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Publicado el jueves 26 de junio de 2008
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Bernanke y Trichet se acomodan juntos en la trinchera anti-inflacionaria

Pisa el freno. Jura que lo peor ha pasado, que el fantasma de la recesión se hace sombra ya en el epicentro estadounidense. Y, para demostrarlo –y sobre todo evitar que los efectos secundarios de ocho meses de su ‘tratamiento de choque’ se le echen encima- promete enfriar su manguera de bombero de los mercados, aparcar por primera vez desde agosto su campaña de bajadas de tipos-  que ha llevado el precio del dinero desde el 5,25% hasta el 2% actual- y mirar con lupa a la inflación y la debilidad del billete verde. Del brazo de Trichet- al que la inflación se lo pone tan fácil como para abrirle la puerta a la subida de tipos el 3 de julio-, decidido a aminorar el desencuentro con la trinchera del BCE, Bernanke se recoloca el sombrero de guardián la estabilidad de los precios y el crecimiento sostenible. Y lo hace con la mirada puesta en el horizonte de la subida de tipos. Pero para el nuevo ‘halcón’ de la Fed, levantar el vuelo alcista tiene precio en una economía que aún acusa el impacto de la crisis financiera.

Heredero del pánico hiperinflacionista del Bundesbank, el único objetivo del BCE es combatir la inflación y Trichet está dispuesto a aferrarse a dos manos a ese mandato. La inflación y el euro tejen la alfombra roja a los anhelos antiinflacionarios del presidente del BCE, ésos en los que se atreve a emular a Australia y Suecia y soñar que los tipos de interés suben en la Eurozona. Autoinvestido caballero de la estabilidad monetaria, mirada al frente, el galo hace valer sus predios y pasea su escudo más clásico, el de señor de la contención de precios. La última radiografía del "monstruo inflacionario", la que procede del diagnóstico del propio BCE, se lo pone más fácil. Se lo ha puesto tan fácil que le permite cocinar el sueño del adalid del rigor monetario y la política de precios: la subida de un 0,25% en los tipos que acaricia ya para la reunión del BCE de la próxima semana. No será hoy ni mañana, pero la puerta está ya abierta. No  rebajará por debajo del 4% que mantiene desde junio a no ser que la desaceleración de las economías del corazón de Europa derive en un descenso de la inflación en la zona euro, algo que ni los analistas ni sus compañeros del BCE consideran probable a corto plazo.. S aferra como un mantra al mismo mensaje que ya repitió tras la última reunión del Consejo de Gobierno del BCE el 5 de junio: los riesgos para la estabilidad de precios "han aumentado" como consecuencia de la escalada en los precios del petróleo y de los alimentos y la institución mantiene un grado de "alerta máxima" en la lucha contra la inflación los riesgos para la estabilidad de precios. El BCE está decidido a "impedir los efectos de segunda vuelta.

Trichet camina en la cuerda floja, un estrecho desfiladero jalonado a un lado por la embestida de la inflación de la zona euro en el 3,6% interanual -el nivel más alto desde la existencia de la unión monetaria, muy lejos del objetivo del 2% -y, del otro, por la crisis financiera, con las tensiones crediticias consiguientes y las amenazas al crecimiento en el corazón de la Vieja Europa, que late ya con arritmias en Francia, Gran Bretaña y Alemania.

En su trinchera, Trichet ha comenzado a hacerle espacio a Bernanke, ahora que el piloto de la Fed coincide con él, con MAFO y con Masaaki Shirakawa, gobernador del Banco de Japón, en que es necesario trabajar juntos y coordinar actuaciones para garantizar la estabilidad de los precios y la salud de los mercados financieros.

Señor de la inflación y del miedo, el presidente del BCE se  ha puesto cómodo. Pero aún tiene que digerir en tierras europeas el diferencial de tipos con EE UU, que no hace más que darle cuerda a la inflación y la debilidad del billete verde, que nutre la fortaleza del euro y se lo pone aún más difícil al sector exportador galo y germano. Señor de la inflación, Trichet lo será también de la contención del euro. El poderío de la moneda común llama, de la mano de las dificultades para el sector exterior, a la puerta del BCE y el galo no puede dejar de mirar de reojo a Bernanke y sus recetas.

