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Publicado el jueves 17 de abril de 2008
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Monitor de Latinoamérica

PEMEX, atrapado en la crisálida de su metamorfosis

-Chávez teje su emboscada fiscal para las petroleras

Instalaciones de PemexLa mesa está servida en el Senado mexicano, pero el banquete puede pasarse. Es ahora o nunca. Los signos vitales del buque insignia de la energía mexicana hace meses que desfallecen. El “bautizo” aguarda, con la ceremonia y los padrinos a punto. La prometida gran ‘fiesta’ del Gobierno de Calderón, la reforma energética y la metamorfosis de PEMEX está cocinada por el Ejecutivo y lista para ser saboreada con la connivencia del PRI. Es toda una receta de la metamorfosis para el gigante, condenado hasta ahora a ser la viva estampa de la hidalguía añeja y venida a menos, a caminar por el alambre para mantener sus apariencias, lastrado por su pasivo laboral y por el peso del 40% del monstruoso aparato fiscal mexicano. Rey del realismo, a la vista de que el debate nacional opaca y engulle la posibilidad de cualquier reforma energética de fondo en México, el Palacio de los Pinos, junto al PAN, han optado por la receta menos agresiva para la puesta de largo, la que evade una reforma energética de fondo: menos carga fiscal, más autonomía de gestión y, sobre todo, puertas abiertas a los contratos de inversión, al capital privado, que permitan al “hidalgo añejo” sacar brillo a sus maltrechas arcas, volver a lucir sus títulos de “nobleza” energética con ayuda de otros y depender menos de las dádivas petroleras ajenas. Una cuadratura del círculo que a corto plazo no solucionará la dependencia exterior del crudo que oprime a México, pero permitirá a Pemex tomar aire puro para fortalecerse sin pasar por el sarampión de la privatización ni la reforma constitucional. Con Repsol en cabeza -animado por el descubrimiento de la cuenca de Santos y con una tradición de contratos conjuntos con México- y Petrobrás arañando posiciones a golpe de ambición hemisférica lulista, las multinacionales petroleras aguardan ya su nuevo papel, llamadas a comer en el pastel energético de la celebración de Pemex. México afina sus armas de seducción para que las multinacionales les alquilen su músculo y experiencia, aun sin una oferta concreta de ganancias, pero el canto de sirenas confunde aún a las petroleras, que tienen a la vista la experiencia agridulce de los contratos de servicios de los campos de gas y el hecho de que obtendrían a cambio sólo una cuota base, pero sin ninguna participación en las reservas que encuentren.

Eso será si las huestes del PRD y los arrebatos de López Obrador  -siempre henchido de deseos sacarse una rebelión de la manga y a capitanear un Movimiento Nacional para la Defensa del Petróleo para dar la guerra a PEMEX y a todo el que ose hablar de inversiones privadas-, no envenenan la receta de la metamorfosis de la petrolera mexicana y la convierten en un plato amargo imposible de digerir en el Congreso. Siempre que el círculo vicioso del juego político, la cerrazón perredeísta y sus esfuerzos por seguir haciendo de Pemex una bandera del patriotismo no la condenan a perpetuar ese anquilosamiento en los prejuicios de su hidalguía charra. El nuevo bautismo de PEMEX puede ir para largo. Tendrá que esperar, al menos hasta septiembre para salir de la crisálida. Incluso si la ley fuera aprobada en el Congreso, es posible que grupos de oposición interpongan medidas legales ante la Corte Suprema, un proceso que podría tomar un año o más.

La fórmula de la reinvención aguarda, negro sobre blanco, para la mayor empresa mexicana, nacionalizada hace 70 años, pero convertida ahora en un paquidermo que enferma al mismo país al que alimenta. La suya es la historia de un renacer a sangre y fuego que cuenta ahora con el visto bueno de la propia empresa, del FMI y de un 55% de los mexicanos, que prometen apuntarse a sus "bonos ciudadanos". Pero ni la empresa ni el ejecutivo tendrán más remedio que acatar la votación de un Parlamento donde ni los miedos ni los prejuicios son huérfanos y hay más de una propuesta para simplemente empeñar más joyas de la familia y destinar a PEMEX más recursos del presupuesto general, la misma vía que a nutrido el círculo vicioso de sus lastres. Entre la realidad petrolera y los deseos energéticos, el ejecutivo azteca sabe que no le queda mucho tiempo para abrir este baile.

