ALFREDO SÁENZ ABAD

Un hombre cabal

Emilio Botín ace­lera el ca­mino de su hija Ana Patricia a la pre­si­dencia del Santander

Muchos pe­rio­distas es­pe­cia­li­zados en Economía hemos te­nido el pri­vi­legio de co­nocer a Alfredo Sáenz Abad (Las Arenas, Vizcaya, 1942) a lo largo de los úl­timos 35 años, al­gunos desde que co­menzó a apun­tar, de la mano del Banco de Vizcaya de Pedro Toledo , en la em­presa viz­caina Tubacex, a la que acudió a res­catar de su pri­mera quiebra apenas gra­duado de Deusto como pri­mero de su pro­mo­ción. Y con­si­dero que nin­guno en­con­trará una má­cula re­pro­chable en su di­la­tada ca­rrera como em­pre­sario y ban­quero, trun­cada en su úl­timo ca­li­fi­ca­tivo en el prác­tico inicio de un largo puente de Primero de Mayo, como si su sa­lida del banco que elevó a la cima fi­nan­ciera in­ter­na­cional hu­biera que ha­cerla en si­gilo y sin ex­ce­sivo ruido. Pero la In-justicia de este país pa­rece que puede con­ver­tirse en una cons­tante, cada vez más in­sos­te­nible dada la si­tua­ción caó­tica de España. Sea como fuera, todos los pe­rio­dis­tas, o casi to­dos, coin­ci­di­remos en una de­fi­ni­ción. Alfredo Sáenz ha sido y es ante todo un hombre ca­bal.

Cabal en su defiición estricta, por mucho que le pese a sus adversarios, Alfredo Sáenz abandona la profesión de banquero por imposición legal sin práctica posibilidad de enmendar uno de los errores del sistema judical español más clamorosos de los recientes tiempos. No merece la pena entrar mucho  en ello. Tan sólo resaltar que pretender recuperar un crédito impagado es sin duda la labor más habitual y a la vez más desagradable de un banquero, pero responsabilizar de ello y de los posibles errores procesales incurridos a la cúpula de una entidad es como imputar un delito de lesa majestad al ministro de Sanidad por un diagnóstico equivocado de un médico de familia.

Pero las decisiones judiciales están para acatarlas y Sáenz -al que se le cruzaron viejas rencillas del viejo Neguri contra él y contra Toledo y otras más recientes como su paso por los atribulados casos de Banca Catalana de **Jordi Pujol **y del Banesto de Mario Conde, donde también se vio forzado a corregir y denunciar excesos de los gestores que sustituyó- lo ha hecho sin rechistar. Merece elogio por ello y confiemos que algún día el vizcaino dará su versión de los hechos, ya liberado de la fuerte presión que lógicamente impone la disciplina y el secreto bancario de la entidad que ahora ha dejado.

Al margen de lo que ha materializado Sáenz para el Grupo Santander -lo pueden leer en el artículo de** José Luis Marco **en estas mismas páginas-, quizá su mayor y más reciente sacrificio haya sido prolongar su agonía judicial y mediática y soportar en silencio o con una breve frase, como "sin comentarios", los dimes y diretes que han provocado su indulto parcial gubernamental y posterior anulación, también parcial, por el Tribunal Supremo. Pero su esfuerzo y silencio tenía un objetivo final evidente.

Sáenz ha dado tiempo a Emilio Botín a preparar su difícil reemplazo en un momento crítico del sistema financiero español y mundial y sumido además en la incertidumbre de una sucesión -la del propio presidente de la entidad, que pronto cumplirá 80 años- que aún queda por solventar pero que esta semana ha podido quedar lista para sentencia. La apuesta por Javier Marín, un banquero de perfil medio dentro del grupo que aún no ha cumplido 50 años, solo evidencia la voluntad del veterano banquero cántabro de independizar los dos procesos: la sustitución dentro de la gestión y el reemplazo familar en la propiedad.

Repasen las biografías paralelas dentro del grupo del nuevo consejero delegado Javier Marín y de la hija de Emilio, Ana Patricia Botín, -a los que apenas separan cuatro años de edad pero que han trabajado codo con codo, especialmente en el BSN- y encontrarán la explicación. Poco tardará Ana Patriciia en regresar de Londres y no será de visita. Ni siquiera para Navidades.

Artículos relacionados