Las cuentas de Don Quijote

Miguel de Cervantes
Miguel de Cervantes

Miguel de Cervantes (1547-1616) vivió en los rei­nados de Felipe II (1586-1598), Felipe III (1598-1621) y Felipe IV (16621-1665), du­rante los cuales la eco­nomía es­pañola fue ver­da­de­ra­mente pro­ble­má­tica, a pesar de los te­soros que lle­gaban de América. Pero los reyes an­daban en­fras­cados en gue­rras im­pe­riales en los Países Bajos que de­jaban ex­haustas las cuentas del Estado. Dejaban ex­hausto tam­bién al con­tri­bu­yente es­pañol, so­me­tido a cons­tantes im­puestos para su­fragar los cons­tantes mo­vi­mientos bé­li­cos. Los tres Felipes te­nían a España en una crisis fi­nan­ciera per­ma­nente. Lo de ahora es una broma com­pa­rado con aque­llo. Lo que pasa es que en­tonces pre­su­míamos de Imperio. Ahora, para nada.

Los méritos de guerra del manco de Lepanto no fueron suficientes para que el autor del Quijote consiguiera un puesto de trabajo en las Indias Occidentales. Se tuvo que contentar con el exiguo sueldo de alcabalero real (cobrador de tributos e impuestos) por los pueblos de Andalucía. Ese puesto únicamente le proporcionaron a Cervantes problemas de todo tipo que muchas veces acababan en la cárcel, por ejemplo cuando huyó el banquero genovés en quien había depositado importantes cantidades de maravedís que iba requisando en sus alcabalas, con la animadversión de los campesinos a quienes tenía que cobrar a trancas y barrancas. De esta forma, la existencia de Cervantes transcurrió en ininterrumpidas miserias económicas, a pesar de que el Quijote fue un éxito editorial ya en vida su autor.

Todos estos avatares influyeron de alguna forma en las hazañas del Hombre de la Mancha, que disfrutaba de algunas exiguas rentas en su condición de hidalgo y pequeño terrateniente. Pero Alonso Quijjano tenía un buen ministro de hacienda en la persona del realista y avisado escudero Sancho Panza. Con esta inapreciable ayuda, el Caballero de la Triste Figura logró ir tirando mal que bien. En las alforjas del asno de Sancho siempre había algunas monedas, fruto de pequeñas rapiñas que iba requisando a distintos personajes de la obra.

Total, que el hidalgo manchego fue sobreviviendo no pagando en los mesones o aprovechando las viandas que le deparaban los cabreros, saboreando gratis los banquetes de las bodas de Camacho o poniéndose hasta las cachas en la casa de los duques. Sancho pudo haber saciado su apetito cuando fue mandamás en la ínsula Barataria, pero el médico se lo prohibía con una vara en la mano. En la actualidad los dos estarían seguramente en la cola de Cáritas o de cualquier otra ONG. Y, por supuesto, el Ingenioso Hidalgo también se habría enfrentado a la fuerza pública al ser desalojada una persona de su piso. Y se habría puesto del lado de los okupas. Y habría defendido a los desposeídos por los bancos. Y se acercaría al Instituto Nacional de Empleo para amonestar a los parados.

Sería interesante comprobar sus relaciones con los independentistas de Barcelona; allí fue agasajado y aclamado por todos los sectores sociales, aunque tanto él como su escudero eran fervientes patriotas españoles y también admiraban la diversidad de lenguas de nuestra nación. Seguramente habría sido poco complaciente con la banca y el mundo de las finanzas. Es fácil también que, en su delirio, hubiera rescatado de sus captores a Bárcenas camino de Soto del Real.

Todo parece indicar que hubiera mantenido relaciones esquivas con el fisco, al mismo tiempo que su actitud con los poderosos hubiera sido bastante complaciente, porque Don Qujote, si le interesaba para sus fines, los halagaba de forma sonrojante.

En fin, Alonso Quijano, al margen de sus locuras esperpénticas, no era precisamente un ciudadano respetuoso con la ley y con las obligaciones financieras. De esas cosas se encargaba Sancho utilizando toda clase de perrerías.

Don Quijote era un dogmático extremista. No permitía que nada ni nadie se interpusieran en sus convicciones de caballero andante. En estas cuestiones siempre hacía de su capa un sayo. “Ahí me las den todas”. En definitiva, un hidalgo corrupto. La única ley que admitía era la suya propia.

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