Monitor de Latinoamérica
Lula chapotea en las contradicciones de la ambición brasileña
-Colombia pone la pica del etanol en EE UU
Está henchido. De energía -el crudo, el etanol y la nuclear-, de capitales, de planes industriales y de ansias políticas y militares. Extiende la telaraña en toda la región -y más allá, en los predios de los BRIC- y no duda en hacerlo con Petrobrás como ariete. Pero sus esfuerzos como embajador del etanol y rey de la nuclear latinoamericana lo confinan en el laberinto de la esquizofrenia político-empresarial. Corre el riesgo de acabar siendo un embajador esquizoide, condenado a disparar a Petrobrás con las bengalas en defensa del etanol y los cohetes de sus aspiraciones nucleares. Lo ha hecho ya, culpando al precio del crudo -con la misma intensidad que las subvenciones agrícolas en EE UU y la UE- de la crisis alimentaria y la epidemia inflacionaria y a Petrobrás de las dificultades para consumar su idilio energético con Pdvsa. Señor de las contradicciones, baila con ellas, trata de surfear en oleajes opuestos. Pero puede acabar ahogado en un golpe de mar, del estallido de la burbuja del capital, de la inflación y de las zozobras del sector exterior; en el pinchazo de su revolución del etanol, en la pesca sin presa de sus alianzas energéticas con Cuba y Venezuela y en el torbellino de las ensoñaciones que comparten él y Gabrielli, que hasta ahora le pasan a las cuentas de Petrobrás las facturas de sus sueños de grandeza. Lula ha encontrado las fronteras de sus contradicciones: un filtro fiscal para desinflar la euforia y salvaguardarse de la resaca de las burbujas de la fiesta del capital variable; un 70% de carga tributaria para las petroleras que acudan a la verbena del oro negro brasileño; uno de los tipos de interés más alto del mundo para intentar ponerle puertas a la inflación que no deja de nutrirse del gasto público y las tentaciones paternalistas. Y la urgencia de reducir a cero los aranceles a la importación de productos industriales -para ponerle coto a los precios- y descuentos fiscales para estimular las inversiones.
Tiene ínfulas de Napoleón, pero está condenado a dirigir ejércitos energéticos, monetarios, bursátiles e industriales rivales. Contradicciones, la de su grado de inversión; la de la confrontación con un Chávez del que no puede prescindir, la del uso de una Cristina de la que depende; la de las lecciones a un Morales al que no puede darle toda la espalda. Y la del coqueteo a dos bandas, con Washington -en el que busca el futuro de su biocombustible- y Bruselas, ante la que quiere ser el adalid de la Asociación Estratégica con la UE que se debería consumar en menos de un año. Lula da alas al etanol a pesar del pinchazo de su ‘revolución’. Pero ahora que el biocombustible carioca purga sus penas en el banquillo de los acusados de la FAO y en el sillón de los olvidados de Bruselas y Washington, Lula ha dejado el sombrero verde y se viste de ‘oro’ y ‘negro’. Castiga a la petrolera de bandera brasileña, pero se aferra a su músculo exportador y al atractivo de su tirón bursátil y espera de ella los galones de la gloria energética, industrial, y hasta militar, ahora que el gigante petrolero- presa de los ecos de Pdvsa- estará obligado además a ser el motor de las inversiones en tecnología y desarrollo y a financiar a la Marina de guerra en la adquisición de equipos por 5.000 millones de dólares si quiere protección para las plataformas submarinas, que para Lula no dejan de ser ‘patrimonio nacional’.
Brasil, embriagado por el cuento de la lechera de los nuevos hallazgos petroleros y ávido de ingresos, juega con sus galones: es uno de los veinte mayores exportadores de crudo y no quiere perder el boom de las commodities. Quiere ingresar a la OPEP, atesora la llave del MERCOSUR y, llevado de la mano de Petrobrás, sueña con convertirse en el epicentro energético al sur del Río Grande. La nueva calificación crediticia abre el juego para modificar el mapa de inversión regional. Lula mueve ficha con los tentáculos ajenos y la bandera en ristre de su atractivo inversor, que permitirá a los empresarios locales financiarse en la Bolsa de Sao Paulo, mejorar la atracción de capitales y reciclarlos hacia otros países. Está decidido a ponerle alfombra roja al desembarco exterior de las trasnacionales brasileñas- con Petrobrás en cabeza- en sectores estratégicos como el combustible, acero y cemento.
