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Publicado el jueves 10 de abril de 2008
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Monitor de Latinoamérica

A Lula se le sube el petróleo a la cabeza

- A Chávez se le pone duro el cemento

Inacio Lula da Silva, presidente de BrasilEstá ebrio de crudo. Rehén de sus ambiciones hemisféricas, quiere más. Le basta mirar al caramelo de sus recién descubiertas reservas de Tupí y las de Santos, los mismos que prometen duplicar las reservas del país, para jurar que Dios es brasileño. Le saca brillo a las pretensiones de Petrobrás y derrocha gestos imperiales, pero Lula baila la samba de sus aspiraciones con los pies en el barro de las miserias energéticas regionales y la cabeza en las nubes de sus sueños de gloria petrolera. Ni su deidad de oto negro ni los sueños del gigante estatal consiguen aminorar el efecto de las debilidades energéticas, las propias y las de sus vecinos. Rey de la hegemonía regional, Lula cede a la tentación que ha arrastrado ya a Cristina, a la ambición que ha emponzoñado el sector energético en tierras de Chávez y de sus discípulos bolivarianos: la de exprimir la gallina de los huevos de oro de las exportaciones petroleras, aún a riesgo de asfixiarla. Si nada lo remedia, antes del verano, el ejecutivo carioca habrá reformado la Ley del Petróleo para incrementar la recaudación pública por la exportación de crudo desde el 50% actual hasta un 70%. La necesidad, vestida de déficit, obliga, mal que les pese al sector exterior y a las multinacionales. Repsol- que es ya la segunda petrolera del país- y las otras trasnacionales pueden quedar atrapadas en el triángulo regional de las Bermudas energéticas: Cristina aprieta con los impuestos a la exportación y las tarifas en el congelador. Evo insiste en ejecutar los sones de su nacionalización fallida, Correa no gana para amenazas a las petroleras internacionales. Y ahora, Lula da Silva, el último refugio a salvo de arremetidas bolivarianas en la región, amenaza con ponerse también estupendo.

Brasil, embriagado por el cuento de la lechera de los nuevos hallazgos y ávido de ingresos, juega con sus galones: es uno de los veinte mayores exportadores de crudo del mundo y no quiere perder el tren del boom de las 'commodities' en los mercados internacionales. El ministro de Minas, ebrio por los precios de las últimas subastas de bloques petroleros en Brasil, es el primero en reconocerlo: "la vaca del crudo debe dar más leche". Aunque se convierta en el trago más amargo para su propio sector exterior. Suficientemente lejos de los EE UU y en el epicentro de la euforia de los mercados bursátiles de la región, la mayor economía de la región espera crecer un 4,3% y sostener las buenas perspectivas para sus multinacionales en el mercado, pero la enorme diferencia entre la tasa de interés nacional (11,25%) y otros tipos internacionales- sobre todo el estadounidense, después del último tratamiento de choque de Bernanke - se ha convertido en una maldición para Lula, su sector exportador y su déficit por cuenta corriente, abocado a los rojos por primera vez desde 2002. Lula acude con la bombona de oxígeno a sus empresas exportadoras: el plan para reducir los impuestos a sus actividades está listo desde 2007. Pero el petróleo es otra cosa.

A Lula, los desmanes de Chávez se lo han puesto fácil en el desfile de sus glorias petroleras. Pero con los vecinos no gana para dolores de cabeza: Evo Morales, las limitaciones de su suministro, a pesar de que Petrobrás no deja de invertir en tierras bolivianas. Ecuador, con la fusta de las amenazas y las denuncias. Venezuela, con las limitaciones de los recursos para hacer frente a sus asociaciones. Y las propias líneas rojas de Petrobrás hacen el resto. La "Dádiva de Dios", -como ha llamado el presidente brasileño al descubrimiento de Tupí y Santos-, puede ser un regalo del demonio. Mientras llega, el desabastecimiento, las importaciones y la dependencia de Bolivia mandan. Brasil pasó el último tórrido verano sin gas ahora, de nuevo, vuelve a verle las ‘orejas al lobo', preocupado porque el cuento de la lechera requiere muchos elementos para hacerse realidad. Petrobrás se frota las manos pensando que la compañía se transformará en la tercera empresa del mundo por detrás de Exxon Mobil (EEUU) y British Petroleum. Y podrá mirar por encima del hombro a PDVSA. Lula, el ‘rey del etanol', hace lo propio, calculando que su país podría estar en un lugar más próximo a Nigeria y Venezuela y tendrá en su mano una nueva baza para reorganizar el mapa regional de la energía. Podrá mutar el Mercosur a medida que Brasil pase de autosuficiente a superavitario en materia energética y licuar los sueños de liderazgo energético del presidente venezolano. Lula confiesa que sueña ya con que su país entre en la OPEP, aunque sea con el peculiar objetivo de "reducir los precios del petróleo".

