La inflación, el euro y Noyer se lo ponen fácil a Trichet
Tejen la alfombra roja a los anhelos antiinflacionarios del presidente del BCE, ésos en los que se atreve a emular a Australia y Suecia y soñar que los tipos de interés suben en la Eurozona. No será hoy ni mañana, pero la puerta está ya abierta. Nada menos que con la llave del Banco Central galo -por más que le pese a Sarkozy- y los vaivenes de la máxima entidad bancaria británica, volcada en afanes proteccionistas y esfuerzos nacionalizadores. Trichet camina en la cuerda floja, un estrecho desfiladero jalonado a un lado por la embestida de la inflación de la zona euro en el 3,6% interanual -el nivel más alto desde la existencia de la unión monetaria, muy lejos del objetivo del 2%- y, del otro, por la crisis financiera, con las tensiones crediticias consiguientes y las amenazas al crecimiento en el corazón de la Vieja Europa, que late ya con arritmias en Francia, Gran Bretaña y Alemania. Mirada al frente, el galo hace valer sus predios y pasea su escudo más clásico, el de señor de la contención de precios. La última radiografía del “monstruo inflacionario”, la que procede del diagnóstico del propio BCE, se lo pone más fácil a Trichet. Ni las presiones de Berlín y Paris, las sugerencias del FMI, ni el rally de descensos de tipos al que se ha entregado Ben Bernanke erosionan su voluntad. Con la mirada al frente, sostiene los tipos y la vista fija en el dragón inflacionario y repele su otro escudo, el de la contención del euro. Dirige su espada ahora a dos de sus cabezas: la de la subida de los salarios y la de la fijación de precios por parte de empresas en sectores poco competitivos. Focalizado en la estabilidad monetaria, no tiene ojos para los temblores del crecimiento en el corazón de Europa. A diferencia de la Fed, tampoco, en estricto sentido, le corresponden.
Acostumbrado a las arremetidas sarkozyanas, esta vez se ha encontrado con el capotazo del presidente del Banco Central galo y su socio germano, que le pone alfombra roja a la subida de tipos. Noyer ya no sabe a qué atender con más premura, si al sector exterior, a los signos de debilidad de la economía gala, o al incendio inflacionario; si al creo de la ortodoxia del BCE o a los tirones de orejas del Elíseo. Oxígeno a Alexander Weber y los que, con el gobernador del Bundesbank, creen que lo peor de la crisis ya es historia y la inflación es "intolerable". Ni la desaceleración del corazón de la Vieja Europa, ni las presiones, ni siquiera las arremetidas del galo Juncker son suficientes como para que el rey de la inflación no pueda acomodarse en su trinchera. Para disgusto de Lagarde y Merkel, la partitura está sabida y se entona sola, aderezada con las notas ascendentes, mes a mes de los precios en la eurozona.
Han dejado de apedrear y le tienden alfombra roja a las tentaciones de su subida de tipos. Trichet ya no está tan lejos del Banco Central de Suecia que ha mantenido los tipos en el 4,25%, o de la Reserva Federal australiana, que camina hacia las subidas en breve. El euríbor a 12 meses parece haber comenzado a descontarlo: ha subido hasta la cota -ignota desde el último trimestre de 2000- del 4,933%, con lo que marca máximos desde diciembre pasado, cuando llegaron al 4,95%. La zozobra del mercado, la desconfianza del sector financiero alimentada por las debilidades al sol de algunos grandes europeos, las ampliaciones de capital y la impotencia de las inyecciones de liquidez para contrarrestar los problemas de confianza en el mercado interbancario se han sumado al duelo entre bancos centrales para encarecer el precio del dinero. A Trichet ya no le piden que baje los tipos, con que baje el Euríbor relajando las tensiones del interbancario sería suficiente. En tiempos normales, sin crisis de por medio, el Euríbor suele estar entre un 0,2% ó un 0,3% por encima de los tipos oficiales. Hoy está a casi a un punto porcentual por encima.
El monstruo no es nuevo, ni siquiera sus cabezas son sólo europeas. Pero sí su voracidad. En un momento en el que el euro roza el récord de 1,60 dólares, en un contexto de continuo crecimiento monetario, el incremento de los precios de la energía y de los alimentos nutren las fuertes presiones al alza a corto y medio plazo sobre la inflación. Eso piensa, al menos el BCE, que cierra ahora filas en torno a la obsesión de Trichet por hacerse fuerte en su trinchera inflacionaria, con los tipos de interés, anclado en el 4% desde junio de 2007, ajenos a las bajadas, como barricada defensiva. Es un secreto a voces, plagado de pistas que el propio Trichet se encarga de desgranar entre cada cita mensual. Sólo el día en que la orilla derecha se altere, el galo pensará en cambiar el rumbo y salir de su trinchera antiinflacionario. Y esa hora no está a corto plazo en su paisaje.
