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Publicado el martes 10 de junio de 2008
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La telaraña de Gazprom se hace fuerte en las grietas de Europa

A. Zarzuela.– Por ambiciones que no quede. La gasista rusa aprovecha la llegada al Kremlin de Medvedev, su antiguo jefe, y despliega sus garras, las de las reservas, las del comercio y las de la distribución en el corazón del centro, norte y este de Europa, a la vista de que las del accionariado se las ha puesto difícil la ‘claúsula anti-Gazprom' de los Veintisiete para evitar su avidez geopolítica, la única en la que han sido capaces de confluir la dependencia germana del gas, los miedos polacos al poderío moscovita y los ensueños estatalistas de París, Berlín y Roma, que mueven ficha al calor de EDF, o de la italiana ENI.

Gazprom pesca, sin prejuicios, con los mismos cebos que la argelina Sonatrach en los predios del Mare Nostrum, en las aguas revueltas y los ánimos inermes de la Unión. Ante las luces rojas de los augures de un tercer ‘shock'  internacional del petróleo. Y ante el concierto energético desafinado de la UE. El Kremlin quiere hacer de Moscú "la capital financiera del mundo" y de Gazprom su embajadora energética. Hace ya mucho que ejecuta ese rol. Y aspira a que la UE no sea más que otro consulado de ese poderío. Como el hielo, penetra y rasga sus costuras para expandir sus tentáculos. Colecciona dificultades en el Mediterráneo, pero no se resiste a hacer de su desembarco en Galp la llave del mercado ibérico. Pero sobre todo, Gazprom se cuela en la UE por el arco del triunfo berlinés, a través del gasoducto Nord Stream, llamado a cubrir hacia 2015 hasta el 25% de las necesidades de la Unión en las importaciones adicionales del gas natural, por mucho que el Parlamento Europeo y los países bálticos se opongan a su avance.  Alemania- con un volumen de intercambio anual de 50.000 millones de euros con Moscú-, le ha reabierto las puertas a Gazprom con la oposición franco-germana a la segregación de las energéticas y le tiende la alfombra roja a la arteria de su penetración en la Vieja Europa.

Pagan las facturas. Merkel ya ha comenzado a hacerlo: tras la última subida de un 25% en 2008, el precio del gas podría subir en Alemania este año un 40%, y un 75% en un año. Los países del sur pagarán en carne propia con la competencia al gasoducto Nabucco, financiado por la UE y EE UU. Y BP, si se consuma la entrada de Gazprom en el 50% del capital de KPN, pagará su alianza con el incómodo compañero de viaje. Poco para Médvedev, que no se resiste a pasar nuevas facturas conjuntas a los Veintisiete, ahora que promete retomar las negociaciones para un acuerdo de cooperación con Bruselas, bloqueado durante una década. Las servirá a la mesa en Siberia, en la Cumbre UE-Rusia de final de mes.

Gazprom despliega sus tentáculos y afina sus objetivos: aprovechar la revalorización de su gas, hacerse con márgenes adicionales en la cadena de negocio y desarrollar experiencia en ventas directas a clientes finales en los mercados europeos. Ahora que la sarkodiplomacia nuclear mira al Mediterráneo y las viejas colonias africanas y que Londres, Berlín y hasta Roma redescubren las bondades de la nuclear, Rusia jura trabajar para mejorar las vías de conducción de energía. Más le vale. Las promesas convergen en el gasoducto del Báltico, serán lentejas para Berlín y compañía a partir de 2011, por mucho que Polonia y los escandinavos pongan ‘peros' a las licencias de la red y aunque se dificulte la disponibilidad de las empresas participantes de movilizar fondos adicionales en un tendido bajo el mar cuyo coste  podría llegar a 5.000 a 8.000 millones de euros.

Moscú saca brillo a su poderío y a sus glorias pasadas en la pechera de la gasista. Aprovecha el humo del desabastecimiento, las huelgas que sacuden el corazón de una Europa atónita ante el alza del crudo y sus derivados. La hija de las glorias soviéticas y la privatización de Boris Yeltsin estrena campo de juego para la ‘era Medvedev'. Gazprom se ha convertido en la tercera compañía mundial en capitalización de mercado (340.000 millones de dólares) después de que Dmitri Medvédev, asumiera el 7 de mayo la jefatura del Kremlin. Y produce anualmente 540.000 millones de metros cúbicos de gas, más que EE UU y casi el 20 % del total mundial. Teje su telaraña con hilos propios y ajenos, ahora que quienes dependen de su suministro quieren escapar de la red de su dependencia. Tiene reservas, ambiciones, la mano de hierro de Putin y Medvedev y la alianza germana, ahora que utiliza a Schröder como introductor de embajadores. Añejas ambiciones; viejos nuevos aliados como Georgia o Serbia y un chivo expiatorio sobre el que cargar las tintas: Washington, al que no duda en culpar de la crisis financiera mundial. Todo vale. Llega a donde otros no quieren llegar, pasando por Teherán.