Será ahora o nunca si quiere salvar a PEMEX de la esquizofrenia petrolera mexicana: la buena noticia es que hay petróleo; la mala es que la mayoría está a más de 9.000 metros de profundidad. Petróleos de México produce 3,2 millones de barriles diarios pero que en los últimos tres años ha pasado del sexto al undécimo lugar en el mundo por el gradual descenso de su producción y de no encontrar petróleo ahora, podría dejar de ser un exportador en los próximos cinco o siete años. A pesar de su probada rentabilidad, la escasa o nula inversión y la elevada carga fiscal lastran los pasos de la novena compañía de crudo y gas del mundo.

Ya hace más de seis meses que la Confederación de Cámaras Industriales le ha puesto fecha a las fronteras de la hidalguía energética mexicana: sin reforma energética, ni inversiones en exploración, perforación y extracción de hidrocarburos, a las reservas mexicanas no les quedan más de nueve años antes de la extinción. Las reservas probadas de petróleo de México, que ocupaba el 17 lugar mundial en este rubro, bajaron en 2007 un 5,1% y se situaron en 14.717,2 millones de barriles de crudo, los cuales permitirán mantener la producción durante 9,2 años, según la compañía. El año pasado, la producción de crudo fue de 3.082.000 barriles diarios, 5,3% menos que en 2006, cuando México figuraba en sexto lugar a nivel mundial y la monopolística Pemex tercera en comparación con otras empresas. Y las exportaciones se han reducido de 1,67 millones de barriles al día (un 87% al continente americano) a un techo de 1,5 millones.

El círculo vicioso de la ineficiencia ajena teje a su alrededor un blindaje impermeable, ajeno a su responsabilidad: PEMEX está obligada a entregar el 92% de sus ingresos a nutrir las arcas del Estado, pero el 55% de su producción de crudo está en fase de declinación y sus "joyas" petroleras se han devaluado. Cantarell, el principal yacimiento del país, se encuentra en fase de declinación al 12% anual y se requiere invertir 18.000 millones de dólares anuales. Como él, los enormes yacimientos mexicanos por explotar son tan inasequibles a las arcas de Pemex como a los inversores privados, a los que la Constitución les prohíbe las concesiones petroleras. La anquilosada infraestructura provoca continuos accidentes  y derrames (en octubre 19 trabajadores morían).

Experta en avizorar el fantasma de la privatización y el entreguismo en todos los rincones del sector energético- como ya hiciera con el sector eléctrico- y urgida de humo que opaque su guerra intestina- la oposición de Amlo sigue aferrada a la bandera apolillada del estatalismo. Desenfundadas sus espadas, las bate con igual énfasis y tan poca puntería hacia el gobierno mexicano, que hacia las filas de Repsol, o hacia la propia empresa de cuya defensa presume, pero que no ha dudado en boicotear desde 2007. Ahora, amparado en el Frente Amplio Progresista, López Obrador confunde el fortalecimiento con la "privatización encubierta". No será necesario tocar el sacrosanto artículo 27 de la Carta Magna, hijo de la reforma de Cárdenas en 1938, que consagra la propiedad pública de los hidrocarburos. La iniciativa de reforma a la Ley Orgánica de PEMEX establece una nueva estructura para darle al gigante energético mayor autonomía de gestión y contratación, a fin de tener acceso a tecnología de punta y multiplicar su capacidad, dotarle de mayor control sobre su destino, mayor flexibilidad para explorar nuevas fronteras productivas y la facultad para colocar bonos ciudadanos hasta por 2.305 millones de dólares.

La propuesta también propone agregar cuatro directores independientes a su grupo de dirección de 11 miembros no políticos, sino expertos, dándole mayor autonomía presupuestal, pero estará obligada a transparentar su administración y rendir cuentas. Los cambios permitirían que Pemex mantenga una mayor porción de sus ganancias, por las que paga el 50 por ciento de impuestos actualmente. El sistema impositivo para Pemex iría ajustándose gradualmente para introducir diferentes tasas según diferentes actividades en las áreas de petróleo y gas. Pero sobre todo, si es aprobada, la reforma establecería un nuevo tipo de contratos de servicios para exploración, refinación y almacenamiento para el monopolio petrolero estatal basados en incentivos, mediante los cuales se recompensaría a empresas contratadas, por eficiencia o trabajo bien realizado, con un pago adicional. Empresarios privados podrán construir, operar y ser propietarios de ductos, así como contratar a terceros para la refinación. El pago será en efectivo. El petróleo seguirá siendo mexicano, sólo se compartirán la explotación y las ganancias, no la producción de crudo ni nuevos yacimientos.