Ambos quieren subir los tipos de interés oficiales para restringir el acceso al crédito y enfriar la escalada de precios provocada por el encarecimiento del crudo y de los alimentos; pero todavía tienen miedo al rebrote de la crisis financiera y a su impacto en la economía real. En Europa, las subidas de tipos ayudarán muy probablemente a reducir la inflación, pero pondrán muchísima presión en los países con crecimiento más débil. Del otro lado del Océano, Ben Bernanke ha mudado su chaqueta de ‘paloma' por la de ‘halcón' de los bancos centrales. Su ascenso al ‘purgatorio' de las autoridades monetarias insufla aire a los mercados, sedientos de gestos y de liquidez a ambos lados del Atlántico. Aunque no tanto como para olvidar que la Fed ha quemado gran parte de su munición excepcional con inyecciones de liquidez, el intercambio de bonos del tesoro por activos de peor calidad y el rescate de Bear. La Fed, a golpe de la recetas de emergencia de Bernanke- inyección y bajada de tipos- ha contenido el germen de la recesión y ha tratado de irrigar a mansalva píldoras de tranquilidad y liquidez para la gripe del miedo y la sequía de los mercados. Pero las costuras de la crisis han comeenzado a estallar por otros lados. Entre otros, en los predios del oro negro. Bernanke ha sembrado vientos y recoge tempestades. En carne propia y ajena. Las rebajas de los tipos han debilitado el dólar e impulsado los precios de las materias primas, con el consiguiente incremento de las presiones inflacionistas. La violencia monetaria ejercida por la Reserva Federal desde septiembre ha terminado trasladándose al sistema económico global, en el que la epidemias de la inflación, la agflación y la estánflación acechan a las economías occidentales. Los flujos de capital comienzan a salir de EEUU.

La Fed entona su adiós a la relajación de la política monetaria, al traje de bombero de los mercados y de ‘pirómano' por necesidad de la economía. No en vano, el IPC de EEUU de mayo se ha disparado hasta el 4,2%, por encima del 3,9% de abril.  Que la Fed endurecerá su política monetaria en los próximos meses se da prácticamente por hecho. Donde todavía quedan dudas es en el "cuándo" llegará ese momento. Dada la incertidumbre sobre los riesgos tanto al alza como a la baja, la Fed probablemente siga sin cambios por tiempo indefinido. Bernanke ha comenzado a desgranar las pistas para preparar la subida de tasas: la economía recibirá pronto el empujón derivado del estímulo fiscal, la inflación probablemente suba a corto y las expectativas de IPC a largo plazo de los consumidores han crecido a su mayor nivel en trece años. Los pedidos de bienes de capital bajaron en mayo menos de lo previsto. Pero por el lado pro mantenimiento de tipos, la confianza de los consumidores está en mínimos de 35 años y la escalada de precios de la energía puede tener más impacto frenando el crecimiento que elevando los precios. Las ventas de casas unifamiliares nuevas disminuyeron un 2,5 por ciento en mayo y han caído más de 40 por ciento respecto del mismo período del 2007. El mercado y los analistas descuentan que, a la luz de este panorama, julio o agosto puede ser pronto para una subida de tipos, pero la de septiembre se da por probable. El mercado sobre los futuros del precio del dinero en EEUU descuenta una escalada de los tipos desde el 2% actual al 2,5% antes de fin de año, con elevadas posibilidades de que acabe en el 2,75%.

A estas alturas de la tormenta, ni Wall Street ni los analistas ni los inversores se atreven ni siquiera a desear nada diferente a la permanencia de los tipos. Sólo un desastre lo impedirá. Muchos inversores no desean que el precio del dinero suba porque creen que la economía se encuentra todavía en estado de fragilidad. Pero con el precio del crudo en casi 140 dólares por barril; las elevadas tasas de IPC, que probablemente se elevarán a corto plazo; las expectativas futuras de inflación; la claridad con la que ha habla Trichet y el viraje retórico de la Fed en las últimas semanas, una cosa ha quedado clara: si Bernanke vuelve a aplicar su tratamiento de choque- ya sea la cirugía de urgencia a los tipos, o las inyecciones de liquidez masiva a los mercados- será la señal de que el ‘cáncer' del sistema financiero no remite en EE UU.