Monitor de Latinoamérica
Lula, el cancerbero del miedo de la fiesta del capital
-Telefónica abre brecha en el feudo de Slim
Es el anfitrión, pero no duda en disfrazar sus ambiciones de aguafiestas y enfundarse la careta del ‘ogro’ del festival de la renta variable y la samba del capital internacional, un guateque cargado del alcohol de la volatilidad. Lula no quiere terminar envenenado por sus propias mieles. Se le acumulan los cócteles, que han disparado la euforia de la lambada carioca: el último informe de Citigroup -que prevé que el índice Bovespa, que acaba de batir por primera vez los 70.000, cierre el año por encima de los 74.000 puntos- y la mejora del riesgo país de Chase-JPMorgan fueron sólo el aperitivo para el ‘investment grade’ de S&P, el pasaporte para el exclusivo club de las 14 economías más seguras para la inversión internacional y el preludio de una oleada valorada en más de 10.000 millones de dólares en dos años. Alegría para la fiesta brasileña y para quienes -con las empresas españolas al frente- apostaron por el mercado carioca. Avalancha de los que hacen cola, esperando la entrada para el guateque. Bendiciones, pero envenenadas. Tanto como para blindarse ante ellas y pensar en edificar el filtro de un muro fiscal al capital financiero.
El sacudón bursátil obliga al anfitrión -rehén de sus excesos- a tener un ojo puesto en el vecino del norte y otro en los invitados más incómodos que han encontrado un hueco en el portero del ‘decouplimg’ y se han colado en el festival: la propia inflación, la apreciación monetaria, la dependencia del valor de las 'commodities' y del “humor” de los vecinos. Los fuegos artificiales de S&P no opacan los riesgos de la euforia. Los antecedentes de México y Corea del Norte le recuerdan al brasileño que el ‘investment grade’ no inmuniza a su economía contra la crisis, por más que sea la décima del mundo. Lula no quiere acabar ahogado en la orilla del tsunami de los capitales golondrina, tras las olas gigantes de la volatilidad bursátil, pero, ebrio de sus ensueños de hegemonía hemisférica, no se resiste a surfear subido al impulso de la fiesta del mercado brasileño, a embriagar su ego y las cuentas del Estado con el cóctel del festival carioca. Congela el “momento mágico”, mediante el fondo soberano de 20.000 millones de dólares , lo blinda de las iras del sector productivo y las exportaciones y, aprendiz de demiurgo, pone alfombra roja a la euforia de las grandes trasnacionales brasileñas, que, impulsadas en el trampolín del real, aprovechan las olas para exportar la fiesta, captar capital y créditos y desembarcar en las playas de los sectores estratégicos de todas las economías del vecindario.
Lo ha hecho, para empezar, con la emisión, a manos del Tesoro Brasileño de bonos para los mercados estadounidense, europeo y asiático con vencimiento en 2017, por un monto de 500 millones de dólares (323 millones de euros), una tentación a la que no se había entregado desde junio de 2007 y de la que espera un éxito aún mayor que la que realizó el pasado noviembre de 2006, cuando Brasil vendió 1.500 millones de dólares con una rentabilidad del 6,5%, lo que representa un 1,9% más que la rentabilidad obtenida por los bonos estadounidenses.
A pesar del crecimiento fuerte a un ritmo del 5%, del éxito de su ecuación macroeconómica, del incremento de la renta y del auge del consumo, siguen pendientes reformas estructurales en el país. Pero puestos a escoger, la samba brasileña sigue siendo la favorita. Nadie le puede quitar su título de reina de la fiesta de la renta variable. Al menos no aún. Ha fungido como refugio en un año muy frío para la renta variable, mientras el miedo y la fuga de los inversores hacían estragos en Wall Street y en los mercados de la Vieja Europa, ha sabido guardar un calor tropical que sólo los emergentes podían ofrecer. Ha estado en el sitio justo y en el momento oportuno. Con todos sus encantos a la vista. Y, con la ayuda involuntaria de la Fed, ha podido pescar en las aguas turbulentas de la crisis internacional. El guateque continúa, aún hay inversores entusiasmados por la rentabilidad de la región y, a medida que se corre la voz y se clausuran o decaen las demás ‘fiestas' -las asiáticas han empezado a hacerlo-, llegan nuevos invitados a la celebración de los mercados brasileños.
