GEOPOLÍTICA

Manchester y el encuentro Trump-UE-OTAN ponen a Libia bajo la lupa europea

Fracasa un pro­me­tedor acer­ca­miento entre el go­bierno legal y el ma­riscal Haftar

Libia
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La no­ticia de que el te­rro­rista que causó la ma­tanza de Manchester es un bri­tá­nico de as­cen­dencia li­bia, que re­cien­te­mente re­gresó a su hogar in­glés des­pués de una vi­sita a la tierra de sus pa­dres, es una prueba más de que el lla­mado Estado Islámico (EI), que se apre­suró a reivin­dicar el aten­tado, no ha sido ex­pul­sado de Libia, a pesar de su de­rrota mi­litar del pa­sado año, cuando perdió el en­clave que man­tenía en la costa del Mediterráneo.

Esa noticia quizás acelere entre los gobiernos europeos la toma de conciencia de que la situación en Libia constituye una amenaza para Europa, en un sentido distinto y más peligroso que el que pueda representar el constante flujo de migrantes ilegales que entran en sus costas meridionales, principalmente las de Italia, procedentes de ese país del Norte de África, sumido en un caos que parece irremediable.

El presidente Trump tendrá la oportunidad de examinar la crisis libia en su visita a Bruselas el jueves día 25, para reunirse con los líderes de la Unión Europea y de la OTAN. Trump, que ha manifestado que la crisis libia no concierne a los Estados Unidos, deberá sin embargo escuchar a unos aliados que ven en Libia una fuente constante de amenazas contra el flanco sur del continente, cuyas capitales están casi todas alineadas con Washington.

Varios acontecimientos producidos en lo que va de mayo muestran que Europa debe tomar algún tipo de acción más definido y determinante que hasta ahora. Lamentablemente, los acontecimientos internos, u originados en Libia con proyección transmediterránea, parecen hacer lo posible por frustrar las mejores intenciones. En un orden aleatorio, aquí van unos cuantos.

El pasado miércoles, los guardacostas italianos avisaron de la llegada de quince navíos ligeros, cargados con 1.700 personas a bordo, procedentes de Libia. En el rescate murieron 30 personas, sobre todo niños. En la pasada semana llegaron a Italia 7.000 migrantes, y el número de muertos o desaparecidos en lo que va de año se estima en 1.300. Como estamos en el comienzo de la temporada de verano, los números se incrementarán con toda probabilidad. La fuerza de Guardacostas libia, que recibe barcos y ayudas de la Unión Europea, no parece capacitada para el servicio que se espera de ella.

El martes pasado se celebró en Bruselas una reunión de alto nivel entre la UE (con Federica Mogherini, comisaria de Asuntos Exteriores de la Unión), la Unión Africana y el enviado de la ONU para el conflicto de Libia, y la Liga Árabe. Su pronunciamiento principal fue una llamada a que las fuerzas políticas libias conduzcan sus relaciones mutuas, casi siempre conflictivas, bajo las previsiones del acuerdo de pacificación patrocinado por las Naciones Unidas.

Este acuerdo está a punto de estallar, aunque no hace ni dos meses aún había alguna expectativa de un acercamiento entre el consejo de estado, del Gobierno del Acuerdo Nacional (GAN), patrocinado por la ONU, que apenas controla la capital, Trípoli, y el gobierno sedicioso asentado en Bengazi, al este del país.

Acusaciones de crímenes de guerra

El problema es que el gobierno legal no cuenta con fuerza militar significativa, aparte del apoyo que le prestan muy condicionadamente las milicias de Misrata, mientras que en el este del país ejerce su hegemonía militar el llamado Ejército Nacional Libio (ENL), comandado por el mariscal Haftar, un profesional que ha mostrado hasta ahora no estar dispuesto a impregnarse de sectarismos religiosos o ideológicos, lo que atrajo desde el principio la atención de Egipto, Rusia, algunas capitales europeas y capitales árabes del Golfo Pérsico. La última potencia en hacer manifiesto su interés por Hafftar es Rusia, que le ha invitado a celebrar diversos encuentros, con fines de cooperación militar.

Hace semanas que entre los responsables diplomáticos de gestionar la crisis libia se vislumbraban las ventajas de unir la fuerza de Haftar con la legitimidad del GAN. Para ello se celebró en Abú Dabi, a primeros de mayo, una reunión entre el-Serraj, presidente del GAN, y el mariscal. Bajo el apoyo diplomático de los ministros de Exteriores de Reino Unido, Italia y Noruega, que se reunieron en Trípoli el 5 de mayo, parecía cosa hecha la unión del ENL al proyecto patrocinado por el GAN. Haftar fue descrito por el ministro de Asuntos Exteriores, Taher Siala, como “el legítimo comandante de las fuerzas armadas libias”.

La idea de dar legitimidad a Haftar como jefe militar supremo no fue del agrado de las milicias de Misrata, que habían jugado un brillante papel en expulsar al EI de sus enclaves en la costa y en apoyar el GAN en su precaria posición militar en Trípoli. Se rompieron así las negociaciones patrocinadas por El Cairo para afianzar la posición de Haftar, mientras se lanzaban contra el mariscal acusaciones de haber cometido crímenes de guerra.

Pocos días después, quien podía denunciar crímenes de guerra era el propio Haftar. En efecto, el 18 de mayo milicias de Misrata alineadas con el GAN atacaron la base de Brak al-Shatti, en el sudeste de Libia. Después del ataque, según alegaciones de ENL, 74 de sus soldados fueron ejecutados sumariamente por las fuerzas asaltantes. Los comandantes de Haftar acusaron directamente al gobierno legal, algo que este ha negado enérgicamente.

En resumen, Libia sigue siendo un país emisor de terrorismo contra Europa y una fuente de caos en la zona que es nexo entre el África profunda y la Europa golpeada por el terrorismo, y bajo la presión de un movimiento migratorio irregular que no parece cesar.

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