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Publicado el jueves 24 de abril de 2008
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Monitor de Latinoamérica

Lula, el ‘Napoleón del etanol’, de Waterloo en Waterloo

-Lugo enciende la chispa bolivariana en Paraguay

EtanolA. Zarzuela.– Con una creciente ambición de poder y de deseos, se aferra a su uniforme de “emperador de los biocombustibles”. Pero ahora que sus ambiciones hemisféricas se despejan, que los desmanes de Chávez y la impotencia energética de Morales se lo han puesto fácil al desfile de las glorias petroleras de Petrobrás, esa otra “revolución” que iba a hacer de Brasil la Arabia Saudita del etanol apenas ha conseguido galones de algarada y una dimensión nacional. Si Lula jura que el dios del petróleo es brasileño, su deidad verde se ha convertido en un ángel caído, que en lugar de sueños trasatlánticos y las promesas de Bush de una OPEP del etanol sólo colecciona derrotas y aranceles en Europa y en EE UU y nuevos competidores en Colombia, Argentina y Perú. La conquista de las economías en desarrollo no va a ser fácil como Brasilia cacareó. Ha topado con el mercado internacional y la revolución no tiene quien la compre. Al menos no según los planes y la intensidad que el mandatario brasileño soñó. Es el cabecilla de una ambición que avanza de espaldas al BM, el FMI y la ONU -que sostienen que el uso de biocombustibles es un "crimen contra la humanidad"-, y del propio Strauss Khan, que, tras decir adiós a su idilio diplomático con Lula, no duda en calificar al etanol como un “villano” que amenaza la seguridad alimentaria de los países más pobres y nutre la fiebre inflacionaria de los más desarrollados. No es la moral, sino la zozobra comercial la que promete dar al traste con los planes del niño bonito de la revolución verde, que hoy es ya un rival, o al menos un sospechoso comercial en tierras americanas y europeas. El mástil de la bandera de los biocombustibles ha terminado por caer sobre su propia cabeza en forma de inflación y desajuste agrario.

La realidad ha burlado los planes brasileños, pero ajeno a esa tormenta exterior para el biocombustible y de espaldas al mercado, el ‘rey del etanol’ no se apea del cuento de la lechera de su revolución, no baja el ritmo de las inversiones faraónicas. Derrocha gestos imperiales, pero puede naufragar en los efluvios de sus propios delirios de grandeza.Por ahora, su cocktail no es tan embriagador. Tendrá que bebérselo casi en solitario. La participación extranjera no sobrepasa el 6% de los recursos movilizados en torno a su "imperio del etanol”.

Ha comenzado a hacerlo ya. En su propio patio. El brasileño anhelaba convertirse en el abanderado de una revolución perfecta, una de ésas que no sólo le dan la llave de los recursos energéticos, sino que prometían investirle del halo redentor de la creación de empleo, la reducción de la pobreza y la aproximación a Kyoto, pero está acabando por ser un flautista de Hamelin cada vez más solitario. Algunos de los ‘waterloos' para su imperio del etanol están en su propia casa, en la zozobra inflacionaria, que a pesar de la fortaleza de Brasil como productor mundial de carne, cereales y lácteos, no perdona a Brasil. La maldición de los biocombustibles, el alza del precio de los granos, el desplazamiento de las tierras de cultivo, el efecto de los subsidios y el encarecimiento del diesel y los fertilizantes se han sumado al boom global y se han enseñoreado también del reino del etanol. La inflación del índice IPCA se ha disparado en marzo hasta el 4,73 y se lo ha puesto tan difícil al Palacio de Planalto como para obligar al Banco Central, por primera vez en 35 meses, a subir los tipos Salic del 11,25% al 11,75%.

La que iba a ser la gallina brasileña de los huevos de oro no es tan ni tan fértil ni tan  aúrea y no despega. Los aranceles, el poderío del real, las dificultades de suministro, el alza del precio del azúcar, las dudas en el mercado internacional sobre la dimensión de las ventajas de este biocombustible, y los recelos estadounidenses y europeos a comprar con las condiciones ventajosas que Lula quiere para sus productos. Todo se ha aliado en contra. La conquista a golpe de etanol ha chocado con mil y un muros propios y ajenos. De poco han servido la masa de inversores locales y extranjeros, con Italia, los Países Bajos y los nórdicos en cabeza, que han acudido al "panal de rica miel" lulista.

