Monitor de Coyuntura
¿Es sostenible un mundo con grandes desequilibrios externos?
El crecimiento del comercio internacional en los últimos años ha ido acompañado de una ampliación de los desequilibrios de balanza de pagos. Estados Unidos acumuló en 2007 un déficit por cuenta corriente de 700.000 millones de dólares, que contrasta con los holgados superávit de economías como Japón, China u otras emergentes. Podríamos esperar que estos desequilibrios fueran compensados, a lo largo del tiempo, por los movimientos de los tipos de cambio, pero ello no siempre es así. El resultado es una anómala y rápida acumulación de reservas de divisas en una serie de economías. El círculo se cierra cuando estas reservas se invierten en activos como deuda del Tesoro americano.
Cabría esperar que un superávit sostenido de la balanza por cuenta corriente diera como resultado una apreciación del tipo de cambio, esto es, el encarecimiento relativo de los precios de los bienes y servicios del país debido a que son más demandados en los mercados internacionales. Este fue el caso, por ejemplo, de la R. F. de Alemania en los años sesenta y setenta, cuando la potente maquinaria exportadora germana arrastraba al marco alemán a periódicas revaluaciones. Por esta misma lógica cabría esperar ahora que el tipo de cambio del dólar estadounidense se depreciara a causa de su persistente déficit por cuenta corriente. Y así ha sido entre 2000 y 2007 pero sólo a medias. Si bien el dólar de EEUU ha perdido valor respecto al euro, al dólar canadiense o a la libra esterlina, por ejemplo, no lo ha hecho en tanta medida frente a las divisas de muchas economías emergentes, que tienen importantes superávit bilaterales con Estados Unidos, con lo cual la corrección de los desequilibrios se ha quedado a medias. Entre estas economías emergentes podemos distinguir aquellas cuyo superávit se fundamenta en la exportación de materias primas de aquéllas que son potentes exportadoras de manufacturas.
En lo que se refiere a los exportadores de materias primas, Arabia Saudita, por ejemplo, mantiene un tipo de cambio fijo respecto al dólar pese a que entre 2000 y 2007 el precio del petróleo se ha cuadriplicado. Además, como su inflación ha sido menor que la estadounidense, el tipo de cambio real ha retrocedido. Otros grandes exportadores de petróleo como Bahrain, Irán, Kuwait y Venezuela siguen un patrón parecido, con depreciaciones reales del tipo de cambio que coexisten con superávit corrientes. En este grupo hay, empero, notables excepciones, como Rusia y Nigeria, cuyos superávit petroleros han ido acompañados de importantes apreciaciones cambiarias.
En cuanto a los exportadores de manufacturas, se trata en su mayor parte de economías de Extremo Oriente. El caso más destacado es China, el país con el mayor superávit del planeta y el que tiene un mayor saldo positivo en su comercio bilateral con Estados Unidos. Su divisa, el renminbi se ha apreciado ligeramente respecto al dólar, pero como sus precios interiores han subido menos que en Estados Unidos y la divisa americana ha perdido valor, la combinación de ambos efectos es una depreciación real del tipo de cambio de un 0,8% entre finales de 2000 y 2007. Otras economías exportadoras de manufacturas como Taiwán, Hong Kong y Singapur, con saldos positivos de la balanza por cuenta corriente del 9,8%, 7,0% y 21,0% del PIB, respectivamente, han experimentado depreciaciones en sus tipos de cambio real. Japón también viene a sumarse a este patrón, mientras que la excepción son Corea del Sur, Tailandia e Indonesia, cuyas divisas se han apreciado notablemente.
La sucesión de superávit corrientes ha llevado a la acumulación de reservas de divisas en poder de los bancos centrales de todos estos países. Así, las reservas de China se acercan a 1,5 billones de dólares, las de Japón rozan el billón y entre Rusia, Taiwán y Corea del Sur acumulan otro billón de dólares. Frente a este importante acopio de reservas, los países de Oriente Medio y algunos asiáticos han canalizado sus superávit a través de los denominados Fondos Soberanos. Se trata de fondos de propiedad estatal que invierten en carteras diversificadas en activos internacionales para obtener una rentabilidad mayor que a través de la tradicionalmente conservadora gestión de las reservas de divisas. Últimamente se detecta un mayor interés de las economías asiáticas en esta vía de rentabilizar los excedentes de balanza de pagos. Existe por tanto un fuerte potencial de crecimiento de los Fondos Soberanos. Los países de Oriente Medio tienen dos tercios del volumen total de los mismos, pero en el futuro el protagonismo del crecimiento estará en las economías asiáticas. Según analistas citados por la Reserva Federal, la irrupción retrasada de las economías asiáticas en estos fondos llevará el total de activos gestionados de los 1,5-2,5 billones de dólares actuales hasta 15 billones en los próximos 10 años, un importe superior al PIB nominal de Estados Unidos en 2007.
El tamaño de estos fondos y su propiedad estatal crea ciertas inquietudes e incluso rechazo en algunos ámbitos, como sucedió en el intento de compra de la empresa petrolera estadounidense Unocal en 2005 por la petrolera estatal china CNOOC. Sin embargo, en la crisis financiera generada por las hipotecas subprime, los capitales aportados por algunos Fondos Soberanos a determinadas entidades bancarias en apuros han sido bienvenidos y han dado un respiro a los mercados. El círculo de los desequilibrios se cierra a gusto de todos, por lo menos esta vez.