Morales despista la crisis interna con las arremetidas contra las multinacionales
Henchido de fervor bolivariano, se ha quedado solo. Solo ante las seis provincias autonomistas, que controlan el 80% de la riqueza del país y no han dudado en decir que sí en un 85% al proyecto descentralizador con tanta fuerza como rechazan los planes marxistas centralistas del presidente del jersey a rayas. Solo ante los empresarios y los inversores que han hecho mutis desde 2006. Más solo que la una ante el espectáculo de sus debilidades energéticas y las responsabilidades incumplidas con sus vecinos. Pero, por mucho que dé la espalda al alegal fervor autonomista, enfermo del mismo mal que Hugo Chavez, embiste contra sus fantasmas internos en las carnes de las multinacionales y -condenado al fuera de juego político y económico- adorna su soledad con la arremetida de nuevas nacionalizaciones, que sirve a la mesa aliñadas con la emergencia de la crisis interna.
Morales se ha convertido en su peor rehén. Atrapado en su propia red, en el laberinto de sus debilidades energéticas, en el que se empeñó en no iluminarse con más luz que la de la obsesión soberanista. Obligado a nutrir aquello- comenzando por YPFB y ENTEL- que hasta ahora no ha podido alimentar. Empeñado en ahogar la economía nacional y cercenar las posibilidades de descentralización para incentivar al empresariado que le pide la patronal, todo con tal de cortar el oxígeno a las provincias autonomistas, las principales productoras de soja del país, las que más están sufriendo la prohibición de las exportaciones de aceite de soja. Son las mismas embestidas que condenan a las filas de Brufau a ser forzosos compañeros de viaje de la estatal YPFB, tras el acuerdo para la compra de 145.162 acciones de Repsol-YPF en Andina, por las que pagará 6,24 millones de dólares en cuatro cuotas.
Socio, el Gobierno boliviano quiere el control de la gestión y la mayoría accionarial, pero no la soledad de la responsabilidad. Por eso se ancla a la experiencia y la solvencia de Repsol YPF, que tiene un pie en los principales campos de la región, y condena a la hispano-argentina a la sinergia de la eficiencia, a jugar con una pelota regional, en un campo demarcado por los bolivarianos, con un pie atado a la bota de Morales y su YPFB y con la amenaza de que el árbitro del CIADI sea expulsado o desconocido. Pero el regalo de la cruz del matrimonio forzoso para Repsol, abocado a sostener sobre sus hombros buena parte de la industria nacional, de las responsabilidades regionales, tiene también la cara de la oportunidad de su rol del puente, del lado argentino y brasileño, a la eficiencia. La ventajosa posición de Repsol, la segunda petrolera de tierras cariocas, con un pie en Argentina y otro en Bolivia, le otorga también parte de las llaves para desenredar el triángulo de las Bermudas energético en el que YPFB ha convertido la región.
Morales se ha convertido en capitán sin timón de dos reinos irreconciliables: el de las provincias autonomistas, productoras de hidrocarburos y sede del vigor empresarial y el Alto cocalero, el de los indígenas fieles a Morales que viven de la agricultura de subsistencia en las sierras del Occidente, que lo aupó al Palacio. Morales está sentado sobre un polvorín de confrontaciones indígenas, de luchas autonomistas, de sus esfuerzos por satanizar a los empresarios y a las regiones más ricas. Su intención de poner en pie una revolución aymara a toda costa y de impulsar su Constitución a cualquier precio está empujando al país andino al borde de la quiebra social y económica. La demanda por tierras ha causado una fractura entre el occidente dominado por aymaras y quechuas, frente al oriente, donde empresarios, terratenientes y sectores conservadores defienden extensas zonas de cultivo y campos de ganadería que dan cuerda a la productividad nacional y reclaman una autonomía ya reconocida en referéndum para cuatro de los nueve departamentos. Los empresarios cruceños, que fueron los principales impulsores de la autonomía, también están enfrentados con el Gobierno central por una reforma agraria que podría hacerles perder decenas de miles de hectáreas a los terratenientes del departamento. Y es que el conflicto de las autonomías llega en un momento donde la crisis económica esta muy tensa, con problemas que afectan a la actividad y a la canasta familiar. “No quieren un presidente indígena”, insiste el mandatario ante una fractura que tiene que ver con la indefinición territorial del Estado, con la reivindicación de la capitalidad para Sucre y con el empeño en polarizar un país en el que un 50% de los electores nunca votaron su reforma.