El valor del mercado del buque insignia carioca- que opera en los parqués de Sao Paulo y Nueva York- subió un 87% en menos de un año, pero sus beneficios cayeron un 17% en 2007, lastrados por la revalorización del real, por el aumento de los costos de importación del crudo y los derivados y por el ajuste al plan de pensiones del gigante brasileño. La petrolera de bandera del país carioca no puede dejar de reconocer que en su descenso de beneficios tienen mucho que ver los problemas operativos en las plataformas marinas y un incremento menor al esperado en la producción de crudo y gas. Las mieles del posible futuro le impiden ver con claridad los nubarrones del presente. Y el ‘caramelo' de los nuevos pozos puede ser demasiado grande para un gigante que tiene algunas grietas en sus pies de barro. El "tesoro" petrolero no deja de ser un Everest invertido bajo el mar. Petrobras deberá navegar aguas desconocidas en cuanto a desafíos técnicos y de costos. La estatal se regodea conjugando la palabra "potencia mundial" y "gigante exportador de petróleo", pero las cifras actuales son un duro aterrizaje para esos sueños de grandeza. Hasta ahora, importó un promedio de 412.000 barriles de petróleo diarios, excediendo las exportaciones de apenas 392.000 barriles diarios. Sólo si se añaden los derivados del crudo a lo vendido en el exterior se modifica el balance en favor de la compañía en las exportaciones. Brasil se ve nadando en petróleo, ahora tiene que extraerlo.

Amparado por la envergadura de la mayor economía al sur del Río Grande y enfrascado en la carrera para hacerse con la hegemonía regional a dos bandas- la comercial y la militar-, el mandatario le saca brillo a la petrolera, prepara sus armas para despejar las veredas del gigante energético brasileño y trata de pescar en el ajedrez de las miserias latinoamericanas. La ambición obliga, con Petrobrás como anzuelo y el botín petrolero como motor. Hace apenas un lustro, cuando Chávez comenzó a hacer ondear ante sus vecinos el poderío de su bandera petrolera y el supuesto músculo de su reino con pretensiones de autarquía petrolera, desde Caracas a Brasilia se daba por descontado que América del Sur es una región privilegiada que puede autoabastecerse energéticamente, con Bolivia y Venezuela como los grandes productores y Brasil y Argentina como grandes consumidores. Hoy el paradigma se ha evaporado: ni siquiera pueden abastecerse a sí mismas, la boliviana YPFB tiene problemas y Pdvsa está lastrada por la deuda, los problemas de producción y las ambiciones de Chávez, empeñado en convertirla en su compañía-comodín. Así las cosas, la integración regional sólo será posible con una nueva integración energética. Lula lo sabe y quiere hacerse con la bandera de esa integración. Y con el botín del oro negro. Petrobrás es la niña bonita de esa promiscuidad geoestratégica, dispuesta a ser la reina de una fiesta energética en el que sus vecinos están condenados a bailar con la más fea y están listos para arrastrar a Lula en su condena.

El Palacio de Planalto aspira a hacer de la compañía el motor de su revolución energética, de su guerra del etanol y hasta de su revolución de las plataformas y las embarcaciones petroleras. En pleno torbellino por la reforma de PEMEX, Lula no ha tenido complejos en proponerle a Calderón la creación de una tercera empresa mediante la alianza de las dos estatales, que opere fuera del país, para mayor gloria de sus ambiciones regionales y de la producción del gigante mexicano, convertido en hidalgo añejo lastrado por la bandera ajada del patriotismo charro. Lula pasea por el mundo la misma convicción que lleva a su presidente, Sergio Gabrielli, a prometer que en menos de cuatro años el gigante brasileño será una de las mayores petroleras del planeta. Pero no esconde que, tras la trayectoria de la estatal, palpitan además los intereses de la enseña nacional. La cota de sus ambiciones ya no es sólo regional: promete inversiones internacionales por valor de 15.000 millones de dólares, que ha estrenado con la refinería de Nansei Sekiyu, la que le permitirá proveer al mercado nipón, Filipinas, Singapur, Taiwán y China, e impulsar las ventas de etanol en Asia.