Si para Lula la mejor prueba de que Dios es brasileño son los yacimientos de Tupí y Carioca, sabe que por "obra y gracia" de la avalancha de inversiones financieras puede acabar en ángel caído de los capitales internacionales. El cocktail -rentabilidad, poderío de las 'commodities' y unas economías con fundamentales sólidos, política monetaria coherente y grandes trasnacionales cada vez más rentables - atrae y sigue cargado, pero ni los inversores ni los analistas locales olvidan su sabor explosivo, amargado con unas gotas incertidumbre para los inversores y de riesgos alcistas que ya se han manifestado en las principales economías de la región. El brasileño enseña los dientes, tiñe el "momento mágico" de prudencia. Coquetea con la posibilidad de seguir la senda de otros de sus socios BRIC-atrapados en el callejón de la inflación acelerada y la escasez de alimentos- y establecer un impuesto añadido al flujo de los capitales financieros cómo antídoto a la mordedura del éxito. Un peaje para, al menos, disuadir a los curiosos de la samba y a los intrusos de la fiesta y ponérselo menos fácil al ingreso de dólares, si es que el flujo de divisas se dispara en tierras brasileñas. No es para menos. La realidad es terca y la del parqué brasileño se empeña en contrariar a los parqués internacionales y en pescar lo mejor de las aguas de sus zozobras.
Y es que a pesar de la caída registrada por el efecto negativo de Wall Street y de que en la región sólo el IBG venezolano y el Mexbol han conseguido sostener las subidas en 2008, el Bovespa ha logrado acumular una subida del 2% desde que la pasada semana Brasil recibiera el grado de inversión, con lo que el indicador acumula ya una subida cercana al 8% en lo que va de año. Esta cifra bien podría sacar los colores al Dow Jones, que cede un 3% en 2008, o al propio Eurostoxx 50, que sufre un 13% de pérdidas. En el último año, el Bovespa creció el 42% y se convierte en el mercado que más se valorizó en el período, superando a Hong Kong, o la India, que subieron un 26%. Pero, cada vez menos blindado ante las zozobras de Wall Street y las zozobras de los mercados europeos, el festival de la renta variable brasileña no se libra de la debilidad que amenaza a algunas materias primas hasta ahora rehenes de la euforia, que han ejercido de motor de los parqués más rentables. Si la rentabilidad pone el alcohol, el atractivo de las materias primas se ha convertido en la "música" que mueve los mercados más animados de la región y en el alimento para los valores más jugosos, La fiebre de la volatilidad se hace crónica y no abandona una fiesta en la que dos valores- Petrobrás y Vale do Sul- mueven el 30% del parquet, una fiesta muy dependiente del precio de las 'commodities' y sacudida por cada cambio del crudo.
Condenado a la cuadratura del círculo, a sostener la alegría de una fiesta de la que es anfitrión sin espantar a los inversores, ni movilizar a las calificadoras de riesgo, que llevarían a lejanas tierras los recursos, tocando otra dulce melodía, Lula se conforma por ahora con compensar, con el premio de consolación de su festival, a los "vecinos damnificados": los consumidores locales y los gremios productivos brasileños -encabezados por los empresarios textiles, la siderurgia y el sector agrario- que le atribuyen sus zozobras, el riesgo para la industria local, la rebaja de las exportaciones, la merma de la competitividad y la creciente dependencia de productos importados a la subida de la moneda local, alimentada por la euforia carioca, la debilidad del billete verde y el diferencial de los tipos de interés nacionales con los de los mercados de EE UU y la UE. Pese a las amenazas de subidas de tasas de interés en junio, el real, que no se aparta de su cima más alta en 9 años, subió en los últimos doce meses un 44%, mientras que la media de los vecinos latinoamericanos lo hizo un 23%. Un dólar cuesta 1,64 reales (0,65 euros); y para comprar un real ya hacen falta 1,94 (0,75 euros).
