o el impacto de la crisis ‘subprime' en los bancos europeos (como demuestran los recientes casos de Société Générale o WestLB) son innegables. Pero sobre todo, el miedo salta los mares, el euro y el petróleo. La presión sobre el BCE no llega de tierras americanas sólo por identidad, sino por efecto: las decisiones de la Fed han provocado la depreciación del dólar, lo que favorece las exportaciones de las empresas estadounidenses, pero encarece el petróleo y hace menos competitivas a las exportaciones europeas.
Trichet, aferrado a su papel de guardián de la inflación, puede acabar con medallas -si se capea el temporal sin grandes pérdidas y sin haber cedido a las presiones- o ante el pelotón de fusilamiento si la reducción en el ritmo de crecimiento europeo resulta insoportable y fuerza a una bajada de tipos, que llegaría tarde. Los analistas menos optimistas comienzan a avizorar el fantasma de la estanflación a ambos lados del Océano. En tal caso, medidas tomadas para luchar contra uno de los dos males servirían para agravar el otro. Ni Bernanke ni Trichet podrán salvar sus trincheras.