Pero las contradicciones de su ambición pueden frenar al gigante carioca. Lo hacen, ya. No deja de alimentar su revolución bioenergética y promete una segunda generación de etanol celulósico con producción a grane escala en tres años. Pero la que iba a ser la gallina brasileña de los huevos de oro no despega. Los aranceles, el poderío del real, las dificultades de suministro, el alza del precio del azúcar, las dudas en el mercado internacional sobre la dimensión de las ventajas de este biocombustible, y los recelos estadounidenses y europeos a comprar con las condiciones ventajosas que Lula quiere para sus productos. Todo se ha aliado en contra. Lula no depone la bandera de su algarada, pero se entrega a la ebriedad del crudo. Reclama a la ONU la ampliación de su plataforma continental de 200 a 350 millas. Le basta mirar al caramelo de sus recién descubiertas reservas de Tupí y las de Santos, los mismos que prometen duplicar las reservas del país, para jurar que Dios es brasileño. El ministro de Minas, ebrio por los precios de las últimas subastas de bloques petroleros en Brasil, es el primero en reconocerlo: "la vaca del crudo debe dar más leche". Aunque se convierta en el trago más amargo para su propio sector exterior, al que consuela con la bombona de oxígeno del plan para reducir los impuestos a sus actividades.
Petrobrás es la niña bonita de la promiscuidad geoestratégica de Lula. Once años después de haber permitido el ingreso de inversionistas privados, la compañía que preside Gabrielli le ha pagado a Brasil el peaje para entrar al club de los grandes productores de petróleo. Los parqués- tanto los de Sao Paulo como Wall Street- han premiado sus dimensiones: ha subido un 42% desde sus mínimos de marzo, y sobrepasó en capitalización bursátil a Microsof, convirtiéndose en la sexta mayor empresa del mundo por valor de mercado. Mira a la exportación: estima una producción diaria de 2,8 millones de barriles de petróleo para el 2015, en tanto que el consumo interno para ese año está calculado en 2,3 millones de barriles diarios. Petrobrás se frota las manos pensando que la compañía se transformará en la tercera empresa del mundo por detrás de Exxon Mobil (EEUU) y British Petroleum. Y podrá mirar por encima del hombro a PDVSA. Lula -el ‘rey del etanol'- hace lo propio, calculando que su país podría estar en un lugar más próximo a Nigeria y Venezuela y tendrá en su mano una nueva baza para reorganizar el mapa regional de la energía. Pero baila la samba de sus aspiraciones con los pies en el barro de las miserias, las regionales y las propias. Petrobrás no puede dejar de reconocer que en su descenso de beneficios tienen mucho que ver los problemas operativos en las plataformas marinas y un incremento menor al esperado en la producción de crudo y gas. Y el ‘caramelo' de los nuevos pozos la obliga a navegar aguas desconocidas en desafíos técnicos y de costos.
Con el músculo económico y comercial brasileño en plena forma, el brasileño ha dado un paso atrás y mima su nuevo rol, el de mediador que no se casa con nadie, pero es capaz de coquetear con la misma intensidad con Washington, con Caracas y con Buenos Aires. Pesca en todas las aguas. Trata de hacer capitanía de los BRIC, pero no duda en proclamar que Impulsa inversiones en África para expandir la presencia de Petrobrás- que tiende sus alas a la exploración en la costa angoleña- y frenar al despliegue del gigante asiático. Mira a Washington, pero con un ojo puesto en La Habana. Desde su visita a predios de Raúl Castro, Lula no oculta que quiere convertirse el socio número uno del ‘día después' del régimen cubano. Y ha comenzado a hacerlo por la puerta de Petrobrás, que se unirá en la zona cubana del Golfo de México a proyectos de siete países, entre ellos uno de Repsol-YPF, que tras una primera perforación en 2004 en ese sector, halló depósitos de crudo, pero de explotación incosteable y reanudará la búsqueda el año próximo. Cuba y Brasil preparan además la creación de una empresa mixta para producir lubricantes, así como acuerdos para asesoría técnica y entrenamiento de personal.
A Lula, los desmanes de Chávez se lo han puesto fácil en el desfile de sus glorias petroleras. Pero con los vecinos no gana para dolores de cabeza: Evo Morales, con las limitaciones de su suministro, a pesar de que Petrobrás no deja de invertir en tierras bolivianas. Ecuador, con la fusta de las amenazas y las denuncias. Venezuela, con las limitaciones de los recursos para hacer frente a sus asociaciones. El Gasoducto del Sur está en el congelador. Finalmente, la participación de Petrobrás en el campo venezolano de Carabobo será en el mejor de los casos, de sólo un 10%. Aún no se han determinado los detalles del proceso de producción y distribución de combustible de la refinería José Abreu e Lima, en Recife, esa misma que Chávez presenta como la joya de su dote a los ojos de su padrino brasileño. Pero desde su génesis, desde que hace tres años Pdvsa y Petrobrás comenzaron a cocinar el acuerdo, ese 40% con el que Caracas debe participar en los 4.050 millones de dólares de coste total está más que enmarañado.