Su revolución pretendía cuajar no sólo a espaldas de los sectores empresariales, sino a pesar de ellos. Hace dos años que Morales llegó al Palacio Quemado y la nacionalización de los hidrocarburos no ha acarreado mejores resultados económicos para el país, sus ciudadanos o sus empresas. Ni se ha aprovechado de las condiciones favorables en los mercados mundiales para el gas y los minerales, ni de la forma macroeconómica de la región gracias a una política ortodoxa que Morales quiere revertir a toda costa. Bolivia iba a ser el primero de los destinos de exportación de la revolución allende las fronteras venezolanas, un oasis en el que el discípulo más aventajado de Hugo Chávez pretendía instaurar el reino de la soberanía bolivariana, pero 25 meses después enseña una nacionalización fallida que lastra la economía y asusta al capital internacional, una nueva constitución condenada a la orfandad política y social y un país escindido. La política de confrontación de Morales no ha servido más que para ahondar sus divisiones geográficas. El occidente andino, pobre e indígena, sigue apoyando a Morales. Las tierras bajas de oriente, más prósperas y capitalistas, siguen enfrentadas a él. Y en esa oposición se le han unido Cochabamba y Sucre. A diferencia de Chávez, Morales no ha conseguido obtener una mayoría de dos tercios en su Asamblea Constitucional. Pese al auge de las materias primas y el enorme aumento del gasto público, la economía no creció el año pasado más que un 4,6%, por debajo de la media latinoamericana. La tasa de inflación ha subido al 13%. La inversión extranjera es una de las mas pobres de la década, (170.7 millones de dólares en 2006 frente a los 1.023 millones de 1998) y el desempleo se mantiene en el 12%.
Hoy la región de Santa Cruz, con 2,5 millones de habitantes, supone el 33% del producto interior bruto (PIB) boliviano, sus exportaciones representan el 53% del total del país y su nivel de desempleo y de pobreza está por debajo de la media nacional. En su territorio está el 40% de las tierras cultivadas de todo el país y bajo ellas se encuentra el 20% del gas que se extrae. Pero el de Santa Cruz es sólo el más doméstico y menor de los molinos de viento contra los que arremete Morales. No es que hasta ahora sus delirios imitadores estuvieran muy respaldados, más allá del apoyo de su mentor bolivariano, pero tras el tropezón caraqueño de la reforma venezolana y el azote de los referéndums autonomistas en su propio patio, la soledad se ha hecho una con Morales, sin respaldo en sus pretensiones constitucionales, dentro y fuera de un país con la economía, abandonada a su suerte ante la crisis institucional y asfixiada por las recetas intervencionistas. El precio del pan ha aumentado un 200% para personas que apenas viven con tres euros al día y Bolivia ha sido catalogada por Naciones Unidas como un país en riesgo de crisis alimentaria.
Sin embargo, Morales no se resiste a embriagarse de sus sueños de petróleo y gas. Inasequible a la realidad de sus miserias energéticas, se aferra a la bandera nacional, la que busca hacer de Bolivia una plataforma energética regional, a pesar de haber condenado a sus vecinos a la escasez. Y lo hace con YPFB como ariete y las multinacionales como rehenes, forzadas a bailar el paso a dos con la estatal. Para empezar, Repsol-YPF, que tendrá que compartir de su filial Andina con la mano petrolera del Estado boliviano- YPFB- la mayoría accionarial estatal y la operación mixta. Con el acuerdo con la española, el Palacio Quemado vuelve a recuperar la mayoría accionaria en 18 campos petroleros donde Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos tendrá presencia en el directorio, la junta de accionistas y la administración. Atada a su suerte, la hispano-argentina pagará su apuesta por la región. Pero no más que YPFB. Rehén de sus propias miserias, YPFB queda ahora condenada a la urgencia de acelerar un conjunto de inversiones para cumplir con sus compromisos con los mercados externos. Condenada a fomentar el talón de Aquiles de sus debilidades, ahora que como recuerda la Cámara Boliviana de Hidrocarburos, la venta forzada de las acciones de Pan American Energy y Ashmore, en Chaco y Transredes, y de CLHB a YPFB es "una decisión unilateral" que contrasta con la voluntad de negociación de las empresas y "dificulta la recuperación de la confianza de los inversores". El presidente ha anunciado una inversión de 30 millones de dólares para potenciar la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel), nacionalizada a la italiana Euro Telecom Internacional (ETI), pero guarda silencio sobre las inversiones en el sector energético.
