Bernanke, en el purgatorio de los Bancos Centrales, no rescata a la banca estadounidense del infierno
Jura que lo peor ha pasado, que el fantasma de la recesión no es más que una sombra en el epicentro estadounidense. Y, para demostrarlo, promete enfriar su manguera de bombero de los mercados, aparcar las bajadas de tipos -que comenzara una campaña de recortes el 18 de septiembre que ha llevado el precio del dinero desde el 5,25% hasta el 2% actual- y empezar a mirar a la inflación a medio y largo plazo y la debilidad del billete verde. Del brazo de Trichet, decidido a aminorar el desencuentro con la trinchera del BCE, se recoloca el sombrero de guardián la estabilidad de los precios y el crecimiento sostenible. Su ascenso al ‘purgatorio’ de los Bancos Centrales insufla aire a los mercados, sedientos de gestos y de liquidez a ambos lados del Atlántico, pero sólo por un momento.
La Fed ha quemado gran parte de su munición excepcional con inyecciones de liquidez, el intercambio de bonos del tesoro por activos de peor calidad y el rescate de Bear. Sus esfuerzos no despejan la tormenta en la Bolsa de NY hasta ahora más sensible a ante los nubarrones del sector financiero que a los augurios de Bernanke. Menos aún apagan las luces rojas que acompañan a la banca de la tierra de las oportunidades y tienen apellido propio: el de Lehman Brothers, que coquetea con la misma senda de la perdición de Bear Stearn. Si aquélla parecía la oveja negra capaz de nublar el de la crisis, ahora no está sola en su destino de ampliaciones de capital, exceso de activos ilíquidos y pérdidas trimestrales. El rebaño de los quebrantos y zozobras de la banca estadounidense crece, notario de que la crisis bancaria sigue viva y lo estará, al menos, hasta que se recupere la confianza entre los actores del sistema. Lehman abre el desfile, convertido en el nuevo paradigma de una enfermedad financiera americana que el diagnóstico de S&P sitúa ya como una epidemia aún contagiosa, que afecta a Morgan Stanley, Merrill Lynch, Bank of America, JPMorgan y Goldman Sachs y ha llevado al CEO de Wachovia a la calle.
Encabezados por los expertos de Oppenheimer,los analistas descuentan que cuarta financiera de EE UU entrará en pérdidas trimestrales por primera vez desde su debut en Bolsa en 1994 y se verá forzada a ampliar capital por un importe de 3.000 a 4.000 millones de dólares para compensar la depreciación de su balance por la crisis hipotecaria. Las señales de su flaqueza están ya a la vista: tiene muchos activos no líquidos que le empujan a buscar liquidez en el mercado y, si el vaticinio de los analistas se cumple, la conducirá a reportar pérdidas trimestrales de entre 50 y 75 centavos por acción. Ya ha emitido más de 6.000 millones de dólares (cerca de 4.000 millones de euros) en activos desde febrero y su valor bursátil ha descendido un 48% en lo que va de año. Wachovia, el cuarto banco más grande de EEUU, ha anunciado la salida de su consejero delegado. Paga las facturas de una gestión jalonada de críticas desde que en abril mostró unos resultados peores de lo esperado- debidos a la crisis del crédito y a la compra en 2006 de la entidad de crédito hipotecario Golden West Financial- y redujo un 41% su dividendo hace un par de meses.
La banca estadounidense echa más leña al fuego del pánico bursátil y la desconfianza de los consumidores, al escenificar sus golpes de pecho para asumir unos resultados peor de lo esperados. Sigue en el mismo purgatorio en el que aguarda la City británica, en el redil de los damnificados por la crisis, que han tendido sus miserias a la vista. Los grandes de la banca estadounidense tratan de recomponer la figura a golpe de inyección de capital y del rescate de los fondos soberanos asiáticos y árabes, pero las dimensiones del impacto retumban como un seísmo. Y es que lo peor no ha pasado. Más allá de la crisis de liquidez y el ‘credit crunch', las olas del tsunami financiero siguen llegando a la costa de los inversores.
Los bancos no confían ni en sí mismos ni en los demás. Obnubilados aún por el espejismo de las ‘subprime', desconocen lo que tienen en balance y, sobre todo, desconfían de lo que tienen los demás. En la misma semana en la que el nombre de Bear Stearns abandona a casi todos los efectos Wall Street, Standard & Poor's derrocha agua gélida para ánimos ya enfriados. Advierte que las instituciones financieras, que han amortizado más de 350.000 millones de dólares en pérdidas relacionadas con las hipotecas de alto riesgo, aún son vulnerables a la crisis. Y ha revisado a la baja las calificaciones de Morgan Stanley, Merrill Lynch y Lehman, además de reducir las perspectivas sobre Bank of America, JPMorgan y Goldman Sachs. En los pasados tres trimestres, la evolución financiera de Merrill Lynch ha sido una de las peores en el sector de la intermediación. Bajo la nueva gestión de John Thain, la entidad ha intentado reducir y asegurar sus posiciones' pero su capacidad está limitada por las difíciles condiciones del mercado, lo que deja al banco más expuesto a nuevos ajustes contables. El diagnóstico es muy similar para los otros dos bancos y en el caso de Morgan, tomó riesgos desproporcionados con respecto al valor de sus activos lo que ha revelado su debilidad en la gestión del riesgo en el pasado.
