El primer mi­nistro en fun­ciones no ne­ce­si­tará ya a la ex­trema iz­quierda ni verdes para go­bernar

El socialista Costa ridiculiza los sondeos y logra la mayoría absoluta en Portugal

Con casi todos los votos es­cru­ta­dos, el PS su­pera por lo menos por dos los 116 es­caños ne­ce­sa­rios

Pedro Sánchez y Antonio Costa.
Pedro Sánchez y Antonio Costa.

El so­cia­lista Antonio Costa, primer mi­nistro en fun­ciones de Portugal, ha dado la cam­pa­nada en las elec­ciones ge­ne­rales ce­le­bradas este do­mingo 30 de enero. Casi se puede decir que contra pro­nós­tico, vista la evo­lu­ción ne­ga­tiva en los son­deos pre­vios a la con­sulta, el Partido Socialista de Costa ha su­pe­rado las pre­vi­siones más ad­versas y ha ob­te­nido, con casi el 100% de los votos es­cru­ta­dos, el 41,6% de los votos frente al 27,8% del Partido Social Demócrata (PSD) del con­ser­vador Rui Río. Los so­cia­listas han ob­te­nido entre 116 y 118 es­caños, más de la mitad de una cá­mara le­gis­la­tiva de 230.

Lejos de cumplirse las previsiones más negativas, que anticipaban un estrecho margen de votos entre los dos principales partidos lusos, el socialista PS y el socialdemócrata PSD, el líder socialista portugués, António Costa, obtiene una cómoda victoria por mayoría absoluta, emulando la alcanzada por su compañero de partido José Sócrates en 2005. Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, felicitó a su compañero ideológico poco después de confirmarse la victoria, al filo de las dos de la madrugada del lunes.

Fue a finales de octubre 2021, en medio de la legislatura, después de seis años como primer ministro del Gobierno de Lisboa, cuando Costa decidió anticipar elecciones, en una auténtica rabieta frente a sus aliados comunistas, verdes y anticapitalistas, que habían rechazado su Presupuesto para 2022. La maraña de la izquierda extrema ahora se ha difuminado, como confiaba Costa, sin que tenga que necesitarlos para gobernar de nuevo.

Antes de las elecciones

Una cosa parecía clara antes de abrirse las urnas, cuando se anticipaba un remonte del conservador PSD. Y es que la conversión del derechista Chega en una alternativa posible a Rio, aunque fuera por un margen amplio, haya sido lo que ha radicalizado las elecciones generales lusas. De hecho, el ultraderechista ha obtenido un 7% de los votos y se ha convertido en la tercera fuerza política de Portugal desbancando a la izquierda radical y a los verdes, con cuyo apoyo Costa ha gobernado durante los últimos seis años.

El problema quizá surgió cuando el líder del principal rival del PS, el Partido Social Demócrata (PSD), tuvo que improvisar unas elecciones internas para confirmar la legitimidad de su poco o nada carismático líder, Rui Rio, sin apenas apoyos en la dirección y en el grupo parlamentario, y que solo pudo mantener el puesto gracias al apoyo de la militancia. Para entonces, los sondeos anunciaban una clara mayoría de su rival en la izquierda, el PS, y por lo tanto, lo que sería la tercera derrota electoral consecutiva de los socialdemócratas.

De ahí, el aire de superioridad y hasta de arrogancia con que António Costa abordó la campana electoral, advirtiendo de que, para seguir como primer ministro, el PS tendría que sacar mayoría absoluta. Descartaba, así, tanto un eventual gobierno de coalición con el PSD, como volver a la “geringonza”: el acuerdo firmado con la izquierda radical tras las legislativas del 2015 (el PS había sacado menos votos que el PSD) y que después de las elecciones de 2019, donde el PS salió muy reforzado, pasó a ser un simples acuerdo verbal.

El PSD, segundón

Segundo en los últimos sondeos antes de abrirse las urnas, quedaba tanto la posibilidad de un cambio de mayoría como una pequeña victoria socialista, con todo lo que implicaría en términos de futuras alianzas: un giro radical a la derecha, con un PSD apoyado por el populista Chega de André Ventura (la versión lusa del Vox de Santiago Abascal); la continuidad de la “geringonza” en condiciones menos favorables al PS; y hasta la posibilidad de una alianza centrista, PS-PSD, que sería, a todas luces, la solución deseada por el presidente de la República, Rebelo de Sousa.

Buen trabajo del Gobierno

En todo o caso, el resultado electoral ha subrayado la importancia del trabajo realizado por António Costa, aunque una buena parte de ello, empezando por la recuperación económica, quedó literalmente hecha añicos por culpa del Covid, que sigue campando a sus anchas en Portugal. El país tiene prácticamente un 10% de la población infectada por el virus, pero con unos niveles de hospitalizaciones y de muertes muy inferiores a los registrados hace un año, gracias a una tasa nacional de vacunación cercana al 100%.

