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Publicado el miércoles 5 de marzo de 2008
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Las ‘amistades peligrosas’ de Barclays

Si la crisis y la nacionalización del Northern Rock han sacado los colores a la City, el descenso en los beneficios de Barclays, Lloyds TSB y Alliance & Leicester, así como el descalabro de los activos de Standard Chartered y el agujero de las ‘subprime’ en RBS daban la alarma de que la banca de la patria de Adam Smith está poseída por una fiebre de inseguridad crónica y contagiosa. Una inseguridad que, vestida de fantasma de financiación terrorista, amenaza ahora con minar nada menos que la confianza en sus aliados trasatlánticos por parte de las autoridades estadounidenses, que investigan las conexiones del tercer banco inglés con Corea del Norte, Cuba, Siria, Sudán o el mismísimo Irán de Ahmadinejad y las operaciones de división neoyorkina del Barclays con gobiernos, personas o empresas de esa “lista negra” estadounidense.

Si se confirma, las amistades peligrosas le saldrán caras a Barclays, pagará- en el mejor de los casos- en credibilidad y en multas con las que engrosar una figura que no es ya, precisamente, de las más gallardas: la semana pasada tuvo que reconocer unas pérdidas derivadas de la exposición a hipotecas basura de 1.600 millones de libras (2.120 millones de euros) y ha reducido un 2% beneficio en 2007, afectado por crisis en segundo semestre. No es el primero de los británicos ni será el último que, aprovechando su trayectoria y su dimensión, hace trinchera en la excepción que les permite hacer transacciones en dólares en operaciones emitidas en las tierras de George Bush y se arriesga con los lazos extralegales en las tierras de Castro o Kim Jong Il. Tampoco en pagar los peajes de los safaris en tierras prohibidas.

Adiós al glamour y la solvencia de la City. Grietas en casa y de cara a la galería. Su capacidad de blindaje y previsión eran hasta ahora tan paradigmáticas a los ojos del mercado norteamericano, que, tras la crisis ‘subprime', algunos grandes bancos stadounidenses, como Citigroup, Merril Lynch, JPMorgan y Lehman Brothers, decidieron dar más poder a sus ejecutivos con base en Londres, encomendándoles funciones globales. Espejismos que ahora se han desvanecido.

Mientras el Departamento de Justicia y la Fiscalía de distrito de Nueva York deciden si el tercer banco británico es digno de engrosar el club de "los amigos de sus enemigos", la sospecha ha empañado ya el anuncio de compra del banco ruso Expobank- poseedor de una de las mayores redes de cajeros del país- por un total de 745 millones de dólares, un ariete con el que el tercer banco británico pretende proseguir su expansión por las economías emergentes. Pero no es precisamente el de la imagen y la reputación el único precio que su paseo por los "estados malditos" para los Estados Unidos va a acarrearle. Barclays sabe que las  amistades peligrosas le pueden salir "muy caras", hasta tal punto que la `propia institución lo recoge, negro sobre blanco, en su informe de presentación de resultados del 19 de febrero. No es el único de los británicos en asumir esas facturas: RBS ha heredado las miserias de ABN Amro, que tuvo que pagar en 2005 una multa de 80 millones de dólares y en la actualidad está en negociaciones que podrían desembocar en un acuerdo- previo pago de unos 500 millones de dólares- por un asunto similar. Y el HSBC, el mayor banco de Europa, acaba de reconocer que tiene una pequeña oficina en Teherán (Irán) y que, si ésta viola las leyes estadounidenses, le supondría "serias consecuencias legales y para su reputación".

Los bancos ya estaban antes de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 a la defensiva respecto a sus actividades locales, pero ahora están reforzando sus escudos para evitar la subversión de los mecanismos financieros y las relaciones bancarias legítimas. Un refuerzo impulsado en parte por una controvertida ley antiterrorista que EEUU aprobó tras los atentados y que establece regulaciones rigurosas para el negocio financiero que afecta directa e indirectamente a todos los países y a sus sistemas financieros. Durante los últimos años, los bancos estadounidenses han tenido que adaptarse a esta ley, que ahora está siendo impuesta también a las entidades extranjeras que operan en el país.

Las denuncias norteamericanas no hacen más que llover sobre mojado, para pesar de Brown y de toda Europa, que desde hace semanas está poniendo en tela de juicio la credibilidad de un sistema financiero tan desregulado como el británico y su estatus como modelo para la industria de servicios financieros. En plena temporada de presentación de resultados, la Citi londinense no gana para escándalos. A la espera de que se desvanezca o se haga realidad el rumor de un Northern Rock II -un banco de compensación del Reino Unido que podría tener problemas de liquidez- las grandes entidades financieras británicas hacen lo que pueden para evitar seguir la senda del Northern Rock original. Saben que, si tocan fondo, no tendrán la misma suerte que el banco, cuyas facturas pagan ya Downing Street y los contribuyentes por la senda de la nacionalización, pero la lista de instituciones financieras víctimas de la crisis suma cada día nuevas incorporaciones en la patria de Adam Smith, para descrédito de la City, vergüenza de Brown y del regulador y bochorno de los medios británicos, empeñados hasta ahora en sacar, sin fundamento, los colores a los sectores bancarios vecinos. Pero la credibilidad del sistema británico y su estatus como modelo para la industria de servicios financieros están en entredicho.

Y, si Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido no yerra en sus vaticinios, los bancos y las cajas de ahorro británicas enfrentan en la actualidad las condiciones más difíciles desde principios de la década de 1990 y están en zona de seísmos. De los financieros y de los otros. Por ahora, para hacer frente a los caseros, el ministro británico de Finanzas, Alastair Darling, ha adelantado algunas pistas como mecanismos de evaluación de riesgos de las empresas financieras más transparentes sobre su exposición a los productos complejos, vigilancia de los reguladores sobre la solvencia, pero también de la liquidez de los bancos, o más precisión de los deberes de las agencias de calificación de deuda. Por ahora, sus iniciativas, más bien etéreas, hablan de claridad de las instituciones y mercados financieros. Poco más. Los ministros de Economía y Finanzas de la UE ya adoptaron un calendario de actuaciones para hacer frente a las turbulencias en su reunión de septiembre en Oporto. Y el Foro de Estabilidad Financiera de la OCDE, donde se sientan los cuatro países del G8 en la UE también está trabajando ya en la materia. A la fuerza ahorcan.