Suficientemente lejos de los EE UU y en el epicentro de la euforia de los mercados bursátiles de la región, la mayor economía de la región espera crecer un 4,3% y sostener las buenas perspectivas para sus multinacionales en el mercado de las 'commodities', pero la enorme diferencia entre la tasa de interés nacional 11,25%) y otros tipos internacionales -sobre todo el estadounidense, que después del último tratamiento de choque de Bernanke ha quedado en un 3%- se ha convertido en una maldición para Lula, su sector exportador y su déficit por cuenta corriente, abocado a los rojos por primera vez desde 2002.
Según proyecciones cariocas, el resultado positivo de la balanza comercial de Brasil para este año se reducirá a la mitad que en 2007. La cuenta corriente dio señales de alerta: el Banco Central de Brasil reportó un déficit récord de 4.429 millones de dólares en marzo, debido al recorte del superávit comercial y el envío de utilidades de los inversores hacia el exterior. Esos números rojos acumularon 10.757 millones de dólares en el primer trimestre e hicieron pensar a las autoridades en controles al mercado de capitales. Las exportaciones a EEUU, el primer mercado mundial de los brasileños, han sufrido bajas, mientras que las importaciones desde el resto del mundo han crecido aceleradamente, más del 40% contra 13% de las ventas al exterior. Y, nutridas por la fortaleza del real, los precios internacionales del petróleo y algunas materias primas, la borrachera de consumo en una economía en tiempos de bonanza, de la política monetaria y cambiaria y la mala salud de la moneda verde, las presiones inflacionarias se expanden. El costo de la cesta básica subió en abril en las 16 capitales brasileñas en que el Departamento Intersindical de Estudios Socio Económicos (Dieese) mide el predio de los alimentos considerados como esenciales
El fondo soberano de 20.000 millones de dólares que Lula acaba de instaurar, siguiendo la senda de China, Rusia e India, no sólo busca compensar la sobrevaluación del dólar, servir de brebaje disuasorio a los capitales especulativos y secar el exceso de dólares en el mercado, sino financiar la compra de bienes en el exterior por parte de empresas privadas, estatales y mixtas y subsidiar al castigado sector exterior brasileño sin tener que contrariar la política financiera restrictiva del Banco Central, ya que sus recursos no saldrán de las reservas de las que dispone el BC, sino de las compras de dólares por parte del Tesoro. Decidido a hacer de la necesidad virtud, Lula no se resiste a exportar la fiesta, a hacer de ella su mejor anzuelo para la expansión regional, la del Palacio de Planalto y la de los grandes buques insignia de la economía brasileña. Al igual que el gigante asiático, Brasil quiere fortalecer al BNDES para que se convierta en una especie de Eximbank como el de los Estados Unidos y aumentar la masa de crédito que puede otorgar el Banco para que la entidad financie la compra de activos en el exterior por parte de las empresas brasileñas.
Los vecinos tratan de pescar en las aguas de la samba carioca. Los mercados uruguayos descuentan que, si su economía sigue aferrada a la locomotora brasileña, recibirá mayor flujo de capitales, aunque tenga que pagar el peaje de la mayor presión al tipo de cambio. Y Argentina, que acaba de ver cómo empeora su calificación de riesgo país de la banca Chase-JPMorgan y ocupa la novena posición del ranking que elabora el Foro Económico Mundial sobre los países más atractivos para la inversión privada en infraestructura en América latina (seguida sólo de República Dominicana Venezuela y Bolivia) no ha podido parar la sangría de la inversión extranjera directa que cayó fuerte en la Argentina, que se redujo 40%, en tanto que Brasil, México y Chile prácticamente duplicaron el ingreso de capitales destinados a proyectos de inversión. Pero es la fiesta de Lula la que impregna a sus vecinos. Brasil, embriagado por el cuento de la lechera de los nuevos hallazgos y ávido de ingresos, juega con sus galones: es uno de los veinte mayores exportadores de crudo del mundo y no quiere perder el tren del boom de las 'commodities' en los mercados internacionales.