Hasta ahora, ha nutrido sus ambiciones. Y las arcas del estado. Poco más. Antes de la nacionalización del gas natural, en mayo de 2006, Bolivia percibía ingresos por 300 millones de dólares anuales, un monto que trepó en 2007 a 1.700 millones y que este año ascenderá a los 2.500 millones de dólares. No quiere decir nada. Subida a las cabalgaduras recuperadas a la fuerza de las empresas de hidrocarburos, YPFB ha paseado hasta ahora sus debilidades. A Morales se le ha quedado grande el traje de potencia energética, aún no ha completado el camino emprendido el 1 de mayo de 2006 y, a cambio, ha conseguido en muchos momentos desabastecer a ciudadanos y pequeños empresarios; espantar a los inversores y demonizar a las multinacionales que llevaban años impulsando el sector y de los que hace depender su eficiencia. Pese a disponer de las segundas reservas de gas de Sudamérica importará 50.000 barriles anuales de su aliado venezolano. La avidez por retomar el control ha marcado el proceso. La improvisación y las inversiones congeladas son sólo la guinda que explica la triple catástrofe: el desabastecimiento interno y regional de gas licuado de petróleo (GLP), gas natural y electricidad; la difivcultad para poner en marcha una política energética global que actualice el sector; y la impotencia para cumplir los acuerdos de abastecimiento con sus vecinos.
Para un país que necesita ir más allá de la exportación de hidrocarburos como materia prima y llegar a productos de mayor valor agregado, el gran desafío era la industrialización, pero requería de la "gasolina" de grandes inversiones estratégicas del Gobierno y los municipios, supuestamente fortalecidos desde el 2006 con un superávit en sus ingresos por el incremento de la renta petrolera. La realidad es que no hubo modernización del sector eléctrico ni del gas y que ni YPFB cuenta con la logística necesaria para la distribución del GLP, ni ENDE para la gestión adecuada de la electricidad. Bolivia está atrapada en el círculo vicioso que ha entretejido la falta de política energética, la desinversión, las trabas a las multinacionales y el caos en YPFB, que necesita de 3.000 a 3.500 millones de dólares, sobre todo para producción y el transporte. Pero a la luz de la inestabilidad rampante y los planes de futuro de Morales, las multinacionales- que desde 1996 invirtieron más de 4.600 millones de dólares en la búsqueda de hidrocarburos y lograron multiplicar por nueve las reservas conocidas- se lo piensan dos veces con sus recursos.
La Paz no esconde ya sus miserias. Lo ha dicho el vicepresidente boliviano: faltará gas para Argentina y Brasil en lo más crudo del invierno. Bolivia apenas podrá producir 40 millones de metros cúbicos diarios y Brasil y la Argentina le demandan más de 37 millones, a los que hay que agregar el suministro interno, que es de entre 6 y 7 millones. La solidaridad energética regional ha topado con las fronteras de la eficiencia bolivariana, la pieza débil del triángulo. Brasilia y Buenos Aires ya sólo aspiran a poder seguir esperando. Su alianza estratégica no es mucho más que tratar de obligar a Morales para que administre sus miserias revolucionarias y cumpla los acuerdos regionales, al menos en tanto Lula y Cristina encuentran fórmulas alternativas, ya pasen por Caracas o por París. Morales y su impotencia para servirle más de 37 millones de metros cúbicos a Brasil y Argentina han echado a Cristina Kicrhner en los brazos de Lula y del poderío de Petrobrás y cuajaron la dependencia de las dádivas eléctricas brasileñas en momentos de mayor consumo argentino. De Bolivia procede más de la mitad del gas natural consumido por Brasil y sus debilidades son contagiosas. La petrolera brasileña necesita aumentar el gas suministrado a las termoeléctricas y, si las condiciones no cambian, su origen no serán los campos bolivianos. Su dependencia de La Paz no ha hecho más que acentuar sus problemas de autonomía. Petrobrás, tras admitir que le resulta dificultoso hacer frente a la expansión del consumo brasilero, que se abastece en gran parte del gas proveniente de Bolivia., tuvo en 2007 que reducir 17% el suministro de gas a Río de Janeiro y San Pablo y priorizar el abastecimiento del combustible a las centrales térmicas. La esperanza del gas boliviano es cada vez más problemática. Brasil consume todo lo disponible y para que se amplíen las reservas debería caer sobre Bolivia una catarata de inversiones. Morales- a la vista de la imposibilidad de YPFB para cumplir sus compromisos gasistas, ha venido a dejarle en bandeja al brasileño también la llave del alivio energético- por la vía eléctrica- de Argentina.
Pero la ventajosa posición de Repsol, la segunda petrolera de tierras cariocas, con un pie en Argentina y otro en Bolivia, le otorga también parte de las llaves para desenredar el triángulo de las Bermudas energético en el que YPFB ha convertido la región. Cristina y Lula lo saben. Brufau también.