Con Petrobras como ariete, con el músculo económico y comercial brasileño en plena forma, ha dado un paso atrás y mima su nuevo rol, el de mediador que no se casa con nadie, pero es capaz de coquetear con la misma intensidad con Washington, con Caracas y con Buenos Aires. Lula está decidido a desembarcar con toda su caballería petrolera en la tierra del tango, para sacar de ella un mercado energético, un destino para su comercio y, sobre todo un aliado para sus ambiciones regionales. CFK se deja querer, con muchos deseos de hacer de la necesidad virtud y cocinar un nuevo eje Buenos Aires- Brasilia. Comparten la urgencia de que no haya cortes de luz y energía como en la tierra del tango, ni restricciones de gas como las del país carioca en los últimos meses. Y un entorno energético hostil. Morales- a la vista de la imposibilidad de YPFB para cumplir sus compromisos gasísticos, ha venido a dejarle en bandeja al brasileño queda también la llave del alivio energético- por la vía eléctrica- de Argentina. De los 15.000 millones de dólares que Petrobrás piensa invertir hasta 2012, ha comprometido 2.800 millones para la tierra de los Kirchner, el segundo mayor desembolso después del de  EE UU. Ya han reactivado el proyecto binacional para la central hidroeléctrica de Garabí, cuya construcción, prevista para 2008 costará 1.800 millones. Y anuncian que se embarcarán juntos por la senda de la energía nuclear. Pero Petrobrás, obligada a jugar en el campo de las limitaciones energéticas argentinas, tendrá que sudar para cumplir sus promesas a CFK: aumentar un 10% su suministro de gasoil para satisfacer el abastecimiento del mercado interno. Y hacerlo con una mano a la espalda, amarrada por las restricciones de los Kirchner a las petroleras multinacionales.

De Bolivia procede más de la mitad del gas natural consumido por Brasil y sus debilidades son contagiosas. La petrolera brasileña necesita aumentar el gas suministrado a las termoeléctricas para y, si las condiciones no cambian, su origen no serán los campos bolivianos. Su dependencia de Bolivia no ha hecho más que acentuar sus problemas de autonomía. Petrobrás había tenido que reducir 17% el suministro de gas a Río de Janeiro y San Pablo y priorizar el abastecimiento del combustible a las centrales térmicas para compensar la menor generación de sus centrales hidroeléctricas del sudeste y cumplir los compromisos que asumió en mayo pasado con la Agencia Nacional de Energía Eléctrica. La compañía tuvo que admitir que le resulta dificultoso hacer frente a la expansión del consumo brasilero, que se abastece en gran parte del gas proveniente de Bolivia. La esperanza del gas boliviano es cada vez más problemática. Brasil consume todo lo disponible y para que se amplíen las reservas debería caer sobre Bolivia una catarata de inversiones, algo que Evo Morales no estimula.

Lula y Chávez se dejan ‘tocar' las joyas de la corona mediante la constitución de dos empresas mixtas entre la brasileña Petrobras y Pdvsa para la explotación de crudo en la Faja del Orinoco, pero las suyas son dos economías opuestas y antagónicas, sin el compromiso de una alianza estratégica. El Gasoducto del Sur del que Chávez quiere hacer la columna vertebral de su revolución de exportación está en el congelador. Como confiesa Chávez, Brasil paga el precio de ser una potencia comercial y la mayor economía de la región; Venezuela, el de ser la primera potencia petrolera del área. Lula lo sabe y se revuelve contra cualquier atisbo de dependencia energética de Venezuela o sus socios bolivarianos, en los que tiene a los más férreos enemigos de su "revolución del etanol". El brasileño es el primero en comprobar que, por mucho que Chávez lo arrope, el ajuar de Pdvsa y los presentes del bolivariano están más que roídos. El idilio energético, el que Pdvsa y Petrobrás están llamados a oficiar, nada aún en la nebulosa de las buenas intenciones.