El ejemplo de Ucrania ha dejado a ojos vista cómo se las gasta Gazprom. Ya lo hizo bajo los auspicios de Medvedev. Y promete seguir ahora que su patrón está en el Kremlin. Cerca sus opciones en Europa. Tapona sus salidas. Y se apodera de sus entradas.  Putin ha intentado interrumpir el avance occidental, utilizando el Mar Negro y Serbia como zonas de ruptura y con la energía como arma privilegiada. Todos los países de Europa centromeridional han firmado acuerdos bilaterales con Rusia sobre suministro energético. Algunos se han unido al proyecto del gaseoducto ruso South Stream, que hace la competencia al Nabucco, financiado por la UE y EE.UU.

Gazpom controla la producción y la exportación rusas y no se resiste a ser la reina del transporte, aún cuando pasa por territorios ajenos. Lo ha demostrado con la construcción del Sistema de Oleoductos del Báltico BTC-2: una ruta de 1.300 kilómetros que supone un intento de diversificar sus rutas de exportación para reducir su propia dependencia de redes de transporte soviéticas como el oleoducto Druzhba (Amistad),  en respuesta a la ‘deslealtad' del bieloruso y  a los esfuerzos de la UE y de su antigua órbita- desde Turkmenistán a Ucrania- por zafarse de su alargada sombra. En la Administración rusa dudan de que haya suficiente crudo para llenar el nuevo oleoducto, pero Putin confía en que los nuevos incentivos fiscales a las petroleras permitirán incrementar la producción en 60 millones de toneladas de crudo anuales. El BTC-2, con capacidad de 50 millones de toneladas por año, costará 2.000 millones de dólares y deberá estar construido en 2015.

Llamada a suministrar a Europa hasta 30.000 millones de metros cúbicos anuales de gas natural nigeriano a través de Níger y Argelia a partir de 2015, aprovecha cualquier resquicio. Lo hace por la puerta nigeriana en el transahariano y por la ventana argelina con Sonatrach, ahora que el gasoducto de Medgaz,- llamado a convertirse en la autopista del poderío ibérico y europeo de la argelina - ha comenzado el tendido submarino entre Almería y Beni Saf. Y que ambos alimentan a cuatro manos los planes de una OPEP del gas pilotada desde Moscú. Penetra por el arco del triunfo alemán. Por las grietas de Serbia- que a pesar del acuerdo con Bruselas se echa en brazos de la rusa y pone la alfombra roja no sólo al paso de un gasoducto hacia Europa, sino  de la adquisición por Gazprom del 51% del monopolio nacional NIS. E incluso de Ucrania, aprovechando el divorcio entre Yuschenko-que propone crear una alianza de los transportadores del gas para mover hidrocarburos a espaldas de Rusia - y Yulia Timoshenko,  partidaria de arreglar la disputa del gas con Moscú prometiendo frenar el ingreso de Ucrania en la OTAN.

La barrera de la claúsula ‘Gazprom' la que busca restringir el acceso de empresas extrazonales a los sectores de energía y combustibles y recomienda "cláusulas de reciprocidad" que excluyan países como Rusia o Saudiarabia, donde las empresas de la UE "afrontan severas restricciones para invertir", no será obstáculo para los resortes de la rusa, que, sin necesidad de participación empresarial, sin plato en la tarta accionarial de las grandes energéticas europeas, ha conseguido hacer valer sus reservas y sus gasoductos, en un laberinto amueblado a medida en la Vieja Europa y Eurasia. Un circuito del que se enseñorea -por las buenas o por las malas- el gas ruso. Aprovecha la heterogeneidad europea, donde- gracias a Sarko y Merkel- convivirán en la UE tres modelos: la separación patrimonial, que está ya vigente en países como España y Reino Unido; el sistema de operador independiente, basado en el modelo escocés, y que consiste en que los grandes grupos energéticos puedan seguir conservando la propiedad de la red pero cediendo su gestión a un operador independiente; y la 'tercera vía', propuesta por Alemania y Francia y que permite que sigan existiendo empresas verticalmente integradas.

Por si acaso, su Plan B está sobre la mesa. En caso de prohibición -hipotética- de las obras de construcción de Nord Stream, Rusia podría elegir nuevas rutas de transporte de gas, advierte el jefe de departamento Due Diligence de la compañía 2K Audit, Alexandr Shtok. Por ejemplo, Gazprom podría optar por la construcción de una planta de licuación de gas y vender el GNL a Norteamérica, en vez de exportar el gas natural a Europa.