Y, aunque el idilio energético con Cristina ha quedado en el congelador, saca partido a las debilidades energéticas y a las alimenticias. De los 15.000 millones de dólares que Petrobrás piensa invertir hasta 2012, ha comprometido 2.800 millones para la tierra de los Kirchner, el segundo mayor desembolso después del de EE UU. Ya han reactivado el proyecto binacional para la central hidroeléctrica de Garabí, cuya construcción, prevista para 2008 costará 1.800 millones. Y anuncian que se embarcarán juntos por la senda de la energía nuclear. Pero Petrobrás tendrá que sudar para cumplir sus promesas a CFK: aumentar un 10% su suministro de gasoil para satisfacer el abastecimiento del mercado interno. Y hacerlo con una mano a la espalda, amarrada por las restricciones de los Kirchner a las petroleras multinacionales.
FIESTA DE LAS CONTRADICCIONES
Contradicción, también la de su ‘party' de capitales. Acciones sobrevaloradas, huida de las OPV y una entrada masiva de capital extranjero hacen temer una 'explosión' del que se ha convertido ya en el índice más rentable a escala mundial. Desde el día en que Lula fue electo en el 2002, la bolsa de Brasil ha ganado un 1.600%. El brasileño no ha tenido más remedio que convertirse en el cancerbero del miedo de la fiesta del capital, que comienza a ser cara para todos. Pasa las facturas a los inversores, que han abandonado los guateques europeos y norteamericanos. Cara, para las recomendaciones de los analistas, que, a la luz del elevado PER y ante la sospecha de que está sobrevalorada, pliegan las velas de la euforia: el porcentaje de expertos que recomendaban comprar acciones de la región en mayo cayó al 54,9%, frente al 57,5% de abril. Con las velas henchidas por Vale y Petrobrás, el índice Bovespa sumó una revalorización del 5,8%, elevando su rentabilidad anual al 12%, frente a las pérdidas que los grandes selectivos mundiales registran en 2008. La samba del capital variable comienza a recibir las pedradas de los mirones. Algunas tan poco desinteresadas como las de Citigroup, que asegura que el Bovespa puede caer hasta los 65.000 puntos a finales de agosto, ante la previsible aceleración de la inflación y la subida de las tasas de interés por parte del Banco Central
La fiesta se enfría, lo hacen los invitados, pero también los anfitriones. La entrada es cara ya para Brasil que, tan sólo un mes después de la última subida de medio punto, ha subido la tasa Selic un 0,5%, hasta los 12,25%-uno de los tipos nominales más altos del mundo- al calor de las previsiones inflacionarias, que- estimuladas por la demanda de los consumidores y los precios de los alimentos y las ‘commodities'- no encuentran techo. La expectativa de inflación medida por el Indice de Precios al Consumidor Amplio (IPCA) en el 2008 subió a un 5,48%, desde un 5,24%, lejos de las líneas rojas del 4,6% del gobierno y las instituciones internacionales.
El brasileño no quiere terminar envenenado por la ebriedad de sus propias mieles. La mejora del Riesgo País de Chase-JPMorgan y de Fitch han sido sólo el aperitivo para el ‘investment grade' de S&P, el pasaporte para el exclusivo club de las 14 economías más seguras para la inversión y el preludio de una oleada valorada en más de 10.000 millones de dólares en dos años. Bendiciones, pero envenenadas. Tanto como para blindarse ante ellas y pensar en edificar el filtro de un muro fiscal al capital financiero. El sacudón bursátil obliga al anfitrión a tener un ojo puesto en el vecino del norte y otro en los invitados más incómodos: la propia inflación, la apreciación monetaria, la dependencia del valor de las commodities y del "humor" de los vecinos. Los antecedentes de México y Corea del Norte le recuerdan que el ‘investment grade' no inmuniza a su economía contra la crisis, por más que sea la décima del mundo. Lula congela el "momento mágico", mediante el fondo soberano de 20.000 millones de dólares, lo blinda de las iras del sector productivo y las exportaciones y, aprendiz de demiurgo, pone alfombra roja a la euforia de las grandes trasnacionales brasileñas, que, impulsadas en el trampolín del real, aprovechan las olas para exportar la fiesta, captar capital y créditos y desembarcar en las playas de los sectores estratégicos de todas las economías del vecindario.