Para PEMEX, que ya intercambia tecnología y tiene acuerdos de cooperación con alguna petrolera multinacional, ni la ayuda del capital privado ni las coaliciones con otras grandes petroleras están de más para una compañía que necesita incrementar un 15% la perforación en pozos, un 35% el personal técnico y un 63% el equipo para la extracción. La producción del petróleo a escala mundial creció 24% en la última década, gracias al mayor número de acuerdos de coproducción entre empresas públicas y privadas. La IED ha permitido a países como Nigeria y Angola duplicar su producción en 10 años, al igual que China o Malasia, que registra una participación extranjera de 43%. Pero la ineficiencia de Petróleos de México, el agotamiento de algunos de sus yacimientos más conocidos y el retraso en el dominio de tecnologías pata la explotación en aguas profundas (el Golfo de México es su mayor baza) han relegado a México, otrora uno de los pesos pesados de la región en gas y petróleo, por la senda de la importación de energía en tiempos de precios record en el mercado internacional, lo han condenado a ve cómo Brasil o Venezuela lo adelantan por la derecha.

Más fuerte, con más recursos y, sobre todo más mexicana. Más aire para el pendón charro del gigante energético, que ondea ajado. La fórmula pergeñada en el Palacio de los Pinos trata de colmar las ínfulas nacionalistas, el aura de abanderado del sector que acompaña a Petróleos de México, aunque recurre a un atajo: la nueva empresa emitirá bonos ciudadanos- una especie de títulos de crédito- a 100 pesos (unos seis euros) que sólo podrán ser adquiridos por los mexicanos- particulares o fondos de pensión-. No darán a sus compradores derechos de propiedad o acciones sobre Petróleos de México, sólo un porcentaje sobre beneficios, pero permitirá acallar el 3% de la deuda que tiene la compañía estatal.

Es el propio Calderón el que reconoce que la reforma no será ninguna solución mágica, del mismo modo que tampoco las reformas fiscales de su gobierno lo han sido. Pueden aliviar los sudores de las arcas públicas y reducir la carga impositiva de la petrolera nacional (podrá por fin invertir algo más en investigación y prospección), pero sus efectos globales son limitados, cuando no contraproducentes: sólo alcanzará un alza de dos puntos porcentuales en la carga fiscal, tardará al menos hasta 2012 en generar los efectos deseados y, en el mejor de los casos, eleva del 8 al 9% del PIB la carga fiscal por impuestos directos, una de las más bajas del mundo. Y, si lo hace, será con permiso de la crisis hipotecaria estadounidense y su calado en la economía real. En ese contexto, todas las expectativas de Los Pinos residen en el bautismo de PEMEX.

De aprobarse ahora la reforma de la petrolera, México podrá construir dos nuevas refinerías, de unos 7.000 millones de dólares cada una en los próximos siete años y reducir la importación de gasolina de un 40% de la que consume a un 20% para 2016, ya que de no ejecutarse esos proyectos la compra del combustible, la compra de combustible en el exterior, que ya lastra las cuentas de Pemez, crecería un 50% en 2015. Sin embargo, el bautismo de PEMEX será sólo el principio de la metamorfosis del paquidermo enfermo: es el mismísimo Reyes Heroles el que le pone puertas al campo de las expectativas petroleras mexicanas. Calderón no se ha atrevido a zambullirse en una reforma energética de fondo. La metamorfosis de PEMEX- una tirita frente a un cáncer vampirizador de fondo que ha desarrollado desde hace años- necesita el complemento de una iniciativa oficial que explore los campos abandonados y maduros, así como las aguas profundas antes de 2021. Si no, se perderán más de 2 millones de barriles diarios. Pero el lastre de la hidalguía ruinosa de PEMEX viene la lejos y es la propia compañía la que reconoce que incluso aunque la reforma panista prospere y se construyan las dos nuevas refinerías en tierras charras, en los próximos ocho años el país enfrentará un déficit de al menos 193.000 barriles diarios.

Demasiado cerca de EE UU, con un crecimiento del 2,9%, 2007 -el peor desempeño de América Latina y el Caribe, después de Ecuador y Jamaica- sólo el alza de los precios del petróleo respaldó los ingresos por exportaciones, lo que contrarrestó el aumento del gasto en importaciones y ayudó a contener el déficit en la balanza comercial de 13. 000 millones de dólares. México depende para su despegue del sector petrolero, que es lo mismo que decir de PEMEX. Todos sus huevos están en el cesto de la petrolera de bandera. Si espera demasiado corre el riesgo de que, cuando se abra, no sea un elefante disecado, poco apetecible para los inversores.

