LA CRISIS DE PRISA

Si el letrado Matías Cortés se va es que la nave no va

La marcha del con­sejo de su abo­gado deja a Prisa a borde del nau­fragio

Matias Cortes
Matias Cortes

Año 1984. Londres. El es­ce­nario no era pre­ci­sa­mente Charing Cross, uno de sus dis­tritos de tea­tro, sino un poco más al sur, cerca del río Thames, en la High Court de la ca­pital bri­tá­nica. Pero la obra que se re­pre­sen­taba, el pro­ceso abierto por la ex­pro­pia­ción de Rumasa, en su as­pecto la­teral de la re­cu­pe­ra­ción por el Estado es­pañol de la marca Dry Sack, podía ha­berse ce­le­brado allí mismo. Todo era una pan­to­mima. Un año an­tes, en un claro ejer­cicio de au­to­ri­dad, el Gobierno de Felipe González , había in­ter­ve­nido y ex­pro­piado el grupo pro­piedad de la fa­milia Ruiz Mateos . Pero lo había hecho tan rá­pido que se había "olvidado" de hacer lo mismo con la de­no­mi­nada Rumasa ex­te­rior. En un pub frente al alto tri­bu­nal, el abo­gado del je­re­zano, uno de los mer­can­ti­listas es­pañoles más pres­ti­gio­sos, Matías Cortés , desa­yu­naba con el pe­rio­dista de El País que cu­bría la in­for­ma­ción, al que solía co­mentar su es­tra­tegia de cada día.

"Matías", explicaba en su turno el plumilla con una más que palpable y juvenil ingenuidad, "me acaba de comentar tu oponente (Juan Lladó, el abogado que representaba al Estado español en la causa), que dejas el caso y te vuelves a España. Me dice que ya poco me vales como fuente...". La mirada del letrado, que pertenecía al consejo de Prisa desde hacía ya cinco años (es decir, era más o menos mi "jefe"), fue una de esas de las que no se olvidan en la vida. "No tolero tal impertinencia. Eso es una acusación tan fuerte que no puedo ni debo aguantar". Me quedé de piedra y supe, desde aquel momento, que había metido la pata. Horas más tarde, sin acabar el proceso y un día antes de confirmarse el vaticinio del letrado Lladó (y mi exclusiva, que obviamente redacté y envié a la redacción, aunque no se publicara), me encontraba sentado en el último vuelo de Londres hacia Madrid. La orden recibida de mi superior directo desde Miguel Yuste fue tajante. "El juicio carece de interés y tu información, especialmente la última sobre Matías, es torpe".

El diminuto ex abogado (por su estatura que no por su inteligencia y habilidad) de Ruiz Mateos y años más tarde de Mario Conde (al que asesoró en la salida a Bolsa de la Corporación Banetso, por la que cobró una suculenta minuta, que luego dio origen al pleito que se conoció como el caso Argentia Trust, por la sociedad suiza que gestionó el cobro de una factura atribuida a Navalón y Selva), no es un tipo al que le gusta asociarse ni con malos pagadores ni con perdedores, ni a los 45 años que tenía entonces ni a los 75 años que acaba de cumplir. Su cumpleaños ha coincidido con su abandono del consejo de administración de la atribulada Prisa, anunciado el pasado viernes entre justificaciones inexplicables por Juan Luis Cebrián, en un lacrimoso comunicado. Lo recuerda en su edición de hoy mi colega José Eulogio en www.hispanidad.com. La lectura de su artículo, que recomiendo, me ha permitido recordar la anécdota de aquellas fechas londinenses y otras muchas que desde entonces pude acumular sobre Prisa. Como la de las dietas (o sobresueldos, según lo mire Hacienda) que se cobraban en algunos de sus consejos y que ahora algunos receptores que siguen allí sentados niegan con escasa vehemencia ante el calificativo confuso de "sobresueldos" en el caso Bárcenas.

Es cierto. O al menos lo parece. La salida de Matías Cortes, que también ha cobrado varios millones de euros por facilitar y asesorar en la entrada del Fondo Liberty en Prisa (el que ha terminado por dinamitar el grupo que preside Cebrián), es un confirmado de otra de sus grandes fugas. El otrora gran grupo editorial, asociado con orgullo al éxito de la Transición Política española, está en las últimas y a sus pleitos con Hacienda o su deudas con proveedores y otros muchos une ahora su altercado con el BBVA, uno de sus bancos históricos desde que lo presidía Emilio Ybarra, que ha decidido salirse del marasmo letal vendiendo a un fondo exterior su cartera crediticia. El grupo que preside Francisco González no ha revelado cuanto ha tenido que pagar -o perder mejor dicho-, en la venta, pero fuentes bancarias señalan que ha sido muy superior al traspaso a fondos similares de muchos de sus activos inmobiliarios.

En Prisa quedan todavía otros grupos financieros entre sus grandes acreedores y accionistas (gracias a la conversión de deuda en capital) y que alguno o casi todos todavía siguen comprometidos en el salvamento del histórico El País. Pero si a la fuga de Cortés hay que añadir la de FG no queda mucho espacio para componendas. La acción de Prisa languidece a ventitantos céntimos y su hundimiento ha arruinado a muchos, no sólo a la familia Polanco, especialmente a algunos de sus redactores más fieles. Cebrián, responsable último de lo que ha ocurrido y ocurra, diga lo que diga (lo que valen son sus actuaciones y también sus declaraciones afirmando apenas hace un par de años que iba a salvarlo con Liberty y la banda de Violy Harper, la misma que acudió en auxilio de Conde), por el contrario se ha hecho multimillonario y ya acumula alguna que otra propiedad en Manhattan o en los Brooklyn Heights neoyorquinos, donde prepara su retiro dorado. 

Si ahora se cumplen las peores expectativas y el grupo recurre al concurso de acreedores primero y luego a la autoexclusión de la Bolsa, se habrá consumado la faena. Sin estocadas ni cornadas. Sin investigaciones judiciales ni complejos. Todo de libro, tan de libro que no se entiende que todavía no se haya conformado un grupo de damnificados de Prisa que, como en el caso de las preferentes o de algunas salidas bochornosas a la Bolsa, lleve a todos sus responsables al lugar que les corresponde. De momento, el único que se ha ido es Matías Cortés, el primero, eso sí con los bolsiilos aún más llenos.

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