La UE, que produce esencialmente biodiesel, está atrasada en la producción de biocombustibles. Pero la Agencia Europea del Medio Ambiente recomienda suspender el objetivo del 10% para los biocombustibles y, en todo caso, el brasileño sabe que el desembarco en el Viejo Continente, será por un puente surcado de aranceles. En Inglaterra ha comenzado a regir el corte obligatorio de los combustibles con un 2,5% de sus pares ecológicos, pero Reino Unido está evaluando producir etanol en Mozambique para reducir la dependencia brasileña. EE UU otorga 6.000 millones de dólares cada año a los biocombustibles y la UE 4.500 millones. En el gran teatro del comercio mundial, el del etanol se va a convertir en un duelo entre gigantes proteccionistas y, en ese contexto, Brasil no sería realista si hiciera planes sin contar con que su revolución va a topar con la piedra de las negociaciones en la OMC.

Lejos queda la pretensión estadounidense de pedirle apoyo a Lula para formar una OPEP del etanol en torno al eje Washington-Brasilia; lejos las promesas de una Comisión Interamericana de biocombustibles. Si la gira de Lula por Estados Unidos y Europa le dio alas para verse como la mayor potencia del mundo, ahora ha bajado esas ínfulas. De poco le ha servido al Palacio de Planalto la fiebre de los biocombustibles que desde hace meses ha poseído a la Casa Blanca y el Congreso, deseosos de superar la dependencia energética de un país que importa el 60% del petróleo. Al calor del espejismo de una oportunidad histórica común, Lula abrazó un cuento con Bush, en el que Brasil iba a ser el motor de una transformación histórica, que pasaba por dejar en manos del etanol en menos de quince años el 25% de la producción de la energía mundial. Es cierto que Washington propone como objetivo alcanzar los 135.000 millones de litros de etanol en 2017, pero sólo Lula y Bernanke creen que  debe ser etanol brasileño a base de caña de azúcar -más barato y menos contaminante- antes que el bioetanol a base de maíz producido en EEUU.

Brasil produce etanol a un costo aproximado de 0,83 dólares por galón, según el BM, mientras que el gasto en EE UU es de 1,09 dólares y en Europa 1,20. EE UU necesitará importar más etanol de caña para cumplir el mandato de duplicar el uso de energías renovables en 2012 y multiplicarlo por 12 en 2022. Y en Washington se habla más que nunca del etanol brasileño, pero el interés no se está traduciendo en inversiones. Menos aún en compras. Las exportaciones a EE UU este año rondarán los 1.000 millones, casi  500 menos que el año pasado. No es casual que ETH Bioenergía- la subsidiaria de etanol del gigante petrolero Oebrecht SA- haya anunciado que desacelera sus planes para invertir 2.800 millones de dólares en producción de etanol, en un centro de almacenamiento en EE UU y una nueva planta en El Caribe.

La maldición del "pato cojo", el recelo del capital y el proteccionismo pesan más que la sintonía entre los dos líderes en la producción de biocombustibles y las promesas de Bush. La Casa Blanca se ha negado a hablar de la reducción del arancel de 54 centavos por galón (3,8 litros) a la importación de etanol brasileño y, sólo hay que observar la trayectoria del TLC con Colombia y los discursos de Clinton y Obama sobre Nafta para entender que en el Congreso no hay interés ni de demócratas ni de republicanos por tomar medidas que enfaden a los agricultores a las puertas de las presidenciales y que la renovación del arancel, en diciembre de 2009, caerá por su propio peso. El gobernador de Florida, Charlie Crist, es el único que considera el etanol un asunto de "política estratégica", estudia exigir que el 10% de la gasolina sea etanol y es el único que apoya a Brasilia en la campaña por la reducción del arancel.