Rehén de sus ambiciones hemisféricas, anhela más. Quiere ingresar a la OPEP, atesora la llave del MERCOSUR y, llevado de la mano de Petrobrás, sueña con convertirse en el epicentro energético al sur del Río Grande. La nueva calificación crediticia abre el juego para modificar el mapa de inversión regional. Lula mueve ficha en el tablero latinoamericano con los tentáculos ajenos y la bandera en ristre de su atractivo inversor, que permitirá a los empresarios locales financiarse en la Bolsa de Sao Paulo, mejorar la atracción de capitales y reciclarlos hacia otros países. Está decidido a ponerle alfombra roja al desembarco exterior de las trasnacionales brasileñas de sectores estratégicos como el combustible, acero y cemento. Para empezar, en tierras de los Kirchner, donde han invertido más de 8.000 millones de dólares en 5 años y donde con Petrobrás o Quickfood en cabeza, han conseguido ya hacerse fuertes en los sectores de energía, carne, bebidas, cemento, acero para edificios y textiles. La fiesta carioca arrasa con sus ecuaciones. Si una empresa argentina quiere comprar una extranjera tiene que financiarse al 12% en dólares mientras que la empresa brasileña lo hace al 6%.
Pero si el cocktail de la samba comienza a aguarse o amargarse y falla su poder de atracción, la fiesta comenzará a sufrir la desbandada. Desde el Palacio de Planalto ya comienzan a descontar que en el mercado brasileño, hasta ahora el rey de esta lambada, el adiós a lo más intenso de la fiesta está a la vuelta de la esquina. Si Lula no consigue sortear las elecciones de octubre y el rechazo del Congreso y de algunos gobernadores y sacar adelante la reforma para simplificar el sistema fiscal y disminuir la carga tributaria que es superior al 34% del PIB, le será más difícil evitar que la fiesta acabe en lamento. Si en algún momento el horizonte de bajadas de tipos de Bernanke deja de tener un efecto euforizante sobre las Bolsas de la región, la bajada de tipos toca suelo, o si el dólar recupera terreno y las commodities tocan techo, la música y el alcohol pueden comenzar a decaer. La fiesta del capital puede acabar en el alter hours de la inflación, la fuga de capitales golondrina y la resaca de los mercados locales, vestida de "enfermedad holandesa". La fiesta, además, puede acabar en sobredosis de flujos de inversión, con el real ‘embriagado' y por las nubes y con la inflación desbocada, dando con Brasil en una resaca dolorosa si todo era un exceso de burbujas. Si la fiesta termina sólo quedará el sabor a riesgo monetario y el dolor de cabeza de las presiones inflacionarias que ya acosan a Lula. Lo sabe bien. Sólo tiene que mirar a Argentina, que aún recuerda la pesadilla de los capitales golondrina en la crisis de 2000.
Telefónica abre brecha en el feudo de Slim
Culebrea, se atrinchera en las prebendas de sus predios, en su posición dominante en un mercado del que se nutren todas sus operaciones latinoamericanas. El que se dice el hombre más rico del mundo se resiste -a medida que ve cómo avanza el boceto de reforma de las telecomunicaciones de Calderón- a ponerle puertas a su feudo mexicano, un latifundio fertilizado hasta ahora con su posición de predominio, los problemas de interconexión que fomenta para sus competidores como Telefónica, la secesión de Telmex para blindar sus prebendas y las debilidades de los reguladores para imponerle la ley al magnate mexicano. Pero al magnate se le agota el oxígeno y el tiempo de sus privilegios en la ‘ínsula de barataria' del señorío charro. No tendrá más remedio que comenzar a aceptar sus derrotas: la de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) obliga a Slim -que ahora trata de tocar las campanas de la negociación- a interconectar en la red de telefonía a GTM, perteneciente a Telefónica Móviles, en un plazo máximo de 10 días, si no quiere que su título de concesión sea revocado. La del mercado, le empuja a la competencia.