Condenado a la cuadratura del círculo, a sostener la alegría de una fiesta de la que es anfitrión sin espantar a los inversores, ni movilizar a las calificadoras de riesgo, que llevarían a lejanas tierras los recursos, tocando otra dulce melodía, Lula se conforma por ahora con compensar, con el premio de consolación de su festival, a los "vecinos damnificados": los consumidores locales y los gremios productivos brasileños- encabezados por los empresarios textiles, la siderurgia y el sector agrario- que le atribuyen sus zozobras, el riesgo para la industria local, la rebaja de las exportaciones, la merma de la competitividad y la creciente dependencia de productos importados a la subida de la moneda local, alimentada por la euforia carioca, la debilidad del billete verde y el diferencial de los tipos de interés nacionales con los de los mercados de EE UU y la UE.
La fiesta del capital puede acabar en el alter hours de la inflación, la fuga de capitales golondrina y la resaca de los mercados locales, vestida de "enfermedad holandesa". Y en sobredosis de flujos de inversión, con el real ‘embriagado' y por las nubes. Si la fiesta termina sólo quedará el sabor a riesgo monetario y el dolor de cabeza de las presiones inflacionarias que ya acosan a Lula. Lo sabe bien. Sólo tiene que mirar a Argentina, que aún recuerda la pesadilla de los capitales golondrina en la crisis de 2000.
Colombia pone la pica del etanol en EE UU
Discreta, pero certera. No ha podido cuajar su desembarco en Washington por la puerta de la TLC. A medida que Bush quema sus últimas semanas en la Casa Blanca se hace más patente que el ‘pato cojo' y la mayoría demócrata del Congreso serán capaces de condenar al limbo al Tratado de Libre Comercio con Colombia. El aterrizaje de las aspiraciones de Uribe en EE UU no llegará por la puerta del libre intercambio, sino del etanol, adelantando por la derecha a la revolución bioenergética carioca. Si Lula jura que el Dios del petróleo es brasileño, su deidad verde se ha convertido en un ángel caído, que en lugar de sueños trasatlánticos y las promesas de Bush de una OPEP del etanol sólo colecciona derrotas y aranceles en Europa y en EE UU y nuevos competidores en Colombia, Argentina y Perú. Lejos queda la pretensión estadounidense de pedirle apoyo a Lula para formar una OPEP del etanol en torno al eje Washington-Brasilia; lejos las promesas de una Comisión Interamericana de biocombustibles. De poco le ha servido al Palacio de Planalto la fiebre de los biocombustibles que desde hace meses ha poseído a la Casa Blanca y el Congreso, deseosos de superar la dependencia energética de un país que importa el 60% del petróleo. Es cierto que Washington propone como objetivo alcanzar los 135.000 millones de litros de etanol en 2017, pero sólo Lula y Bernanke creen que debe ser etanol brasileño a base de caña de azúcar- más barato y menos contaminante- antes que el bioetanol a base de maíz producido en EEUU. EE UU necesitará importar más etanol de caña para cumplir el mandato de duplicar el uso de energías renovables en 2012 y multiplicarlo por 12 en 2022. Y en Washington se habla más que nunca del etanol de caña, pero el interés no se está traduciendo en inversiones en Brasil. Menos aún en compras.
La maldición del "pato cojo", el recelo del capital y el proteccionismo pesan más que la sintonía entre los dos líderes en la producción de biocombustibles y las promesas de Bush. La Casa Blanca se ha negado a hablar de la reducción del arancel de 54 centavos por galón a la importación de etanol brasileño y en el Congreso no hay interés ni de demócratas ni de republicanos por tomar medidas que enfaden a los agricultores a las puertas de las presidenciales y que la renovación del arancel, en diciembre de 2009, caerá por su propio peso. Washington ha encontrado el atajo al etanol de caña. Si todo sale como está planeado y como ha resultado hasta ahora, a mediados del próximo año en un remoto pueblo de Louisiana la industria colombiana podrá celebrar un hito para su historia: haber producido el primer galón industrial de etanol extraído de caña de azúcar en Estados Unidos. De acuerdo con las proyecciones de Louisiana Green Fuels (LGF), la compañía matriz que adelanta el proyecto, en cinco años el complejo estará produciendo 100 millones de galones de etanol. Aprovecha el apoyo del gobierno de un estado como Louisiana que tiene una urgente necesidad de recuperarse económicamente de las devastaciones de los huracanes Katrina y Rita; la tendencias positivas del mercado de biocombustibles y, lo más importante, la experiencia de 10 años de la industria azucarera en la producción de etanol. Como parte de la negociación, LGF se acogió a una emisión de bonos de desarrollo industrial del estado de Louisiana por un total de 133 millones de dólares.