Eso no es todo: la falta de un sistema de distribución de etanol para su uso en automóviles en ningún país del mundo excepto en Brasil y la dificultad propia de hacer negocios en el país carioca, lastrado por un código tributario muy complicado y problemas de infraestructuras están contribuyendo a cortarle las alas a los sueños de grandeza bioenergética de Lula. Y, si bien la caña de azúcar es un cultivo más eficiente que el maíz para la transformación hacia el etanol, su producción genera trastornos socioeconómicos porque requiere de grandes cantidades de mano de obra barata que debe permanecer ociosa tras la conclusión de la zafra. Sólo los vecinos del Caribe cruzan los dedos para que el arancel al etanol brasileño siga alimentando sus fortalezas comerciales. Los 24 estados de la región, gracias a los acuerdos comerciales y las ventajas preferenciales por valor de 600 millones de dólares de la iniciativa de la Cuenca del Caribe, de 1983, se han convertido en el único atajo del vecino del Sur para hacer llegar el etanol a tierras estadounidenses saltándose los aranceles. Y no quieren perder los privilegios de la excepción caribeña.

Ahora que la necesidad del tablero energético regional y la sintonía del Consejo de Defensa Hemisférico capitaneado por Lula han atemperado las críticas de Chávez y de Castro a la revolución energética lulista, ahora que  los bolivarianos -con tal de patear los intereses de Washington-se han reconciliado con los etanoles brasileños, la "revolución" lulista pincha en hueso. De poco le ha servido que el Banco Interamericano de Desarrollo haya prometido 3.000 millones de dólares en préstamos al sector- entre ellos tres refinerías- para crear empleos en el campo y reducir la dependencia de petróleo importado. Lula muere de éxito, ahogado en el éxtasis del volumen de su producción, de la ebriedad de sus inversiones y del vértigo de sus propios delirios, de las consecuencias que puede tener mantener un ranking con epicentro en su propio ombligo.

Brasil, Chile y Perú ya han programado cambios en su matriz energética para asegurarse recursos a través de carburantes alternos al petróleo, como el etanol, el gas y recursos renovables no convencionales. Le crece el mercado de sus vecinos, pero también los competidores. Aunque Brasil, Canadá y Estados Unidos son líderes en la elaboración y exportación de bioenergéticos en el mundo, países latinoamericanos como Argentina, Colombia y Perú están incursionando en la industria y han logrado grandes avances. El Gobierno de Colombia -que produce 1,1 millón de litros diarios de etanol a partir de la caña de azúcar, y 170.000 litros de biodiesel a través de la palma africana y es ya el segundo productor de etanol, sólo detrás de Brasil- pretende situarse a la cabeza de los productores de biocombustibles y ha puesto en marcha un agresivo plan para inyectar capital y crear políticas sólidas en el sector agropecuario que le permitan alcanzar una producción del 20% de biocombustible en 2012, producir 900.000 litros diarios de biodiesel para ser el número uno en el mercado de Latinoamérica. Perú invertirá para este año 200 millones de dólares para fabricar 120.000 galones de biodiésel al día, expandiendo la tierra de siembra a 50.000 hectáreas. En Argentina, las empresas producirán alrededor de tres millones de toneladas anuales de biocombustible en los próximos años, entre ellas la hispano-argentina Repsol YPF, que planea producir 100.000 toneladas anuales para exportar. Y México, donde la producción de bioenergéticos aún se está iniciando, coge sitio.

Prometía ser mucho más que una fiesta, una orgía que ninguna de las grandes potencias, ni siquiera sus rivales regionales, se querían perder un trozo de pastel. Pero el partido -Lula dixit- se le ha puesto complicado, ha acabado en una tanda de penalties en la que Brasil, que se daba ya por campeón mundial, no da abasto para parar los goles y se desgasta denunciando a los árbitros -del comercio internacional- y a todos los demás equipos, disparando acusaciones de proteccionismo y juego sucio de los intereses petroleros.