La suya es una historia del nunca jamás. El 16 de noviembre del año pasado, la Comisión Federal de Telecomunicaciones también ordenó a Telmex establecer la interconexión con GTM, sin embargo, la empresa telefónica incumplió esta indicación con el argumento de que esa resolución no fijaba un plazo fijo para su cumplimiento. Slim no ha conectado aún a Axtel, obligó a Telefónica a saltarse la Cofetel y acudir directamente al Palacio de los Pinos, sembró el sector de acusaciones de ilegalidad sobre la operadora española y no pagará por la demora en la conexión, ni de Telefónica ni de sus otros competidores, que sabe imprescindible para el triple y el cuádruple 'play'.
Slim bracea, hace todo lo posible para demorar la hora de la competencia. Caballero feudal atrincherado en sus prebendas, sabe que tendrá que bajar ahora a la arena del mercado y combatir cuerpo a cuerpo con la competencia. Ya siente su aliento. Para comenzar, con la de Telefónica. Al magnate azteca, que ha visto cómo la operadora española le araña la hegemonía con Movistar en la telefonía móvil, se le pueden acabar sus últimos reinos de taifas. Por eso el dueño de Telmex no hace más que arañarle tiempo al destino, esquivar la evidencia de que la compañía que preside Alierta y sus otras competidoras han comenzado a poner su reinado absoluto en cuestión, en un mercado en el que aún él dibuja las líneas rojas y coarta sus movimientos. Y, tal como ha pasado en la telefonía móvil, lo harán ya sin cortapisas si prospera la reforma de las telecomunicaciones.
Telefónica, que bajo la batuta del ex ministro ha aumentado un 56% sus ingresos y un 47% sus usuarios a través de Movistar, podrá cristalizar su despegue en el mercado azteca, que le aporta ya el 3.2% de sus ingresos. Ha comenzado a ejecutarlo: podrá ofrecer nuevos servicios y hacerlo además, haciendo añicos el tabú del reino de Slim, el más caro de todo el continente. Adiós al feudo con sólo tres puertas y tres invitados: Telmex, propiedad de Carlos Slim Helú, concentra 91.89% del mercado con alrededor de 18 millones de usuarios, mientras que Axtel ofrece el servicio a unos 800.000 clientes y Maxcom lo proporciona a 276.000 hogares. Telefónica ofrecerá tarifas más bajas en la telefonía fija con servicios adicionales que le permitirá al consumidor importantes ahorros, además de contar con servicios de valor agregado, como mensajes SMS, identificador de llamadas, buzón de voz y multi-conferencias. Para disgusto del magnate mexicano, la portabilidad y el ‘cuádruple play' -que la Cámara Nacional de la Industria de Telecomunicaciones reclama- pueden ser realidad también antes de que termine el año.
Y es que el presidente Calderón cabalga sobre una cuádriga tirada por dos caballos, el de la reforma energética y el de la telefónica. Urgido de que ambos lleguen a buen puerto a tiempo y apoyado por la Cofetel -que promete obligar a Slim a competir- está dispuesto a jugársela ya con su anteproyecto en el Congreso. Será luz verde para las inversiones multinacionales en telefonía fija. Aire fresco para las operadoras, con la que preside César Alierta en cabeza. El seísmo legal dejará a Telefónica en condiciones ventajosas: vía libre por fin para que la compañía española pueda hacer valer su músculo financiero y tecnológico y sus ventajas competitivas en 3G y convergencia de servicios en un ring más libre, con el mercado como único juez; un nuevo escenario en el que las reguladoras podrán hacer valer su autoridad y ejecutar las resoluciones que dan la razón a la española. Un soplo refrescante también para los usuarios, atrapados hasta ahora en la telaraña de la posición dominante del emporio del magnate, que -como alerta la OCDE- ha llevado a México a unos de los precios más altos del mercado mundial de las telecomunicaciones.