Notario del espanto, S&P no hace más que delimitar las fronteras de los pecados en el infierno de los grandes buques financieros estadounidenses. Han utilizado de manera excesiva valores híbridos como medio para recaudar capital y siguen bajo una fuerte presión, ya que se prevé debilidad del negocio y quizá más ajustes contables en el valor de sus activos de los que ya ha habido. En el último mes, el coste de la protección contra impagos de la deuda emitida por determinadas instituciones financieras se ha vuelto a situar cerca de los máximos alcanzados con anterioridad a la intervención indirecta de Bear Stearns por parte de la Reserva Federal. Un horizonte en el que las predicciones de Greenspan no hacen más que llover sobre mojado. Inasequible al optimismo de quienes comienzan a ver la luz al final del túnel de diez meses de crisis, reconoce que ya no ve tan dramática la crisis subprime, pero según sus cálculos, recesión de la economía estadounidense sigue siendo probable, al menos, en un 50% de posibilidades. Y, sobre todo, Nostradamus del miedo en tierras de Bush, Greenspan advierte que aún no queda claro que las instituciones financieras hayan registrado ya todas las pérdidas derivadas de los productos estructurados respaldados por hipotecas residenciales.
Aunque todavía nadie se atreve a fijar una fecha límite, grandes espadas de la banca de inversión juran que la crisis da sus últimos coletazos, pero, sean o no los estertores, el impacto de las turbulencias del mercado del crédito, cuando no directamente la crisis ‘subprime', ha dado de lleno en la línea de flotación de un puñado de los grandes bancos dde EE UU. Las ampliaciones, las pérdidas, las amortizaciones a golpe de urgencia demarcan la radiografía de una crisis a la que no escapan los grandes buques de la banca norteamericana. Sus tribulaciones sacan brillo a las fortalezas del sistema financiero español y amargan su paso por el purgatorio de los Bancos Centrales a Ben Bernanke, ahora que trata de acortar el cisma con Trichet. La Fed, a golpe de la recetas de emergencia de Bernanke -inyección y bajada de tipos- ha contenido el germen de la recesión y ha tratado de irrigar a mansalva píldoras de tranquilidad y liquidez para la gripe del miedo y la sequía de los mercados.
Pero las costuras de la crisis comienzan a estallar por otros lados. Entre otros, en los predios del oro negro. Bernanke siembra vientos y recoge tempestades. En carne propia y ajena. La violencia monetaria ejercida por la Reserva Federal desde septiembre ha terminado trasladándose al sistema económico global, en el que la epidemias de la inflación, la agflación y la estánflación acechan a las economías occidentales. Los flujos de capital comienzan a salir de EEUU. Y ya es mucho más que un océano lo que separa a Bernanke de la cruzada de Trichet, señor de la inflación y del miedo. El presidente del BCE se ha puesto cómodo en una trinchera amueblada por el alza de precios. Pero digiere en tierras europeas el diferencial de tipos con EE UU, que no hace más que darle cuerda a la inflación y la debilidad del billete verde, que nutre la fortaleza del euro y se lo pone aún más difícil al sector exportador galo y germano. Señor de la inflación,Trichet lo será también de la contención del euro. El poderío de la moneda común llama, de la mano de las dificultades para el sector exterior, a la puerta del BCE y el galo no puede dejar de mirar de reojo a Bernanke y sus recetas.
El duelo está servido, pero no es del todo real. Hace ya mucho que la vieja Europa asumió que ni Trichet es Bernanke ni los momentos macroeconómicos (dolencias incluidas) y las recetas se parecen. En la primera economía del mundo, el desplome del mercado de la vivienda y la crisis de crédito han desembocado en un debilitamiento que ni el propio Bush intenta ya arropar con otros apellidos. La Fed tiene un mandato más generoso que el BCE a la hora de decidir qué pasará con los tipos: el crecimiento económico también importa. El BCE no. Heredera del pánico hiperinflacionista del Bundesbank, su único objetivo es combatir la inflación y Trichet está dispuesto a aferrarse a dos manos a ese mandato. No está dispuesto a rebajar por debajo del 4% que mantiene desde junio a no ser que la desaceleración de las economías del corazón de Europa derive en un descenso de la inflación en la zona euro, algo que los analistas no consideran probable a corto plazo. En su trinchera ha comenzado a hacerle espacio a Bernanke, ahora que el piloto de la Fed coincide con él, con MAFO y con Masaaki Shirakawa, gobernador del Banco de Japón, en que es necesario trabajar juntos y coordinar actuaciones para garantizar la estabilidad de los precios y la salud de los mercados financieros.