Lula se abraza a sus deseos hegemónicos y se resiste a que la fiesta del etanol brasileño decaiga. Triplicará en diez años la superficie destinada a producir etanol, hasta los 9 millones de hectáreas. En su Plan Nacional de Agroenergía, sigue empeñado en tirar la casa por la ventana y esperar que estadounidenses, italianos, japoneses y holandeses se emborrachen con su samba. El principal productor de etanol en el planeta- que ya cuenta con 336 plantas y es responsable del 45% de la producción mundial- buscará tener 409 instalaciones, a través de una inversión de 14.600 millones de dólares. Una nueva fábrica cada mes. Otro centenar de propuestas están en estudio. Y Petrobrás construirá una tubería de 920 kilómetros para la exportación, que sueña con conectar las plantas de Mato Grosso do Sul, en el centro-oeste  y la frontera con Bolivia y Paraguay, con el puerto de Paranaguá y el océano Atlántico. Pero los inversores privados nadan en la cautela, ahora que ven que Eldorado del etanol brasileño tiene fronteras y que, si quiere dar el estirón y nutrir con biocombustibles sus aspiraciones hemisféricas tendrá que ser no sólo sin la ayuda de Washington y Bruselas- con los que contaba como principales mercados- sino de espaldas a ellos y a su pesar. Por ahora, su cocktail no es tan embriagador. Tendrá que bebérselo casi en solitario. La participación extranjera no sobrepasa el 6% de los recursos movilizados en torno a la "revolución del etanol".

Lugo enciende la chispa bolivariana en Paraguay

Adalid de esa máxima que reza que ‘excusatio non petita acusatio manifesta est', Fernando Lugo llega a la presidencia del socio menor del MERCOSUR jurando que lo suyo está tan cerca -y tan lejos- de Lula como de Hugo Chávez, pero bajo la sotana de este obispo excomulgado hace años ondea la enseña de la "soberanía energética", la avidez por imitar la senda energética de Morales y Correa y la amenaza, vestida de promesa de campaña, de hacer valer la electricidad paraguaya a precio de oro. Para empezar, ante los vecinos del Mercado del Sur. Con la misma fiebre de redención bolivariana con la que el gas boliviano, o el petróleo venezolano se convirtieron en la gasolina para los delirios energéticos de sus mandatarios y en el arma de sus pretensiones hemisféricas, Lugo se aferra al poderío eléctrico de un país que suple el 19 por ciento de la electricidad consumida en Brasil. Una bombona de oxígeno para el triángulo de las Bermudas energético en el que se ha convertido el cono sur.

La originalidad del ex obispo rojo se viste de chavismo. Lo hizo, al menos, en las arcas de su campaña. Si el desembarco en La Paz de grupos de asesores de Hugo Chávez dio luz verde al proceso de nacionalización de los hidrocarburos bolivianos en mayo de 2006, la presencia de expertos venezolanos en Asunción es el preludio del "golpe eléctrico" que Lugo cocina, dispuesto a servirlo en la mesa de Lula y Cristina, aliñado con el alza de los precios, como Morales hizo -con éxito- con el gas para el mercado brasileño. No será necesario nacionalizar las eléctricas, esta vez a Lugo ya le han dado el trabajo hecho. Bastará con cerrar el puño del estado sobre los recursos y hacerlo ondear -botín y rescate- para sudores de los vecinos. Hará valer su escaso tamaño y sus limitadas necesidades.

Si la impotencia de Morales genera la necesidad, él está dispuesto a suministrar el órgano, nada menos que las represas hidroeléctricas (regidas por tratados binacionales) de Yacyretá y la de Itaipú, mayor hidroeléctrica del mundo en funcionamiento, de la que Brasil recibe un 95%.  Convencido de que históricamente Brasil y Argentina le deben algo a Paraguay, Lugo está dispuesto a cobrárselo todo junto ahora. La negociación a la bolivariana es el nuevo credo del ex obispo comunista: primero dispara, chantajea y presiona. Luego, renegocia, a pesar de que el pacto no se podrá tocar hasta 2023 y de que Lula le ha recordado que tiene en sus manos las llaves de muchos acuerdos binacionales financiados con BNDES y  la puerta a las grandes ligas de un MERCOSUR en el que Lugo está deseando ponerle la alfombra roja a Chávez.

El ex obispo, que jura que el cielo lo acompaña en su misión, ha obrado ya su primer "milagro energético", pero en carnes ajenas. Cristina y Correa, deseosos de demostrar que unen más la necesidad y los adversarios comunes que los credos bolivarianos, han engendrado en el Amazonas ecuatoriano -gracias a los oficios adversos de Lugo y con Termopichincha y Enarsa como oficiantes- el proyecto hidroeléctrico binacional más importante, que contará con el 30% de participación argentina de sus 1.590 millones de dólares.