Finalmente, la participación de Petrobrás en el campo venezolano de Carabobo será en el mejor de los casos, de sólo un 10%. Aún no se han determinado los detalles del proceso de producción y distribución de combustible de la refinería José Abreu e Lima, en Recife, esa misma que Chávez presenta como la joya de su dote a los ojos de su padrino brasileño. Pero desde su génesis, desde que hace tres años Pdvsa y Petrobrás comenzaron a cocinar el acuerdo, ese 40% con el que Caracas debe participar en los 4.050 millones de dólares de coste total está más que enmarañado. De hecho, Brasilia no seguirá esperado más a que a Caracas le salgan las cuentas, lastradas por los problemas de Pdvsa. La brasileña ha comenzado ya la construcción de unas instalaciones que se nutrirán de la mitad del petróleo venezolano, lo que permitirá equilibrar la maltrecha balanza comercial. Ni Caracas ni La Paz dejan de mostrarle al brasileño las líneas rojas de sus ambiciones hemisféricas. La cara más amarga de sus oportunidades. Las otras, las propias de la niña bonita del petróleo brasileño, ya se encargará Lula de seguir escondiéndolas bajo la mesa. Caprichos de "Dioses".

A Chávez se le pone duro el cemento

Manotea. Mata moscas a cañonazos. Su caja de las sorpresas para las multinacionales que siguen en la región continúa echando humo. Y, urgido a ponerle puertas al campo del desabastecimiento y la inflación, alimenta la exaltación de sus huestes ahora que las elecciones regionales y municipales se acercan y peligra su hegemonía. No dejará ni un sector que considere estratégico sin que la zarpa del estado lo penetre. Chávez ha vuelto a destapar la caja de Pandora y deja salir al fantasma de las nacionalizaciones. El Gobierno ha sido duro en el medio rural y ha expropiado grandes y medianas haciendas. Más de 200 empresas han pasado a "mejor vida" en sus manos. Adquirió en 2007 la Electricidad de Caracas y la compañía de telefonía y este año compró una procesadora de lácteos.  En pie de guerra, dispara y no mide sus balas, menos aún sus amenazas. Ahora, contra las cementeras, a las que nacionalizará si se salen de las coordenadas con las que trata de castrar al mercado. Por si las dudas, su receta para superar el problema del sobreprecio deja poco espacio a la imaginación: "quien quiera cemento tendrá que ir a pedírselo de rodillas", promete. Su estrategia, la misma de siempre, ésa que ha hecho escuela entre el trío de los bolivarianos: golpea primero, amenaza, que algo queda. Y después negocia, a correazos, al contraataque y con el adversario a la defensiva. primero dispara y luego negocia.

Todo con tal de dibujar un juego con nuevas reglas y en una cancha rediseñada a su medida. Lo intentó, al calor del caso Exxon tratando de imponer un "impuesto a la ganancia súbita" a las multinacionales. Y devolvió a la vida el espantajo de la estatalización con las industrias alimenticias y la siderúrgica Sidor, la mayor de las regiones andina y caribeña y perteneciente al grupo ítalo-argentino Techint. Ahora,  a golpe de arremetidas, ha puesto contra las cuerdas a la primera empresa mexicana, Cemex, la cementera más grande del mundo, que controla casi la mitad del mercado en Venezuela y a la que el gobierno aboca ahora a entregar el 60% de sus instalaciones y sus acciones. 

En capilla, la gala Lafarge y la suiza Holcim Ltd. La partitura está clara; el intérprete también: será nada menos que la "niña bonita" del petroreino chavista, Pdvsa, que lastrada ya por los problemas de producción, exportación y gestión y las deudas propias, no gana para encargos del bolivariano. En sus manos y las de Ramírez, si nadie lo remedia, quedarán las riendas de Cemex y las que vengan después. No por completo. Chávez, consciente de sus limitaciones, no quiere quedarse con el 100% de las compañías. Esta vez el "atraco" viene con rescate. El Estado, a través de Pdvsa, pagará algo - al precio que Ramírez fije, lejano de los 20.000 millones de dólares que el conjunto de las nacionalizaciones habrían requerido, según los bancos de inversión internacionales- y prevé la figura de empresas mixtas. Una trampa en la que, si no abandonan las tierras bolivarianas, puede quedar atrapada más de una cementera internacional, condenadas a ejecutar los planes de Chávez, a pagar sus facturas en carne propia y cargar con el peso de la responsabilidad de un mercado que se escurre entre los dedos del mandatario venezolano.