Igual que en España, el sector del turismo, que representa un 15% del PIB nacional, fue el más afectado, con una brutal pérdida de ingresos (un 76% menos en 2019), del mismo modo que las exportaciones, que retrocedieran casi un 20%. Pero el proceso de recuperación avanza a buen ritmo: tras la caída en picado sufrida en 2020, de casi un 8% del PIB, las previsiones oficiales para 2021, apuntaron hacia un crecimiento del PIB cercano al 5%, por encima de la media europea. Lo mismo que el paro, que bajó del 17% al 6%, y la deuda pública, que pasó del 135% al 117%.

Si no fuera por la pandemia, nadie hubiera puesto grandes reparos a la gestión de António Costa hasta antes de la pandemia: el PIB creció un 18%, hasta 245.000 millones de euros; la ratio de deuda pública bajó del 130% al 118% del PIB; y la tasa de inflación cayó a mínimos históricos del 1%. Pero ahora son pocas las posibilidades de ver a los portugueses alcancen rápidamente el mismo nivel de vida de los alemanes, franceses y hasta de los españoles. Pese a haber crecido en los últimos años un 30%, el salario mínimo es solo de 705 euros y la población situada por debajo del nivel de pobreza pasó del 16% al 18%, aoenas dos puntos menos que cuando António Costa llegó al poder.

Lo cierto es que Portugal sigue perdiendo terreno en la UE, hasta el punto de que desde 1999 (creación del euro), quedó superado por once otros países miembros, como Lituania, Polonia, Estonia y Hungría. El caso más extremo es el de Irlanda, que en la década de 1980 tenía prácticamente el mismo PIB per cápita que Portugal pero que ahora tiene prácticamente el doble. De hecho, pese a los logros reivindicados por António Costa y por sus antecesores, con 1% de media anual, Portugal tiene la tercera peor tasa de crecimiento de la zona euro.

Según Teixeira dos Santos, que estuvo al frente de la Economía y de las Finanzas entre 2005 y 2011 (con el socialista Jose Sócrates como primer ministro), solo un largo periodo de exitosas legislaturas permitirá que Portugal salga del fondo del pozo. Para alcanzar la productividad media de la zona euro, necesitará unos 250 años. Teniendo en cuenta principalmente la “correlación entre la renta real y la productividad”, lo cierto es que la productividad laboral solo representa un 54% de la media de la zona euro y durante las últimas dos décadas apenas creció a un ritmo anual del 0,72%, con lo que Portugal necesitaría 45 años para alcanzar el 60%.

Resultados

No será el resultado de las elecciones de este fin de semana (probablemente con una tasa elevada de participación), lo que podría cambiar de manera substancial las perspectivas de Portugal a largo plazo. Del mismo modo, o casi, que la tan ansiada llegada de los casi 60.000 millones de euros de fondos comunitarios previstos hasta final de la década, a cuenta del PRR (Plano de Recuperación y Resiliencia), del PT 2020 y del Cuadro Plurianual. Portugal seguirá teniendo un 0,8% y un 2% de grandes y media empresas, frente a las microempresas, que concentran 40% de la mano de obra y solo generan un 25% de la riqueza nacional.

Son datos de los que poco o nada se habló durante la campaña electoral. Del mismo modo,que de los 20.000 millones de euros invertidos las últimas décadas, por los gobiernos de turno, en el saneamiento de la banca, que sigue reclamando más apoyo estatal. Es el caso de Novo Banco (antiguo BES) controlado por Lone Star (tiene 75% del capital), con un coste de 3.890 millones para el Fundo de Resolución (tiene 25% del capital, pero no participa en la gestión). Así, al margen de la estatal CGD, casi todo el sector pasó a manos extranjeras, principalmente españolas (Santander, CaixaBank, Bankinter, Abanca) pero también chinas (Fosum, en el BCP).

Lo mismo pasa en otros sectores clave de la economía, como la energía. EDP tiene a China Three Gorges como principal accionista, con un 19% del capital (el segundo mayor accionista es Oppidum Capital con un 7,2%) y la gestora de las redes energéticas REN tiene un 25% de capital en manos de otro chino, State Grid. Igual que la constructora líder nacional Mota Engil, que firmó una alianza estratégica con la china CCCC. Sin olvidar la aerolínea TAP, que volvió a manos del Estado, pero con un coste de 3.200 millones… y para la cual António Costa afirma tener ya varios candidatos: se habla de Lufthansa, de Air France y… hasta de BA/Iberia.

Rivalidad histórica

Al margen de la rivalidad PS/PSD (concentrarán entorno al 70% de los votos), y de saber cómo quedarán las restantes fuerzas políticas, a las que se atribuyen expectativas situadas por lo general entorno al 6% pero que podrán ser necesarias para formar un gobierno mayoritario, de lo que más se habló las últimas semanas, es del eventual “referendo de regionalización” previsto para 2024.

Un proyecto que es como el Guadiana: solo sale a la luz del día en las campañas electorales, para desaparecer después de las elecciones. La explicación es sencilla: la centralización está muy arraigada en Portugal, y son mayoría los analistas lusos que apuntan sistemáticamente hacia el ejemplo negativo de las CCAA españolas.

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