El monstruo inflacionario puede estar aquí para quedarse y sus bocados son cada vez más intensos. Al horizonte del 2% de inflación, ni está ni se le espera. Incluso los antitrichetistas del BCE descuentan que lo más probable es que la inflación- que no es sólo europea y se sigue alimentando de los precios del crudo, la demanda de los emergentes y el efecto de los biocombustibles- no se modere más que de forma sólo gradual durante 2008, por lo que hay curvas para largo, por mucho que el BCE no cierre los ojos a la crisis, al otro lado del desfiladero. Reconoce que el nivel de incertidumbre para el crecimiento económico de los países que comparten el euro es inusualmente elevado por las turbulencias en los mercados financieros y que las tensiones pueden durar más tiempo de lo inicialmente esperado. El consumo en Europa sigue decepcionando y la inversión empresarial se debilitará al tensarse las condiciones crediticias; los pedidos caerán y los exportadores sufrirán con la caída de la demanda global. Pero a la vista de que las perspectivas de crecimiento de la eurozona del BCE estiman un crecimiento de entre el 1,3% y el 2,1% en 2008, lo que daría una media del 1,7%, mientras que en 2009 se espera un crecimiento medio de entre el 1,3% y el 2,3%, con una media del 1,8%.
Señor de la inflación,Trichet lo será también de la contención del euro. Con una nueva bajada de tipos, con la escalada continua del petróleo, la contracción crediticia y las sucesivas inyecciones de liquidez de la Fed, la moneda verde- ajena a las promesas de Bush y Paulson- está condenada al suelo y la inflación en Estados Unidos se le puede ir de las manos al presidente de la Reserva Federal. El BCE ya no esconde su preocupación por la fortaleza de la moneda europea. Con ambos escudos en ristre, transita por el sendero, el mismo de los últimos meses. Con Jean Claude Juncker en cabeza- que defiende que el BCE necesita un contrapeso político que se preocupe del crecimiento- los ministros de Finanzas de los 15 de la zona euro abren fuego contra Bernanke en las espaldas de Trichet por una situación que, según ellos, no refleja los fundamentos económicos actuales, ya que el dólar esta infravalorado y la divisa comunitaria supravalorada. Sin embargo, en el BCE los más trichetistas no ocultan que un euro más caro importa deflación, los productos que se compran son más baratos y que un Euríbor casi al 5% restringe el crédito y contiene también la liquidez y como consecuencia los precios. Trichet se niega al tirón de orejas a la Fed y a Bernanke que Juncker y el Eurofin no dejan de aplicarle, con la misma intensidad con la que vilipendian su política de sostenimiento de tipos. Pero el poderío de la moneda común llama, de la mano de las dificultades para el sector exterior, a la puerta del BCE y el galo no puede dejar de mirar de reojo a Bernanke y sus recetas.
El duelo está servido, pero no es del todo real. Hace ya mucho que la vieja Europa asumió que ni Trichet es Bernanke ni los momentos macroeconómicos (dolencias incluidas) y las recetas se parecen. El presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, ha recordado que hay más de un mar que los separa: la economía estadounidense está al borde de la recesión, mientras que el crecimiento de la eurozona es satisfactorio. En la primera economía del mundo, el desplome del mercado de la vivienda y la crisis de crédito han desembocado en un debilitamiento que ni el propio Bush intenta ya arropar con otros apellidos. La Fed tiene un mandato más generoso que el BCE a la hora de decidir qué pasará con los tipos: el crecimiento económico también importa. El BCE no. Heredera del pánico hiperinflacionista del Bundesbank, su único objetivo es combatir la inflación y Trichet está dispuesto a aferrarse a dos manos a ese mandato. No está dispuesto a rebajar por debajo del 4% que mantiene desde junio a no ser que la desaceleración de las economías del corazón de Europa derive en un descenso de la inflación en la zona euro, algo que los analistas no consideran ni siquiera probable hasta el segundo semestre.
Trichet, aferrado a su papel de guardián de la inflación, puede acabar con medallas -si se capea el temporal sin grandes pérdidas y sin haber cedido a las presiones- o ante el pelotón de fusilamiento si la reducción en el ritmo de crecimiento europeo resulta insoportable y fuerza a una bajada de tipos, que llegaría tarde. Los analistas menos optimistas comienzan a avizorar el fantasma de la estanflación a ambos lados del Océano. En tal caso, medidas tomadas para luchar contra uno de los dos males servirían para agravar el otro. Ni Bernanke ni Trichet podrán salvar sus trincheras si los "Notradamus" de los bancos centrales tienen razón.