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Publicado el miércoles 22 de julio de 2009
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Monitor de Coyuntura

De las hipotecas basura a la crisis global: dos años de zozobra

Crisis globalServicio de Estudios de "la Caixa".– En el verano de 2007, hace dos años, se hizo patente que una pequeña parte del mercado hipotecario estadounidense, los préstamos subprime, presentaba una anomalía inquietante. Con una crisis inmobiliaria ya en marcha y unos tipos de interés que habían subido de forma relativamente rápida no era extraño que la morosidad aumentara notablemente en dichos préstamos hipotecarios, concedidos a clientes de dudosa solvencia. Lo desconcertante era que dicho fenómeno desatara rápidamente una cadena de reacciones en términos de aversión al riesgo, colapso de la liquidez y desconfianza generalizada que situase al sistema financiero al borde del abismo. Y no sólo en Estados Unidos, sino también en Europa y Asia.

A medida que se ha ido desvelando la trama de errores, incompetencias e incluso comportamientos poco éticos que han llevado a la crisis actual, el fenómeno ha podido ser entendido y a partir de aquí se están diseñando mecanismos que eviten su repetición. En parte, los orígenes del desastre tienen mucho que ver con la dinámica de las burbujas, reales o financieras. Una muy larga etapa de políticas monetarias laxas, que se acentuaron con la crisis de las puntocom en 2000 y con los atentados terroristas de 2001, sentó las bases de una burbuja de liquidez y de crecimiento del crédito que llevó a la excepcional expansión mundial de 2003-2007. Una expansión que se asentaba sobre débiles bases, alimentada por los bajos tipos de interés, el sobreendeudamiento del sector privado y los persistentes desequilibrios globales. La prudencia se relajó y los inversores despreciaron cada vez más el riesgo. Se decía que los ciclos habían pasado a la historia y parecía que las vacas gordas durarían eternamente.

Y como siempre sucede en los excesos de euforias especulativas, un accidente banal, en esta ocasión las subprime, revirtió súbitamente la tendencia, poniendo de relieve la fragilidad del sistema financiero y los excesos en los que se había incurrido. Se trató de una sorpresa relativa. Por ejemplo, el Banco de Pagos de Basilea venía alertando año tras año de los riesgos que acechaban a la economía internacional. Más cerca, el Banco de España advirtió repetidamente de los excesos del sector inmobiliario. Pero si a posteriori es tentador apuntar posibles culpables y dictar sentencias condenatorias, cuando la burbuja está en plena ebullición y cuando la exuberancia irracional está en pleno auge ir contra la corriente constituye una tarea inútil.

La crisis pone en tela de juicio muchos principios importantes que hasta ahora se daban por sentados, como por ejemplo el grado de regulación y supervisión que debe aplicarse al sistema financiero o, a la inversa, el grado de autorregulación que puede aceptarse. También el paradigma de la eficiencia de los mercados, fundamento de los modelos de inversión basados en la pura racionalidad, queda en entredicho. La respuesta a la crisis también presenta grandes interrogantes. La reacción inicial de las políticas económicas, una ingente inyección de fondos públicos en la economía, no está exenta de riesgos. El rápido deterioro de las cuentas del sector público amenaza la estabilidad de las economías y puede constituir un serio problema si la recuperación no es rápida. La coordinación internacional, tanto en el ámbito financiero como en el real, es manifiestamente mejorable. Mientras, la crisis sigue. Lo peor probablemente ha quedado atrás, pero hay que ser muy optimista para pensar que la salida está despejada. El periodo de zozobra tal vez haya terminado, pero el de tranquilidad aún no se vislumbra.