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Publicado el martes 2 de septiembre de 2008
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El éxito de las advertencias cautelares del Banco de España

J. Hervás.– El Banco de España -y muy en especial su máximo responsable, el gobernador Miguel Ángel Fernández Ordóñez-, ha venido advirtiendo en la práctica totalidad de sus intervenciones, desde hace prácticamente un año, de la necesidad de regular más adecuadamente la actividad de los nuevos instrumentos de la ingeniería financiera. Estoy seguro que no le ha resultado fácil hacerlo. La tendencia en todos los foros financieros internacionales, donde se une lo más florido de la banca privada internacional, era la contraria. Cada documento que presentaban acababa pidiendo a los diversos organismos internacionales con los que se relacionan así como a sus reguladores nacionales o comunitarios que evitaran el problema del exceso regulatorio. En España, el ejemplo más claro de las protestas de los poderosos lo representa el libro publicado por el Círculo de Empresarios en contra del exceso de regulación que de acuerdo con sus análisis paraliza la actividad empresarial.

En cambio entre los más prestigiosos investigadores y profesores internacionales, como es el caso del ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional y ahora profesor de Economía y Ciencia Política de la Universidad de Harvard, Kenneth Rogoff,  coincide mucho con las advertencias de Fernández Ordóñez. Ambos insisten en la responsabilidad del laxismo de las autoridades económicas internacionales y en el aprovechamiento que han hecho los expertos financieros de los agujeros negros de la legislación financiera. Fernández Ordóñez ha conseguido que la Administración española se implique para la mejor formación financiera de la población. Más de siete millones de españoles tienen puestos una parte importante de sus ahorros en los mercados de valores de los que prácticamente desconocen todo.  

El profesor Rogoff denunciaba en su más reciente artículo sobre el 'Fin del triunfalismo financiero' el absoluto desconocimiento por la generalidad de la población inversora de las normas más rudimentarias que deben conocerse para iniciarse en los mercados. Menciona por ejemplo el desconocimiento más absoluto de la fórmula Black-Scholes por la generalidad de los inversores pese a que es el instrumento esencial para evaluar el precio de una opción, corazón de los mercados hoy en día.   

Rogoff se une asimismo a quienes tratan de mantener normas e instituciones que no sirven para nada pero insiste en la necesidad de fijar los instrumentos de inspección necesarios para garantizar la sanidad del sistema. En este sentido, alaba las iniciativas de los países, como el español, que han introducido sistemas de salvaguarda del sector financiero que han servido para evitar el problema que hoy sufren instituciones como los dos primeros bancos suizos cuyo pasivo incierto supera con creces la propia renta del país. Denuncia el artificio de algunas presuntas estrategias para evitar los riesgos que se han demostrado falsas, es pese a haberse cobrado, con posterioridad no han podido cumplir con lo prometido. El caso más evidente el fiasco del Long Terminal Capital Management que acabó en la quiebra en el 98.

Indirectamente alaba Rogoff las prácticas del Banco de España al reconocer que su normativa de  regulación de provisiones anticíclicas aplicadas en épocas de bonanza han servido para no hacer asumir riesgos a adicionales a los contribuyentes. Considera en cambio injustificable el mantenimiento artificial de Fannie Mae y Freddie Mac porque además de no ser ya de utilidad alguna desincentivan a los

accionistas a esforzarse en la elección de su inversión. 

En conclusión, como viene advirtiendo el Banco de España, la innovación financiera es imparable pero esta tiene que ir acompañada de medidas que garanticen las actuaciones del sector y su supervisión. La historia muestra, que las épocas de un mayor control hacen más eficaces a las instituciones.