La Piparra

Celso Collazo vuelve a Nueva York

Celso Collazo
Celso Collazo

El jueves de la se­mana pa­sada, en el hos­pital de Cantoblanco, en Madrid, nos de­jaba Celso Collazo, maestro de co­rres­pon­sales y -inevitable ha­blar en pri­mera per­sona- mi primer jefe en la agencia Efe. Con sus 92 años a mu­chos nos pa­recía un mi­lagro que este ga­llego tan pe­cu­liar, con la vida tan aza­rasoa como la que tuvo, re­sis­tiese tanto tiempo como pulpo panza arriba los ava­tares de una pro­fe­sión como la pe­rio­dís­tica, la se­gunda más pe­li­grosa y tensa des­pués de la de pi­loto.

Pero lo hizo y de una forma tan digna en sus últimos años que uno reflexiona hasta qué punto la madre naturaleza compensa a los que, como Celso, alumno aventajado de otro gallego de pro como fue Manuel Blanco Tobío, agotaron hasta el último suspiro los beneficios de ser, simplemente, un periodista.

Estaba en Bilbao cuando Antonio Sánchez Gijón me dió la noticia el viernes por la noche. Pensaba que Celso había entrado en el hospital para una operación de la vista, uno de sus problemas crónicos junto a otros que no vienen al caso. Pero no fue así. Esta vez le tocaba. Y recordé la anécdota que, sobre mi ciudad natal, me contó, ya en sus últimos meses de vida, en su refugio de Guadalix de la Sierra.

Antes de entrar en el diario Pueblo y luego en la agencia EFE, Celso fue correo durante la guerra civil española. Trabajaba para el Servicio de Propaganda de Franco en su Galicia natal, donde fue adscrito por imperativo militar, como muchos adolescentes que cayeron en el lado franquista. Con apenas 17 ó 18 años fue enviado a Bilbao, supongo que en el año 38, derrotado ya el inexperto Ejercito vasco.

Después de casi 48 horas de viaje en un lamentable tren de mercancías de la Renfe, sin apenas un pan que echarse a la boca, su única obsesión en Bilbao era darse un festín gastronómico habida cuenta de las restricciones de la guerra. Y así lo hizo saber al destinatario de su correo en la capital vizcaina. Comprensivo, el militar le dió un vale para el mejor restaurante de la ciudad que permanecía abierto. Y allí se dirigió con su cupón y tratando de aprovechar las pocas horas de margen de que disponía antes de tomar el tren de regreso hacia Pontevedra.

Mala suerte la de Celso. Era miércoles y ese día el restaurante cerraba por descanso de personal. No hubo ni merluza a la koskera ni bacalao al pil-pil. Nada, ni siquiera un bocadillo o una modesta sardina. Tardaría décadas en volver a Bilbao y desquitarse.

Donde sí se desquitó fue en Nueva York a base de sardinas congeladas de origen portugués. En el restaurante Castilla, debajo de los pilares del puente de Brooklin (¿o era el Manhattan de Woody Allen?), Celso nos invitaba a muchos de sus "alumnos" todos los viernes por la noche -o en las mañanas de los sábados- a una combinación de sardinas asadas con patatas cocidas, tratando de imitar a los cachelos de su abanonada Galicia.

Por allí pasamos un montón de aprendices de periodistas, entre ellos Manolo Velasco, Félix Ortega, Juan Roldán, Miguel Higueras, y otros muchos que si recuerdo quizá no quieran o no puedan ser recordados como aprendices, como es el caso del propio Blanco Tobio, o Carlos Mendo, o José Luis Castillo Puche, o Jesús Pardo y otros muchos más. Con apenas 18 años yo era el benjamín y me aceptó en su equipo, como becario que era, con entusiasmo y devoción. Me enseñó a leer la cinta del teletipo y a distinguir lo aparente de lo real, lo único que debe saber un periodista .

Durante décadas le perdí la pista en sus trajines por Moscú, Londres, Nueva York, Washington y otros destinos como delegado de la agencia EFe. Hace muy pocos años me localizó a través de Internet. Me sirvió para devolverle algo de lo mucho que me enseñó. Ya no comía sardinas en Guadalix. Le bastaba un buen cocido en un asador del que era asiduo en el pueblo de "Bievenvenido Mr. Marshall".

Descanse en paz. Y que coma muchos cachelos y sardinas allá donde esté. Se los merece.

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