Correa, un paso adelante y dos atrás con las petroleras
La mesa está puesta. Correa ha comenzado, por fin, después de medio año de requienros, a servir los platos del régimen de su reforma petrolera. Serán “lentejas” para las multinacionales, abocadas a escoger entre la continuidad de sus inversiones -si es que quieren seguir en tierras ecuatorianas- o una tocata y fuga en clave bolivariana. El Gobierno compensará a las que no deseen firmar los acuerdos transitorios ni renegociar sus condiciones con el Estado, pero la letra pequeña del puente de plata pasa por el peaje de la renuncia a sus denuncias internacionales si quieren llevarse en sus maletas algún “justiprecio”, o sea el que el Palacio de Carondelet quiera.
Sólo las que permanezcan a la mesa- Repsol-YPF ya ha anunciado que lo hará- podrán aspirar a cambiar el rumbo del decretazo de 2007 en virtud del cual el Estado se queda con el 99% de las ganancias extraordinarias del crudo por un impuesto del 70% mientras negocian una nueva –oficialmente definitiva- relación contractual. Poco más que el señuelo para retirar las causas pendientes. Y conformarse con la subida real del 20% respecto a lo establecido en 2006, cuando las petroleras acordaron un 50/50 en los extraordinarios. Correa ha marcado el tablero, impone el juego y trata de garantizar que él será el único árbitro. Sísifo de las pesadillas de las multinacionales, pasa de la negociación al chantaje y vuelta a empezar. Correa aprieta pero no quiere ahogar, no vaya a ser que la inversión que quierepara su nave petrolera salga por la ventana. O peor aún, que lo haga después de haber ganado algunas de las demandas que se acumulan en ese CIADI que trata de repudiar. No quiere que se repita la pesadilla de City Oriente, que transita ya la senda abierta por la Oxy- que le demostró al ecuatoriano las líneas rojas de su baile de máscaras y ha cobrado su indemnización- y a través de la puerta del Ciadi, que ha admitido a trámite su demanda al Estado ecuatoriano por incumplimiento de contrato. Por mucho que trate de patear el tablero como Morales y Chávez e intente desconocer la competencia del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias e Inversiones, las facturas de la “yenka energética” le llueven. El “efecto Exxon” tiene en Ecuador más apellidos que el de Oxy. Burlington y la francesa Perenco son las siguientes que demandarán al país ante el Banco Mundial por irrespetar sus contratos.
El binomio, estribillo del tango del chantaje, deja poco lugar a dudas del "ahora o nunca" para Correa: las que no coman de sus recetas seguiran sin más derecho que el pataleo ante el 99% de carga impositiva, que suma ya millones de deuda. La rebaja impositiva será la zanahoria después del palo de la semana pasada, cuando castigó a las españolas (petrioleras o no)con el zapateado del desplante. Ya lo decía el presidente de Repsol, que no ha dejado de hacer cintura en Ecuador: hace falta mucha paciencia. Pero la hispano-argentina o tiene intenciones de retirarse de Ecuador. En peores plazas ha toreado.
‘Susto o muerte', amenaza de expulsión o contrato bajo nuevas condiciones a medida del Palacio de Carondelet y Correa se dispone a cantar su victoria, pírrica pero victoria al fin y al cabo. Cansado del bolero del despiste, Correa entona de nuevo el tango del chantaje y quiere que Repsol, Andes Petroleum, Petrobras, Perenco y City Oriente lo bailen con su cadencia. A pesar de que ha conseguido llevarlas al redil de sus deseos, hacerlas pasar por el aro del 99% de carga impositiva sobre ingresos extraordinarios, aceptar la recuperación estatal del 70% de las rentas petroleras (ahora tiene el 29%) y sus decretazos, Correa no acaba de encontrar el techo a sus deseos. El presidente ecuatoriano se ha tomado a pecho la militarización de su gigante petrolero. Tanto como para bailar la "yenka energética", con manu militari. Obliga a las petroleras a seguirlo en la conga de su viaje a ninguna parte, abrazadas sin condiciones a su cintura y amarradas al destino incierto de la futura Carta Magna ecuatoriana.
Influido por el viceministro de Hidrocarburos de Venezuela, ahora sirve a la mesa un contrato provisional único que servirá para migrar, después de una transición de seis meses, a un contrato de prestación de servicios, donde el Estado es dueño del crudo y reconoce los costos de explotación a las compañías. Ya puestos a pedir, Correa y su almirante petrolero esperan alrededor de 1.000 millones de dólares de inversión privada en el sector petrolero para los próximos tres años, que se sumarían a los 2.000 millones de dólares que el gobierno aprobó para este año como parte del presupuesto de Petroecuador, que en los últimos diez años ha invertido 967 millones, menos de la cuarta parte de los 4.600 millones aportados por las multinacionales, a pesar de que en las manos de la estatal están el 80% de las reservas.
Consciente de su órdago, con el próximo referéndum constitucional a la vista, Correa prepara la alfombra roja a una turbulenta Pdvsa, con la esperanza de que, si hay fuga de inversores, la venezolana salve a Petroecuador. Auxilio entre ahogados. Si a Chávez, la guerra abierta con Exxon le ha servido para insuflar nueva munición a las provocaciones y para imponer a las petroleras un "impuesto a la ganancia súbita", Correa transita las notas de esa misma partitura mil veces orquestada ya por el trío de los bolivarianos. Primero sacuden, luego denuncian. Todo para negociar en una cancha rediseñada a su medida, a través de un viaje a ninguna parte surcado de obstáculos.
Ya tiene ya la hoja de rura lista para City: primero, cobrarles 47 millones de dólares correspondientes a una ley de reparto de ganancias petroleras, que City cuestiona; segundo, obligarles a desistir de su acción contra el Ecuador en el Ciadi y tercero, establecer un mecanismo para valorar cuáles son realmente las inversiones que la compañía no han recuperado. Pero Oxy le ha enseñado ya a todas las petroleras que Correa entiende mejor que nadie, el mismo procedimiento que él aplica: primero denuncia, luego negocia.