Animado por la tormenta energética mexicana, Petrobrás, claro, afila las garras y se las ha tendido ya al gigante azteca, ahora que el hidalgo ajado en el que se ha convertido PEMEX busca nueva identidad. En el Palacio de los Pinos, donde la propiedad del crudo estatal es la única línea roja que nadie quiere sobrepasar, todos los ojos apuntan de soslayo a Pekín y de frente a La Habana. Miran a la noruega Statoil. Pero no ocultan, sobre todo, sus vistazos a Brasilia. Desde el año pasado, la empresa que preside Sergio Gabrielli se ha utilizado como modelo: pese a que no fue hasta 1997 cuando se hicieron las reformas para dar acceso a la IP en los proyectos, Petrobrás, abierta a accionistas privados, se ha convertido en el líder del planeta en exploración y producción en aguas profundas, sextuplicando el volumen de crudo en 15 años, bajo el bastón del Estado (controla el 95%) del petróleo y es el propietario del 55.7%. Los cantos de sirenas del brasileño sólo quieren compartir operaciones en aguas estadounidenses, allí donde las restricciones del hidalgo mexicano no llegan, pero Petrobrás no renuncia a arrimarse ahora que la transición se acerca.

Chávez teje su emboscada fiscal para las petroleras

El viacrucis energético no gana para estaciones en Venezuela. Unas, las de las amenazas de expulsión, se combinan con las otras, las de las patadas bolivarianas al tableo de juego y la redefinición constante de nuevas líneas rojas, cada vez más estrechas en torno a las multinacionales. No contento con sacar a pasear el fantasma de las nacionalizaciones, el bolivariano afila sus garras y mira a las multinacionales de los hidrocarburos. Está urgido a ponerle puertas al campo del desabastecimiento y la inflación, de alimentar la exaltación de sus huestes ahora que las elecciones regionales y municipales se acercan y de echarle gasolina al agujero negro de Pdvsa, la "niña bonita" del petroreino chavista, lastrada ya por los problemas de producción, exportación y gestión y las deudas propias, que no gana para encargos del bolivariano.

Su estrategia, la misma de siempre, ésa que ha hecho escuela entre el trío de los bolivarianos: golpea primero, amenaza, que algo queda. Y después negocia, a correazos, al contraataque y con el adversario a la defensiva. Todo con tal de dibujar un juego con nuevas reglas y en una cancha rediseñada a su medida. Ahora la aplica, al calor de su victoria pírrica en el caso Exxon, con el azote de un "impuesto a la ganancia súbita" a las multinacionales. Inasequible al "no" de la mayoría de los venezolanos en el referéndum constitucional, Chávez se aferra a su plan B y bautiza sus arremetidas sólo con el padrinazgo de una Asamblea Nacional cocinada a su medida. A pesar de que la OPEP se ha negado a convertirse en la cómplice de sus delirios energéticos, alimentará los agujeros negros de Pdvsa y sus ensueños bolivarianos gracias a las oscilaciones del precio del crudo. Su nuevo armamento fiscal no es otra cosa que un impuesto sobre las fluctuaciones del precio del petróleo teniendo como punto de referencia el precio del barril Brent. Esta vez el "atraco" viene sin rescate. Quien se quede en el país tendrá que asumir un nuevo impuesto, del 50% cuando el barril del crudo iguale o supere los 70 dólares, y de un 60% cuando el mismo valga igual o más de 100 dólares, amén de los dos impuestos aplicables al crudo ya en vigor: uno sobre la producción (regalía) y otro sobre la extracción (renta).

Enfurecido y acorralado en su propio campo de juego, se enroca en su particular guerra de los mundos en la que  las empresas foráneas- españolas incluidas-  vuelven a estar en el punto de mira. En su batalla contra Exxon y el "Imperio" no mide fuerzas. El venezolano está dispuesto a inmolarse como un kamikace, con el petróleo en ristre, con tal de pellizcar a la mayor economía del mundo, de fustigar y ordeñar a las multinacionales, aún a costa de espantarlas y disuadir a la inversión extranjera, que se ha visto reducida a la sexta parte en dos años, en tanto que Brasil, México y Chile prácticamente duplicaron el ingreso de capitales destinados a proyectos de inversión. La estrategia chavista, de vasos comunicantes, atrapa con una mano los ingresos para financiar las arremetidas que hace con la otra. Una trampa en la que, si no abandonan las tierras bolivarianas, puede quedar aprisionadas más de una multinacional, condenadas a ejecutar los planes de Chávez, a pagar sus facturas en carne propia y, peor aún, a convertirse en los paganinis de su oleada nacionalizadora. Por ahora, el bolivariano ya ha reconocido que el 50% del nuevo impuesto- de un total de 9.000 millones de dólares al año- se dedicará a la nacionalización de la industria cementera y la siderúrgica Sidor.