Monitor de Coyuntura
Euroland: juntos... pero no revueltos
Para los europeístas, la Unión Económica y Monetaria Europea (UEM) es como Disneyland para un niño: un sueño hecho realidad. El 1 de enero de 2009 ese sueño cumplirá 10 años. Para conmemorar la efeméride, la Comisión Europea está preparando un informe que analizará detenidamente la trayectoria de la UEM. Entre otras cuestiones, el informe pretende valorar el impacto de la moneda única sobre las economías de la zona euro. El cometido no es sencillo pues, si bien sobre el papel parecen claros cuáles son los costes y beneficios de participar en una unión monetaria, queda por determinar cuál ha sido su alcance real en el caso de la UEM.
Desde el punto de vista teórico, adherirse a una unión monetaria tiene un precio: el sacrificio que le supone al país renunciar a una política monetaria y de tipo de cambio propias. Un país que participa en una unión monetaria poco puede influir en la fijación del tipo de interés, especialmente si se trata de un país pequeño, y tampoco puede recurrir a una depreciación del tipo de cambio para solventar un problema de competitividad. Todo ello puede suponer un coste sustancial para países cuyo ciclo económico nacional está muy en desacorde con el del resto de países miembros o para aquellos con graves problemas de competitividad. Sin embargo, para un país con historial de inflación elevada la medida puede resultar beneficiosa si aporta credibilidad y seriedad a la ejecución de la política monetaria y reduce con ello las expectativas de inflación a largo plazo.
La moneda única también puede aportar otros beneficios. La mayoría provienen de la reducción de costes asociados al uso de múltiples monedas, fundamentalmente costes de transacción y riesgos derivados de la incertidumbre del tipo de cambio. Esa supresión de obstáculos impulsa el comercio y la inversión transnacional dentro de la unión, resultando en una mayor integración comercial y financiera de las economías participantes. Cabe esperar, a su vez, que esa mayor integración no sólo facilite la convergencia de los ciclos económicos nacionales -y con ello la ejecución y la efectividad de la política monetaria única- sino también la competencia y una asignación de recursos más eficiente, abriendo paso a una senda de crecimiento superior.
En la realidad de la UEM, algunos estudios sugieren que desde principios de los años noventa se ha observado, efectivamente, una mayor sincronización de los ciclos económicos de los países miembros, lo cual reduce el coste de participar en la unión monetaria. Sin embargo, otros expertos sostienen que, a pesar de una mayor sincronización, los determinantes de los ciclos económicos nacionales continúan siendo muy distintos con lo cual ni se puede hablar de un ciclo económico europeo ni se puede concluir que los costes de participación sean insignificantes.
En cuanto a precios, la Comisión Europea considera que, en general, la adopción del euro ha ayudado a controlar las presiones inflacionistas. Ello contrasta con la percepción de muchos ciudadanos de que la introducción del euro impuso un coste adicional en términos de inflación en el momento en que se produjo la conversión de la moneda local: según un sondeo de finales de 2006 de la misma Comisión, el 93% de los encuestados opinaban que la introducción del euro generó inflación. Dado que los tipos de cambio de conversión se fijaron con suficiente antelación, era de esperar que la entrada en circulación del euro el 1 de enero de 2002 fuera neutral con relación al nivel de precios y no había, pues, motivo para anticipar un aumento significativo ni de la inflación real ni de la percibida. Sin embargo, aunque tanto estudios del Banco de España como de la Comisión Europea concluyen que el impacto de la entrada en circulación del euro sobre la inflación fue moderado (inferior a 0,3 puntos porcentuales), ese impacto se magnificó a los ojos de los consumidores. Tal y como muestra el siguiente gráfico, los ciudadanos percibieron un aumento de la inflación mayor que el que reflejan las estadísticas.
Aunque se han barajado distintas explicaciones, no está claro qué explica esta divergencia entre inflación observada y percibida. Una primera hipótesis sostiene que muchos ciudadanos continúan valorando precios en términos de su antigua moneda y, en lugar de comparar el precio actual con el del año pasado, pueden estar comparándolo con el del año previo a la conversión, ignorando la inflación acumulada desde entonces. Una segunda explicación alude a la existencia de una expectativa previa de efecto inflacionista del euro que habría provocado un sesgo al alza en la percepción de los consumidores. Una tercera hipótesis -con muchos adeptos- parte de la idea que los consumidores basan su percepción de inflación en los precios de bienes que compran más habitualmente como comida, combustible o servicios personales y del hecho que, por distintas razones no necesariamente relacionadas con el euro, los precios de dichos productos aumentaron más que la media en torno a la fecha de conversión al euro. Además, la forma de pago también influye en la percepción de inflación pues tendemos a asignar un peso mayor a aquellos productos que suelen pagarse en efectivo -como un café o el periódico, que también forman parte del conjunto de productos de consumo más frecuente- que a los que se pagan mediante domiciliación bancaria. Con todo, tal y como muestra el gráfico anterior, el desajuste entre la inflación percibida y la real sólo duró dos años.
En términos de beneficios y por lo que a integración comercial se refiere, la desaparición del riesgo de tipo de cambio nominal y los menores costes de transacción dentro de la UEM se han traducido, ciertamente, en un mayor volumen de comercio (véase gráfico siguiente). Entre 1998 y 2006 la ratio de exportaciones sobre el PIB dentro de la zona euro aumentó 3 puntos porcentuales, superando el 16%, mientras que las exportaciones de servicios aumentaron cerca de 1 punto porcentual hasta aproximarse al -todavía modesto- 3,5% del PIB. Además, todo apunta a que ese mayor volumen de comercio no se ha producido a expensas de intercambios con terceros países.
A pesar de todo, el volumen de comercio dentro de la zona euro ha aumentado mucho menos de lo que auguraban algunos expertos como Andrew K. Rose, catedrático de la Universidad de Berkeley. Según sus primeras predicciones, participar en una unión monetaria triplicaría el volumen de comercio entre los países miembros. Aunque en estudios posteriores Rose rebajó esa cifra, el economista Richard Baldwin, del Graduate Institute of Internacional Studies de Ginebra, ha estimado que el aumento de comercio atribuible a la adopción del euro ha sido sólo de aproximadamente un 9%.
Por el lado financiero, una serie de indicadores del Banco Central Europeo sugieren que el grado de integración dentro de la UEM ha ido avanzando aunque el progreso no ha sido homogéneo en todos los mercados. Por ejemplo, mientras el mercado interbancario de dinero está plenamente integrado desde el principio o el mercado de deuda pública ha ido convergiendo gradualmente, otros mercados como el hipotecario o el de acciones parecen menos integrados, aun mostrando indicios de convergencia. La banca minorista, que continúa muy segmentada, se erige en la gran asignatura pendiente, aunque se trata de un mercado que, por su propia naturaleza, a menudo es de dimensión regional o nacional.
En definitiva, a pesar de que el euro ha contribuido a una mayor integración, todavía existen barreras a un verdadero mercado único dentro de la UEM, con lo cual muchos de los beneficios que se atribuyen a la moneda única están aún por llegar. Es por ello deseable el avance en terrenos pendientes, que frecuentemente tienen un componente no económico. Las barreras de carácter cultural o institucional exigen otro tipo de reformas y, probablemente, más tiempo y voluntad por parte de todos. En cualquier caso, eso ya no es tarea del euro.